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| Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de Navidad. ;-) :-) ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO De la probable imprescindibilidad del ateísmo La Catedral de San Isidro es tan majestuosa como cualquier otra siendo posible que los grados de admiración dependan más de la fe que del buen gusto del constructor del templo. En mi caso suelo sentarme a admirarla desde la plaza del reloj de sol o de dejarme estar es su interior contemplando sus columnas, su bóveda, sus coloridos vitrales que juegan sus colores sobre los rayos del sol. Entonces indefectiblemente, cuando advierto la atracción que sobre mi ejercen el altar mayor, sus imágenes, símbolos y fulguraciones, queriendo desechar la más mínima creencia sobre la existencia de Dios, atribuyo mi encantamiento a una mera atracción estética o arquitectónica. Justamente el tema de la existencia de Dios y la persistencia de mis dudas religiosas, forman parte de lo que quiero narrar. Empezaré a partir de la fecha en que mi abuelo, un madrileño monárquico y ultramontano, ingresó al país luego que los liberales de España, allá por 1850, forzaran la estampida de los monárquicos. El abuelo, establecido con una tienda llamada "Au bon Marché", pasó por épocas de bonanza económica al tiempo que su vida familiar fue cediendo bajo el peso de las discrepancias religiosas con su esposa, una vasca francesa agnóstica hasta la médula. Así las cosas, al compás de las rencillas conyugales, por oscuras razones y no más claras rivalidades, dos de los hijos siguieron la fe paterna y el restante renegó de ella. Ese fue mi padre quien, como queriendo continuar aquellas desavenencias, se casó con mi madre, una católica de misa diaria. Yo, diplomático, sosegado y sobre todo escarmentado, me mantengo soltero y expectante; un grado menos que agnóstico. Así llegamos a la Nochebuena del año pasado. Ese día, es decir aquella noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral tratando de ocultar mi soledad, no porque la soledad me molestara tras cuarenta años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar lo más apartado posible. Inusitadamente di en pensar que acaso en fecha tan emblemática pudiera dárseme algún signo que demostrara la inexistencia de Dios, ratificando mi indiferencia religiosa. La gente estaba recogida en sus hogares según tradiciones que hasta entonces me fueron indiferentes y la noche avanzaba con pies de gato sobre el lustroso gris del empedrado en tanto yo la seguía por la avenida del Libertador hasta que, girando alrededor del frente del templo, encaré la calle que gira sobre sí misma al llegar a la sinuosa escalera por la que se desciende a la ribera. Al llegar a la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson topé con la espalda de un hombre que apenas se distinguía a la sombra de la arboleda. Por un momento pensé en volver sobre mis pasos considerando la presencia humana como un contratiempo que alteraba mi voluntad de diluirme en la naturaleza, de convertirme en alerta y atenta partícula cósmica, en procura de la ocurrencia de acontecimientos fuera de lo común. El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertir de mi presencia a aquél que se estaba quieto y silencioso bajo un manto de sombras que oscilaban al arbitrio del viento. Cuando el hombre giró su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de no sé qué intervención, a la edad de veintidós años tomó los hábitos dejando atrás un breve pero intenso pasado colmado de niñas y rumores pueblerinos. -Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que estás en espera de alguna damisela en trance de confesar sus pecados... o de acrecentarlos- le dije, a favor de la confianza que mantenemos. Al reconocerme, Esteban sonrió. No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- respondió. Por parecidas razones estoy yo; tú esperas algo que refuerce tu fe, yo algo que confirme mi descreimiento. En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, despidiéndose abruptamente, se encaminó hacia la Catedral. Pasaron semanas; ayer, una amiga, a quien conociera en la provincia de Córdoba donde suelo pasar los veranos, mujer de enhiesta fe, me contó que en Buenos Aires, a la que viniera con motivo del bautismo de un nieto, conoció a un joven sacerdote quien le narró que el año pasado dudando de su fe, reclamó al Señor algún signo que fortaleciera sus convicciones; concreta y circunstanciadamente, pidió que en esa Nochebuena alguna persona se le acercara diciendo haber concurrido esperando un signo que convalidara su descreimiento. Según la mujer el togado manifestó que su pedido había sido satisfecho, con lo que su fe se templó. Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su Iglesia. Por mi parte, meditando sobre el caso y dando por cierto que el sacerdote no era otro que el padre Esteban, advertí lo insólito que resultó que mi descreída presencia sirviera para fortalecer una fe, siendo que yo carezco de ella. Lo que demostraría tanto la imprescindibilidad del ateísmo para la feliz existencia del Cristianismo cuanto, acaso, la discreción y el sigilo con que se manifiesta el Señor. |
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| Creo, y nunca me equivoco cuando me da por creer en algo, que es tu mejor cuento. Un abrazo Don Paco, y feliz navidad austral. :-) * PacoZ: > Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de > Navidad. > > ;-) :-) > > ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO > De la probable imprescindibilidad del ateísmo > La Catedral de San Isidro es tan majestuosa como cualquier otra siendo > posible que los grados de admiración dependan más de la fe que del > buen gusto del constructor del templo. En mi caso suelo sentarme a > admirarla desde la plaza del reloj de sol o de dejarme estar es su > interior contemplando sus columnas, su bóveda, sus coloridos vitrales > que juegan sus colores sobre los rayos del sol. Entonces > indefectiblemente, cuando advierto la atracción que sobre mi ejercen > el altar mayor, sus imágenes, símbolos y fulguraciones, queriendo > desechar la más mínima creencia sobre la existencia de Dios, atribuyo > mi encantamiento a una mera atracción estética o arquitectónica. > Justamente el tema de la existencia de Dios y la persistencia de mis > dudas religiosas, forman parte de lo que quiero narrar. > Empezaré a partir de la fecha en que mi abuelo, un madrileño > monárquico y ultramontano, ingresó al país luego que los liberales de > España, allá por 1850, forzaran la estampida de los monárquicos. El > abuelo, establecido con una tienda llamada "Au bon Marché", pasó por > épocas de bonanza económica al tiempo que su vida familiar fue > cediendo bajo el peso de las discrepancias religiosas con su esposa, > una vasca francesa agnóstica hasta la médula. Así las cosas, al compás > de las rencillas conyugales, por oscuras razones y no más claras > rivalidades, dos de los hijos siguieron la fe paterna y el restante > renegó de ella. Ese fue mi padre quien, como queriendo continuar > aquellas desavenencias, se casó con mi madre, una católica de misa > diaria. Yo, diplomático, sosegado y sobre todo escarmentado, me > mantengo soltero y expectante; un grado menos que agnóstico. > Así llegamos a la Nochebuena del año pasado. Ese día, es decir aquella > noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral tratando de > ocultar mi soledad, no porque la soledad me molestara tras cuarenta > años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar lo más > apartado posible. > Inusitadamente di en pensar que acaso en fecha tan emblemática pudiera > dárseme algún signo que demostrara la inexistencia de Dios, > ratificando mi indiferencia religiosa. > La gente estaba recogida en sus hogares según tradiciones que hasta > entonces me fueron indiferentes y la noche avanzaba con pies de gato > sobre el lustroso gris del empedrado en tanto yo la seguía por la > avenida del Libertador hasta que, girando alrededor del frente del > templo, encaré la calle que gira sobre sí misma al llegar a la sinuosa > escalera por la que se desciende a la ribera. > Al llegar a la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson topé > con la espalda de un hombre que apenas se distinguía a la sombra de la > arboleda. Por un momento pensé en volver sobre mis pasos considerando > la presencia humana como un contratiempo que alteraba mi voluntad de > diluirme en la naturaleza, de convertirme en alerta y atenta partícula > cósmica, en procura de la ocurrencia de acontecimientos fuera de lo > común. > El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertirde > mi presencia a aquél que se estaba quieto y silencioso bajo un manto > de sombras que oscilaban al arbitrio del viento. Cuando el hombre giró > su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede > catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco > desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de > no sé qué intervención, a la edad de veintidós años tomó los hábitos > dejando atrás un breve pero intenso pasado colmado de niñas y rumores > pueblerinos. > -Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que estás en espera de > alguna damisela en trance de confesar sus pecados... o de acrecentarlos- > le dije, a favor de la confianza que mantenemos. > Al reconocerme, Esteban sonrió. > No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- > respondió. > Por parecidas razones estoy yo; tú esperas algo que refuerce tu fe, yo > algo que confirme mi descreimiento. > En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, > despidiéndose abruptamente, se encaminó hacia la Catedral. > Pasaron semanas; ayer, una amiga, a quien conociera en la provincia de > Córdoba donde suelo pasar los veranos, mujer de enhiesta fe, me contó > que en Buenos Aires, a la que viniera con motivo del bautismo de un > nieto, conoció a un joven sacerdote quien le narró que el año pasado > dudando de su fe, reclamó al Señor algún signo que fortaleciera sus > convicciones; concreta y circunstanciadamente, pidió que en esa > Nochebuena alguna persona se le acercara diciendo haber concurrido > esperando un signo que convalidara su descreimiento. Según la mujer el > togado manifestó que su pedido había sido satisfecho, con lo que su > fe se templó. > Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su > Iglesia. Por mi parte, meditando sobre el caso y dando por cierto que > el sacerdote no era otro que el padre Esteban, advertí lo insólito que > resultó que mi descreída presencia sirviera para fortalecer una fe, > siendo que yo carezco de ella. Lo que demostraría tanto la > imprescindibilidad del ateísmo para la feliz existencia del > Cristianismo cuanto, acaso, la discreción y el sigilo con que se > manifiesta el Señor. |
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| Creo, y nunca me equivoco cuando me da por creer en algo, que es tu mejor cuento. Un abrazo Don Paco, y feliz navidad austral. :-) * PacoZ: > Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de > Navidad. > > ;-) :-) > > ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO > De la probable imprescindibilidad del ateísmo > La Catedral de San Isidro es tan majestuosa como cualquier otra siendo > posible que los grados de admiración dependan más de la fe que del > buen gusto del constructor del templo. En mi caso suelo sentarme a > admirarla desde la plaza del reloj de sol o de dejarme estar es su > interior contemplando sus columnas, su bóveda, sus coloridos vitrales > que juegan sus colores sobre los rayos del sol. Entonces > indefectiblemente, cuando advierto la atracción que sobre mi ejercen > el altar mayor, sus imágenes, símbolos y fulguraciones, queriendo > desechar la más mínima creencia sobre la existencia de Dios, atribuyo > mi encantamiento a una mera atracción estética o arquitectónica. > Justamente el tema de la existencia de Dios y la persistencia de mis > dudas religiosas, forman parte de lo que quiero narrar. > Empezaré a partir de la fecha en que mi abuelo, un madrileño > monárquico y ultramontano, ingresó al país luego que los liberales de > España, allá por 1850, forzaran la estampida de los monárquicos. El > abuelo, establecido con una tienda llamada "Au bon Marché", pasó por > épocas de bonanza económica al tiempo que su vida familiar fue > cediendo bajo el peso de las discrepancias religiosas con su esposa, > una vasca francesa agnóstica hasta la médula. Así las cosas, al compás > de las rencillas conyugales, por oscuras razones y no más claras > rivalidades, dos de los hijos siguieron la fe paterna y el restante > renegó de ella. Ese fue mi padre quien, como queriendo continuar > aquellas desavenencias, se casó con mi madre, una católica de misa > diaria. Yo, diplomático, sosegado y sobre todo escarmentado, me > mantengo soltero y expectante; un grado menos que agnóstico. > Así llegamos a la Nochebuena del año pasado. Ese día, es decir aquella > noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral tratando de > ocultar mi soledad, no porque la soledad me molestara tras cuarenta > años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar lo más > apartado posible. > Inusitadamente di en pensar que acaso en fecha tan emblemática pudiera > dárseme algún signo que demostrara la inexistencia de Dios, > ratificando mi indiferencia religiosa. > La gente estaba recogida en sus hogares según tradiciones que hasta > entonces me fueron indiferentes y la noche avanzaba con pies de gato > sobre el lustroso gris del empedrado en tanto yo la seguía por la > avenida del Libertador hasta que, girando alrededor del frente del > templo, encaré la calle que gira sobre sí misma al llegar a la sinuosa > escalera por la que se desciende a la ribera. > Al llegar a la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson topé > con la espalda de un hombre que apenas se distinguía a la sombra de la > arboleda. Por un momento pensé en volver sobre mis pasos considerando > la presencia humana como un contratiempo que alteraba mi voluntad de > diluirme en la naturaleza, de convertirme en alerta y atenta partícula > cósmica, en procura de la ocurrencia de acontecimientos fuera de lo > común. > El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertirde > mi presencia a aquél que se estaba quieto y silencioso bajo un manto > de sombras que oscilaban al arbitrio del viento. Cuando el hombre giró > su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede > catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco > desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de > no sé qué intervención, a la edad de veintidós años tomó los hábitos > dejando atrás un breve pero intenso pasado colmado de niñas y rumores > pueblerinos. > -Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que estás en espera de > alguna damisela en trance de confesar sus pecados... o de acrecentarlos- > le dije, a favor de la confianza que mantenemos. > Al reconocerme, Esteban sonrió. > No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- > respondió. > Por parecidas razones estoy yo; tú esperas algo que refuerce tu fe, yo > algo que confirme mi descreimiento. > En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, > despidiéndose abruptamente, se encaminó hacia la Catedral. > Pasaron semanas; ayer, una amiga, a quien conociera en la provincia de > Córdoba donde suelo pasar los veranos, mujer de enhiesta fe, me contó > que en Buenos Aires, a la que viniera con motivo del bautismo de un > nieto, conoció a un joven sacerdote quien le narró que el año pasado > dudando de su fe, reclamó al Señor algún signo que fortaleciera sus > convicciones; concreta y circunstanciadamente, pidió que en esa > Nochebuena alguna persona se le acercara diciendo haber concurrido > esperando un signo que convalidara su descreimiento. Según la mujer el > togado manifestó que su pedido había sido satisfecho, con lo que su > fe se templó. > Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su > Iglesia. Por mi parte, meditando sobre el caso y dando por cierto que > el sacerdote no era otro que el padre Esteban, advertí lo insólito que > resultó que mi descreída presencia sirviera para fortalecer una fe, > siendo que yo carezco de ella. Lo que demostraría tanto la > imprescindibilidad del ateísmo para la feliz existencia del > Cristianismo cuanto, acaso, la discreción y el sigilo con que se > manifiesta el Señor. |
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| Creo, y nunca me equivoco cuando me da por creer en algo, que es tu mejor cuento. Un abrazo Don Paco, y feliz navidad austral. :-) * PacoZ: > Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de > Navidad. > > ;-) :-) > > ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO > De la probable imprescindibilidad del ateísmo > La Catedral de San Isidro es tan majestuosa como cualquier otra siendo > posible que los grados de admiración dependan más de la fe que del > buen gusto del constructor del templo. En mi caso suelo sentarme a > admirarla desde la plaza del reloj de sol o de dejarme estar es su > interior contemplando sus columnas, su bóveda, sus coloridos vitrales > que juegan sus colores sobre los rayos del sol. Entonces > indefectiblemente, cuando advierto la atracción que sobre mi ejercen > el altar mayor, sus imágenes, símbolos y fulguraciones, queriendo > desechar la más mínima creencia sobre la existencia de Dios, atribuyo > mi encantamiento a una mera atracción estética o arquitectónica. > Justamente el tema de la existencia de Dios y la persistencia de mis > dudas religiosas, forman parte de lo que quiero narrar. > Empezaré a partir de la fecha en que mi abuelo, un madrileño > monárquico y ultramontano, ingresó al país luego que los liberales de > España, allá por 1850, forzaran la estampida de los monárquicos. El > abuelo, establecido con una tienda llamada "Au bon Marché", pasó por > épocas de bonanza económica al tiempo que su vida familiar fue > cediendo bajo el peso de las discrepancias religiosas con su esposa, > una vasca francesa agnóstica hasta la médula. Así las cosas, al compás > de las rencillas conyugales, por oscuras razones y no más claras > rivalidades, dos de los hijos siguieron la fe paterna y el restante > renegó de ella. Ese fue mi padre quien, como queriendo continuar > aquellas desavenencias, se casó con mi madre, una católica de misa > diaria. Yo, diplomático, sosegado y sobre todo escarmentado, me > mantengo soltero y expectante; un grado menos que agnóstico. > Así llegamos a la Nochebuena del año pasado. Ese día, es decir aquella > noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral tratando de > ocultar mi soledad, no porque la soledad me molestara tras cuarenta > años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar lo más > apartado posible. > Inusitadamente di en pensar que acaso en fecha tan emblemática pudiera > dárseme algún signo que demostrara la inexistencia de Dios, > ratificando mi indiferencia religiosa. > La gente estaba recogida en sus hogares según tradiciones que hasta > entonces me fueron indiferentes y la noche avanzaba con pies de gato > sobre el lustroso gris del empedrado en tanto yo la seguía por la > avenida del Libertador hasta que, girando alrededor del frente del > templo, encaré la calle que gira sobre sí misma al llegar a la sinuosa > escalera por la que se desciende a la ribera. > Al llegar a la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson topé > con la espalda de un hombre que apenas se distinguía a la sombra de la > arboleda. Por un momento pensé en volver sobre mis pasos considerando > la presencia humana como un contratiempo que alteraba mi voluntad de > diluirme en la naturaleza, de convertirme en alerta y atenta partícula > cósmica, en procura de la ocurrencia de acontecimientos fuera de lo > común. > El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertirde > mi presencia a aquél que se estaba quieto y silencioso bajo un manto > de sombras que oscilaban al arbitrio del viento. Cuando el hombre giró > su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede > catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco > desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de > no sé qué intervención, a la edad de veintidós años tomó los hábitos > dejando atrás un breve pero intenso pasado colmado de niñas y rumores > pueblerinos. > -Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que estás en espera de > alguna damisela en trance de confesar sus pecados... o de acrecentarlos- > le dije, a favor de la confianza que mantenemos. > Al reconocerme, Esteban sonrió. > No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- > respondió. > Por parecidas razones estoy yo; tú esperas algo que refuerce tu fe, yo > algo que confirme mi descreimiento. > En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, > despidiéndose abruptamente, se encaminó hacia la Catedral. > Pasaron semanas; ayer, una amiga, a quien conociera en la provincia de > Córdoba donde suelo pasar los veranos, mujer de enhiesta fe, me contó > que en Buenos Aires, a la que viniera con motivo del bautismo de un > nieto, conoció a un joven sacerdote quien le narró que el año pasado > dudando de su fe, reclamó al Señor algún signo que fortaleciera sus > convicciones; concreta y circunstanciadamente, pidió que en esa > Nochebuena alguna persona se le acercara diciendo haber concurrido > esperando un signo que convalidara su descreimiento. Según la mujer el > togado manifestó que su pedido había sido satisfecho, con lo que su > fe se templó. > Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su > Iglesia. Por mi parte, meditando sobre el caso y dando por cierto que > el sacerdote no era otro que el padre Esteban, advertí lo insólito que > resultó que mi descreída presencia sirviera para fortalecer una fe, > siendo que yo carezco de ella. Lo que demostraría tanto la > imprescindibilidad del ateísmo para la feliz existencia del > Cristianismo cuanto, acaso, la discreción y el sigilo con que se > manifiesta el Señor. |
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| Creo, y nunca me equivoco cuando me da por creer en algo, que es tu mejor cuento. Un abrazo Don Paco, y feliz navidad austral. :-) * PacoZ: > Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de > Navidad. > > ;-) :-) > > ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO > De la probable imprescindibilidad del ateísmo > La Catedral de San Isidro es tan majestuosa como cualquier otra siendo > posible que los grados de admiración dependan más de la fe que del > buen gusto del constructor del templo. En mi caso suelo sentarme a > admirarla desde la plaza del reloj de sol o de dejarme estar es su > interior contemplando sus columnas, su bóveda, sus coloridos vitrales > que juegan sus colores sobre los rayos del sol. Entonces > indefectiblemente, cuando advierto la atracción que sobre mi ejercen > el altar mayor, sus imágenes, símbolos y fulguraciones, queriendo > desechar la más mínima creencia sobre la existencia de Dios, atribuyo > mi encantamiento a una mera atracción estética o arquitectónica. > Justamente el tema de la existencia de Dios y la persistencia de mis > dudas religiosas, forman parte de lo que quiero narrar. > Empezaré a partir de la fecha en que mi abuelo, un madrileño > monárquico y ultramontano, ingresó al país luego que los liberales de > España, allá por 1850, forzaran la estampida de los monárquicos. El > abuelo, establecido con una tienda llamada "Au bon Marché", pasó por > épocas de bonanza económica al tiempo que su vida familiar fue > cediendo bajo el peso de las discrepancias religiosas con su esposa, > una vasca francesa agnóstica hasta la médula. Así las cosas, al compás > de las rencillas conyugales, por oscuras razones y no más claras > rivalidades, dos de los hijos siguieron la fe paterna y el restante > renegó de ella. Ese fue mi padre quien, como queriendo continuar > aquellas desavenencias, se casó con mi madre, una católica de misa > diaria. Yo, diplomático, sosegado y sobre todo escarmentado, me > mantengo soltero y expectante; un grado menos que agnóstico. > Así llegamos a la Nochebuena del año pasado. Ese día, es decir aquella > noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral tratando de > ocultar mi soledad, no porque la soledad me molestara tras cuarenta > años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar lo más > apartado posible. > Inusitadamente di en pensar que acaso en fecha tan emblemática pudiera > dárseme algún signo que demostrara la inexistencia de Dios, > ratificando mi indiferencia religiosa. > La gente estaba recogida en sus hogares según tradiciones que hasta > entonces me fueron indiferentes y la noche avanzaba con pies de gato > sobre el lustroso gris del empedrado en tanto yo la seguía por la > avenida del Libertador hasta que, girando alrededor del frente del > templo, encaré la calle que gira sobre sí misma al llegar a la sinuosa > escalera por la que se desciende a la ribera. > Al llegar a la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson topé > con la espalda de un hombre que apenas se distinguía a la sombra de la > arboleda. Por un momento pensé en volver sobre mis pasos considerando > la presencia humana como un contratiempo que alteraba mi voluntad de > diluirme en la naturaleza, de convertirme en alerta y atenta partícula > cósmica, en procura de la ocurrencia de acontecimientos fuera de lo > común. > El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertirde > mi presencia a aquél que se estaba quieto y silencioso bajo un manto > de sombras que oscilaban al arbitrio del viento. Cuando el hombre giró > su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede > catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco > desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de > no sé qué intervención, a la edad de veintidós años tomó los hábitos > dejando atrás un breve pero intenso pasado colmado de niñas y rumores > pueblerinos. > -Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que estás en espera de > alguna damisela en trance de confesar sus pecados... o de acrecentarlos- > le dije, a favor de la confianza que mantenemos. > Al reconocerme, Esteban sonrió. > No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- > respondió. > Por parecidas razones estoy yo; tú esperas algo que refuerce tu fe, yo > algo que confirme mi descreimiento. > En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, > despidiéndose abruptamente, se encaminó hacia la Catedral. > Pasaron semanas; ayer, una amiga, a quien conociera en la provincia de > Córdoba donde suelo pasar los veranos, mujer de enhiesta fe, me contó > que en Buenos Aires, a la que viniera con motivo del bautismo de un > nieto, conoció a un joven sacerdote quien le narró que el año pasado > dudando de su fe, reclamó al Señor algún signo que fortaleciera sus > convicciones; concreta y circunstanciadamente, pidió que en esa > Nochebuena alguna persona se le acercara diciendo haber concurrido > esperando un signo que convalidara su descreimiento. Según la mujer el > togado manifestó que su pedido había sido satisfecho, con lo que su > fe se templó. > Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su > Iglesia. Por mi parte, meditando sobre el caso y dando por cierto que > el sacerdote no era otro que el padre Esteban, advertí lo insólito que > resultó que mi descreída presencia sirviera para fortalecer una fe, > siendo que yo carezco de ella. Lo que demostraría tanto la > imprescindibilidad del ateísmo para la feliz existencia del > Cristianismo cuanto, acaso, la discreción y el sigilo con que se > manifiesta el Señor. |
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| Gracias Albaroth, por el concepto (que no comparto) y por tus excelentes fotos, Un abrazo para tu simpaíquísima mujer, y para la niña, que va creciendo, un beso. Un abraxo PacoZ. On 24 dic, 18:08, Alb <jm_larumbeNON...***yahoo.es> wrote: > Creo, y nunca me equivoco cuando me da por creer en algo, que es tu > mejor cuento. > Un abrazo Don Paco, y feliz navidad austral. > :-) > > * PacoZ: > > > > > Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de > > Navidad. > > > *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** ***;-) *** ***:-) > > > ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO > > De la probable imprescindibilidad del ateísmo > > La Catedral de San Isidro es tan majestuosa como cualquier otra siendo > > posible que los grados de admiración dependan más de la fe que del > > buen gusto del constructor del templo. En mi caso suelo sentarme a > > admirarla desde la plaza del reloj de sol o de dejarme estar es su > > interior contemplando sus columnas, su bóveda, sus coloridos vitrales > > que juegan sus colores sobre los rayos del sol. Entonces > > indefectiblemente, cuando advierto la atracción que sobre mi ejercen > > el altar mayor, sus imágenes, símbolos y fulguraciones, queriendo > > desechar la más mínima creencia sobre la existencia de Dios, atribuyo > > mi encantamiento a una mera atracción estética o arquitectónica. > > Justamente el tema de la existencia de Dios y la persistencia de mis > > dudas religiosas, forman parte de lo que quiero narrar. > > Empezaré a partir de la fecha en que mi abuelo, un madrileño > > monárquico y ultramontano, ingresó al país luego que los liberalesde > > España, allá por 1850, forzaran la estampida de los monárquicos. El > > abuelo, establecido con una tienda llamada "Au bon Marché", pasó por > > épocas de bonanza económica al tiempo que su vida familiar fue > > cediendo bajo el peso de las discrepancias religiosas con su esposa, > > una vasca francesa agnóstica hasta la médula. Así las cosas, al compás > > de las rencillas conyugales, por oscuras razones y no más claras > > rivalidades, dos de los hijos siguieron la fe paterna y el restante > > renegó de ella. Ese fue mi padre quien, como queriendo continuar > > aquellas desavenencias, se casó con mi madre, una católica de misa > > diaria. Yo, diplomático, sosegado y sobre todo escarmentado, me > > mantengo soltero y expectante; un grado menos que agnóstico. > > Así llegamos a la Nochebuena del año pasado. Ese día, es decir aquella > > noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral tratando de > > ocultar mi soledad, no porque la soledad me molestara tras cuarenta > > años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar lomás > > apartado posible. > > Inusitadamente di en pensar que acaso en fecha tan emblemática pudiera > > dárseme algún signo que demostrara la inexistencia de Dios, > > ratificando mi indiferencia religiosa. > > La gente estaba recogida en sus hogares según tradiciones que hasta > > entonces me fueron indiferentes y la noche avanzaba con pies de gato > > sobre el lustroso gris del empedrado en tanto yo la seguía por la > > avenida del Libertador hasta que, girando alrededor del frente del > > templo, encaré la calle que gira sobre sí misma al llegar a la sinuosa > > escalera por la que se desciende a la ribera. > > Al llegar a la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson topé > > con la espalda de un hombre que apenas se distinguía a la sombra de la > > arboleda. Por un momento pensé en volver sobre mis pasos considerando > > la presencia humana como un contratiempo que alteraba mi voluntad de > > diluirme en la naturaleza, de convertirme en alerta y atenta partícula > > cósmica, en procura de la ocurrencia de acontecimientos fuera de lo > > común. > > El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertir de > > mi presencia a aquél que se estaba quieto y silencioso bajo un manto > > de sombras que oscilaban al arbitrio del viento. Cuando el hombre giró > > su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede > > catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco > > desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de > > no sé qué intervención, a la edad de veintidós años tomó loshábitos > > dejando atrás un breve pero intenso pasado colmado de niñas y rumores > > pueblerinos. > > -Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que estás en espera de > > alguna damisela en trance de confesar sus pecados... o de acrecentarlos- > > le dije, a favor de la confianza que mantenemos. > > Al reconocerme, Esteban sonrió. > > No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- > > respondió. > > Por parecidas razones estoy yo; tú esperas algo que refuerce tu fe, yo > > algo que confirme mi descreimiento. > > En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, > > despidiéndose abruptamente, se encaminó hacia la Catedral. > > Pasaron semanas; ayer, una amiga, a quien conociera en la provincia de > > Córdoba donde suelo pasar los veranos, mujer de enhiesta fe, me contó > > que en Buenos Aires, a la que viniera con motivo del bautismo de un > > nieto, conoció a un joven sacerdote quien le narró que el año pasado > > dudando de su fe, reclamó al Señor algún signo que fortaleciera sus > > convicciones; concreta y circunstanciadamente, pidió que en esa > > Nochebuena alguna persona se le acercara diciendo haber concurrido > > esperando un signo que convalidara su descreimiento. Según la mujer el > > togado manifestó ***que su pedido había sido satisfecho, con lo que su > > fe se templó. > > Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su > > Iglesia. Por ***mi parte, meditando sobre el caso y dando por cierto que > > el sacerdote no era otro que el padre Esteban, advertí lo insólito que > > resultó que mi descreída presencia sirviera para fortalecer una fe, > > siendo que yo carezco de ella. Lo que demostraría tanto la > > imprescindibilidad del ateísmo para la feliz existencia del > > Cristianismo cuanto, acaso, la discreción y el sigilo con que se > > manifiesta el Señor.- Ocultar texto de la cita - > > - Mostrar texto de la cita - |
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| Gracias Albaroth, por el concepto (que no comparto) y por tus excelentes fotos, Un abrazo para tu simpaíquísima mujer, y para la niña, que va creciendo, un beso. Un abraxo PacoZ. On 24 dic, 18:08, Alb <jm_larumbeNON...***yahoo.es> wrote: > Creo, y nunca me equivoco cuando me da por creer en algo, que es tu > mejor cuento. > Un abrazo Don Paco, y feliz navidad austral. > :-) > > * PacoZ: > > > > > Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de > > Navidad. > > > *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** ***;-) *** ***:-) > > > ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO > > De la probable imprescindibilidad del ateísmo > > La Catedral de San Isidro es tan majestuosa como cualquier otra siendo > > posible que los grados de admiración dependan más de la fe que del > > buen gusto del constructor del templo. En mi caso suelo sentarme a > > admirarla desde la plaza del reloj de sol o de dejarme estar es su > > interior contemplando sus columnas, su bóveda, sus coloridos vitrales > > que juegan sus colores sobre los rayos del sol. Entonces > > indefectiblemente, cuando advierto la atracción que sobre mi ejercen > > el altar mayor, sus imágenes, símbolos y fulguraciones, queriendo > > desechar la más mínima creencia sobre la existencia de Dios, atribuyo > > mi encantamiento a una mera atracción estética o arquitectónica. > > Justamente el tema de la existencia de Dios y la persistencia de mis > > dudas religiosas, forman parte de lo que quiero narrar. > > Empezaré a partir de la fecha en que mi abuelo, un madrileño > > monárquico y ultramontano, ingresó al país luego que los liberalesde > > España, allá por 1850, forzaran la estampida de los monárquicos. El > > abuelo, establecido con una tienda llamada "Au bon Marché", pasó por > > épocas de bonanza económica al tiempo que su vida familiar fue > > cediendo bajo el peso de las discrepancias religiosas con su esposa, > > una vasca francesa agnóstica hasta la médula. Así las cosas, al compás > > de las rencillas conyugales, por oscuras razones y no más claras > > rivalidades, dos de los hijos siguieron la fe paterna y el restante > > renegó de ella. Ese fue mi padre quien, como queriendo continuar > > aquellas desavenencias, se casó con mi madre, una católica de misa > > diaria. Yo, diplomático, sosegado y sobre todo escarmentado, me > > mantengo soltero y expectante; un grado menos que agnóstico. > > Así llegamos a la Nochebuena del año pasado. Ese día, es decir aquella > > noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral tratando de > > ocultar mi soledad, no porque la soledad me molestara tras cuarenta > > años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar lomás > > apartado posible. > > Inusitadamente di en pensar que acaso en fecha tan emblemática pudiera > > dárseme algún signo que demostrara la inexistencia de Dios, > > ratificando mi indiferencia religiosa. > > La gente estaba recogida en sus hogares según tradiciones que hasta > > entonces me fueron indiferentes y la noche avanzaba con pies de gato > > sobre el lustroso gris del empedrado en tanto yo la seguía por la > > avenida del Libertador hasta que, girando alrededor del frente del > > templo, encaré la calle que gira sobre sí misma al llegar a la sinuosa > > escalera por la que se desciende a la ribera. > > Al llegar a la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson topé > > con la espalda de un hombre que apenas se distinguía a la sombra de la > > arboleda. Por un momento pensé en volver sobre mis pasos considerando > > la presencia humana como un contratiempo que alteraba mi voluntad de > > diluirme en la naturaleza, de convertirme en alerta y atenta partícula > > cósmica, en procura de la ocurrencia de acontecimientos fuera de lo > > común. > > El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertir de > > mi presencia a aquél que se estaba quieto y silencioso bajo un manto > > de sombras que oscilaban al arbitrio del viento. Cuando el hombre giró > > su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede > > catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco > > desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de > > no sé qué intervención, a la edad de veintidós años tomó loshábitos > > dejando atrás un breve pero intenso pasado colmado de niñas y rumores > > pueblerinos. > > -Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que estás en espera de > > alguna damisela en trance de confesar sus pecados... o de acrecentarlos- > > le dije, a favor de la confianza que mantenemos. > > Al reconocerme, Esteban sonrió. > > No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- > > respondió. > > Por parecidas razones estoy yo; tú esperas algo que refuerce tu fe, yo > > algo que confirme mi descreimiento. > > En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, > > despidiéndose abruptamente, se encaminó hacia la Catedral. > > Pasaron semanas; ayer, una amiga, a quien conociera en la provincia de > > Córdoba donde suelo pasar los veranos, mujer de enhiesta fe, me contó > > que en Buenos Aires, a la que viniera con motivo del bautismo de un > > nieto, conoció a un joven sacerdote quien le narró que el año pasado > > dudando de su fe, reclamó al Señor algún signo que fortaleciera sus > > convicciones; concreta y circunstanciadamente, pidió que en esa > > Nochebuena alguna persona se le acercara diciendo haber concurrido > > esperando un signo que convalidara su descreimiento. Según la mujer el > > togado manifestó ***que su pedido había sido satisfecho, con lo que su > > fe se templó. > > Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su > > Iglesia. Por ***mi parte, meditando sobre el caso y dando por cierto que > > el sacerdote no era otro que el padre Esteban, advertí lo insólito que > > resultó que mi descreída presencia sirviera para fortalecer una fe, > > siendo que yo carezco de ella. Lo que demostraría tanto la > > imprescindibilidad del ateísmo para la feliz existencia del > > Cristianismo cuanto, acaso, la discreción y el sigilo con que se > > manifiesta el Señor.- Ocultar texto de la cita - > > - Mostrar texto de la cita - |
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| Gracias Albaroth, por el concepto (que no comparto) y por tus excelentes fotos, Un abrazo para tu simpaíquísima mujer, y para la niña, que va creciendo, un beso. Un abraxo PacoZ. On 24 dic, 18:08, Alb <jm_larumbeNON...***yahoo.es> wrote: > Creo, y nunca me equivoco cuando me da por creer en algo, que es tu > mejor cuento. > Un abrazo Don Paco, y feliz navidad austral. > :-) > > * PacoZ: > > > > > Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de > > Navidad. > > > *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** ***;-) *** ***:-) > > > ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO > > De la probable imprescindibilidad del ateísmo > > La Catedral de San Isidro es tan majestuosa como cualquier otra siendo > > posible que los grados de admiración dependan más de la fe que del > > buen gusto del constructor del templo. En mi caso suelo sentarme a > > admirarla desde la plaza del reloj de sol o de dejarme estar es su > > interior contemplando sus columnas, su bóveda, sus coloridos vitrales > > que juegan sus colores sobre los rayos del sol. Entonces > > indefectiblemente, cuando advierto la atracción que sobre mi ejercen > > el altar mayor, sus imágenes, símbolos y fulguraciones, queriendo > > desechar la más mínima creencia sobre la existencia de Dios, atribuyo > > mi encantamiento a una mera atracción estética o arquitectónica. > > Justamente el tema de la existencia de Dios y la persistencia de mis > > dudas religiosas, forman parte de lo que quiero narrar. > > Empezaré a partir de la fecha en que mi abuelo, un madrileño > > monárquico y ultramontano, ingresó al país luego que los liberalesde > > España, allá por 1850, forzaran la estampida de los monárquicos. El > > abuelo, establecido con una tienda llamada "Au bon Marché", pasó por > > épocas de bonanza económica al tiempo que su vida familiar fue > > cediendo bajo el peso de las discrepancias religiosas con su esposa, > > una vasca francesa agnóstica hasta la médula. Así las cosas, al compás > > de las rencillas conyugales, por oscuras razones y no más claras > > rivalidades, dos de los hijos siguieron la fe paterna y el restante > > renegó de ella. Ese fue mi padre quien, como queriendo continuar > > aquellas desavenencias, se casó con mi madre, una católica de misa > > diaria. Yo, diplomático, sosegado y sobre todo escarmentado, me > > mantengo soltero y expectante; un grado menos que agnóstico. > > Así llegamos a la Nochebuena del año pasado. Ese día, es decir aquella > > noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral tratando de > > ocultar mi soledad, no porque la soledad me molestara tras cuarenta > > años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar lomás > > apartado posible. > > Inusitadamente di en pensar que acaso en fecha tan emblemática pudiera > > dárseme algún signo que demostrara la inexistencia de Dios, > > ratificando mi indiferencia religiosa. > > La gente estaba recogida en sus hogares según tradiciones que hasta > > entonces me fueron indiferentes y la noche avanzaba con pies de gato > > sobre el lustroso gris del empedrado en tanto yo la seguía por la > > avenida del Libertador hasta que, girando alrededor del frente del > > templo, encaré la calle que gira sobre sí misma al llegar a la sinuosa > > escalera por la que se desciende a la ribera. > > Al llegar a la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson topé > > con la espalda de un hombre que apenas se distinguía a la sombra de la > > arboleda. Por un momento pensé en volver sobre mis pasos considerando > > la presencia humana como un contratiempo que alteraba mi voluntad de > > diluirme en la naturaleza, de convertirme en alerta y atenta partícula > > cósmica, en procura de la ocurrencia de acontecimientos fuera de lo > > común. > > El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertir de > > mi presencia a aquél que se estaba quieto y silencioso bajo un manto > > de sombras que oscilaban al arbitrio del viento. Cuando el hombre giró > > su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede > > catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco > > desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de > > no sé qué intervención, a la edad de veintidós años tomó loshábitos > > dejando atrás un breve pero intenso pasado colmado de niñas y rumores > > pueblerinos. > > -Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que estás en espera de > > alguna damisela en trance de confesar sus pecados... o de acrecentarlos- > > le dije, a favor de la confianza que mantenemos. > > Al reconocerme, Esteban sonrió. > > No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- > > respondió. > > Por parecidas razones estoy yo; tú esperas algo que refuerce tu fe, yo > > algo que confirme mi descreimiento. > > En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, > > despidiéndose abruptamente, se encaminó hacia la Catedral. > > Pasaron semanas; ayer, una amiga, a quien conociera en la provincia de > > Córdoba donde suelo pasar los veranos, mujer de enhiesta fe, me contó > > que en Buenos Aires, a la que viniera con motivo del bautismo de un > > nieto, conoció a un joven sacerdote quien le narró que el año pasado > > dudando de su fe, reclamó al Señor algún signo que fortaleciera sus > > convicciones; concreta y circunstanciadamente, pidió que en esa > > Nochebuena alguna persona se le acercara diciendo haber concurrido > > esperando un signo que convalidara su descreimiento. Según la mujer el > > togado manifestó ***que su pedido había sido satisfecho, con lo que su > > fe se templó. > > Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su > > Iglesia. Por ***mi parte, meditando sobre el caso y dando por cierto que > > el sacerdote no era otro que el padre Esteban, advertí lo insólito que > > resultó que mi descreída presencia sirviera para fortalecer una fe, > > siendo que yo carezco de ella. Lo que demostraría tanto la > > imprescindibilidad del ateísmo para la feliz existencia del > > Cristianismo cuanto, acaso, la discreción y el sigilo con que se > > manifiesta el Señor.- Ocultar texto de la cita - > > - Mostrar texto de la cita - |
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| Gracias Albaroth, por el concepto (que no comparto) y por tus excelentes fotos, Un abrazo para tu simpaíquísima mujer, y para la niña, que va creciendo, un beso. Un abraxo PacoZ. On 24 dic, 18:08, Alb <jm_larumbeNON...***yahoo.es> wrote: > Creo, y nunca me equivoco cuando me da por creer en algo, que es tu > mejor cuento. > Un abrazo Don Paco, y feliz navidad austral. > :-) > > * PacoZ: > > > > > Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de > > Navidad. > > > *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** ***;-) *** ***:-) > > > ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO > > De la probable imprescindibilidad del ateísmo > > La Catedral de San Isidro es tan majestuosa como cualquier otra siendo > > posible que los grados de admiración dependan más de la fe que del > > buen gusto del constructor del templo. En mi caso suelo sentarme a > > admirarla desde la plaza del reloj de sol o de dejarme estar es su > > interior contemplando sus columnas, su bóveda, sus coloridos vitrales > > que juegan sus colores sobre los rayos del sol. Entonces > > indefectiblemente, cuando advierto la atracción que sobre mi ejercen > > el altar mayor, sus imágenes, símbolos y fulguraciones, queriendo > > desechar la más mínima creencia sobre la existencia de Dios, atribuyo > > mi encantamiento a una mera atracción estética o arquitectónica. > > Justamente el tema de la existencia de Dios y la persistencia de mis > > dudas religiosas, forman parte de lo que quiero narrar. > > Empezaré a partir de la fecha en que mi abuelo, un madrileño > > monárquico y ultramontano, ingresó al país luego que los liberalesde > > España, allá por 1850, forzaran la estampida de los monárquicos. El > > abuelo, establecido con una tienda llamada "Au bon Marché", pasó por > > épocas de bonanza económica al tiempo que su vida familiar fue > > cediendo bajo el peso de las discrepancias religiosas con su esposa, > > una vasca francesa agnóstica hasta la médula. Así las cosas, al compás > > de las rencillas conyugales, por oscuras razones y no más claras > > rivalidades, dos de los hijos siguieron la fe paterna y el restante > > renegó de ella. Ese fue mi padre quien, como queriendo continuar > > aquellas desavenencias, se casó con mi madre, una católica de misa > > diaria. Yo, diplomático, sosegado y sobre todo escarmentado, me > > mantengo soltero y expectante; un grado menos que agnóstico. > > Así llegamos a la Nochebuena del año pasado. Ese día, es decir aquella > > noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral tratando de > > ocultar mi soledad, no porque la soledad me molestara tras cuarenta > > años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar lomás > > apartado posible. > > Inusitadamente di en pensar que acaso en fecha tan emblemática pudiera > > dárseme algún signo que demostrara la inexistencia de Dios, > > ratificando mi indiferencia religiosa. > > La gente estaba recogida en sus hogares según tradiciones que hasta > > entonces me fueron indiferentes y la noche avanzaba con pies de gato > > sobre el lustroso gris del empedrado en tanto yo la seguía por la > > avenida del Libertador hasta que, girando alrededor del frente del > > templo, encaré la calle que gira sobre sí misma al llegar a la sinuosa > > escalera por la que se desciende a la ribera. > > Al llegar a la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson topé > > con la espalda de un hombre que apenas se distinguía a la sombra de la > > arboleda. Por un momento pensé en volver sobre mis pasos considerando > > la presencia humana como un contratiempo que alteraba mi voluntad de > > diluirme en la naturaleza, de convertirme en alerta y atenta partícula > > cósmica, en procura de la ocurrencia de acontecimientos fuera de lo > > común. > > El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertir de > > mi presencia a aquél que se estaba quieto y silencioso bajo un manto > > de sombras que oscilaban al arbitrio del viento. Cuando el hombre giró > > su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede > > catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco > > desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de > > no sé qué intervención, a la edad de veintidós años tomó loshábitos > > dejando atrás un breve pero intenso pasado colmado de niñas y rumores > > pueblerinos. > > -Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que estás en espera de > > alguna damisela en trance de confesar sus pecados... o de acrecentarlos- > > le dije, a favor de la confianza que mantenemos. > > Al reconocerme, Esteban sonrió. > > No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- > > respondió. > > Por parecidas razones estoy yo; tú esperas algo que refuerce tu fe, yo > > algo que confirme mi descreimiento. > > En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, > > despidiéndose abruptamente, se encaminó hacia la Catedral. > > Pasaron semanas; ayer, una amiga, a quien conociera en la provincia de > > Córdoba donde suelo pasar los veranos, mujer de enhiesta fe, me contó > > que en Buenos Aires, a la que viniera con motivo del bautismo de un > > nieto, conoció a un joven sacerdote quien le narró que el año pasado > > dudando de su fe, reclamó al Señor algún signo que fortaleciera sus > > convicciones; concreta y circunstanciadamente, pidió que en esa > > Nochebuena alguna persona se le acercara diciendo haber concurrido > > esperando un signo que convalidara su descreimiento. Según la mujer el > > togado manifestó ***que su pedido había sido satisfecho, con lo que su > > fe se templó. > > Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su > > Iglesia. Por ***mi parte, meditando sobre el caso y dando por cierto que > > el sacerdote no era otro que el padre Esteban, advertí lo insólito que > > resultó que mi descreída presencia sirviera para fortalecer una fe, > > siendo que yo carezco de ella. Lo que demostraría tanto la > > imprescindibilidad del ateísmo para la feliz existencia del > > Cristianismo cuanto, acaso, la discreción y el sigilo con que se > > manifiesta el Señor.- Ocultar texto de la cita - > > - Mostrar texto de la cita - |
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| On 24 dic, 20:22, PacoZ <f...***ciudad.com.ar> wrote: > Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de > Navidad. > > *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** ***;-)*** ***:-) > > ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO > magnifico cuento. La dedicatoria no la puedo recibir --soy tambien un M.M.-- pues soy un creyente lleno de defectos. |
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