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  #1 (permalink)  
Antiguo 28-07-2008, 17:50:06
coppelius
 
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Predeterminado lecturas de playa

Dado que no hay nada a lo que pueda conducir la profusión de "relatos de
verano" de los periódicos con los que hacen su agosto escritores y editores
de vacances, salvo a perder miserablemente el tiempo, mejor mirar un siglo
atrás y recordar la frescura, la inteligencia del escocés H.H. Munro, alias
Saki (1870-1916), en sus "Cuentos de humor y de horror" por ejemplo
(Anagrama). "Tobermory" es vagamente reminiscente del Murr hoffmanniano y
casi modelo de lo que escribiría luego otro genial disidente de la especie
humana, Roald Dahl.



---


TOBERMORY

Era una tarde lluviosa y desapacible de fines de agosto durante esa estación
indefinida en que las perdices están todavía a resguardo o en algún
frigorífico y no hay nada que cazar, a no ser que uno se encuentre en algún
lugar que limite al norte con el canal de Bristol. En tal caso se pueden
perseguir legalmente robustos venados rojos. Los huéspedes de lady Blemley
no estaban limitados al norte por el canal de Bristol, de modo que esa tarde
estaban todos reunidos en torno a la mesa del té. Y, a pesar de la monotonía
de la estación y de la trivialidad del momento, no había indicio en la
reunión de esa inquietud que nace del tedio y que significa temor por la
pianola y deseo reprimido de sentarse a jugar bridge. La ansiosa atención de
todos se concentraba en la personalidad negativamente hogareña del señor
Cornelius Appin. De todos los huéspedes de lady Blemley era el que había
llegado con una reputación más vaga. Alguien había dicho que era
"inteligente", y había recibido su invitación con la moderada expectativa,
de parte de su anfitriona, de que por lo menos alguna porción de su
inteligencia contribuyera al entretenimiento general. No había podido
descubrir hasta la hora del té en qué dirección, si la había, apuntaba su
inteligencia. No se destacaba por su ingenio ni por saber jugar al croquet;
tampoco poseía un poder hipnótico ni sabía organizar representaciones de
aficionados. Tampoco sugería su aspecto exterior esa clase de hombres a los
que las mujeres están dispuestas a perdonar un grado considerable de
deficiencia mental. Había quedado reducido a un simple señor Appin y el
nombre de Cornelius parecía no ser sino un transparente fraude bautismal. Y
ahora pretendía haber lanzado al mundo un descubrimiento frente al cual la
invención de la pólvora, la imprenta y la locomotora resultaban meras
bagatelas. La ciencia había dado pasos asombrosos en diversas direcciones
durante las ultimas décadas, pero esto parecía pertenecer al dominio del
milagro más que al del descubrimiento científico.
-¿Y usted nos pide realmente que creamos -decía sir Wilfred- que ha
descubierto un método para instruir a los animales en el arte del habla
humana, y que nuestro querido y viejo Tobermory fue el primer discípulo con
el que obtuvo un resultado feliz?

-Es un problema en el que he trabajado mucho los últimos diecisiete
años -dijo el señor Appin-, pero sólo durante los últimos ocho o nueve meses
he sido premiado con el mayor de los éxitos. Experimenté por supuesto con
miles de animales, pero últimamente sólo con gatos, esas criaturas
admirables que han asimilado tan maravillosamente nuestra civilización sin
perder por eso todos sus altamente desarrollados instintos salvajes. De
tanto en tanto se encuentra entre los gatos un intelecto superior, como
sucede también entre la masa de los seres humanos, y cuando conocí hace una
semana a Tobermory, me di cuenta inmediatamente de que estaba ante un
"supergato" de extraordinaria inteligencia. Había llegado muy lejos por el
camino del éxito en experimentos recientes; con Tobermory, como ustedes lo
llaman, he llegado a la meta.

El señor Appin concluyó su notable afirmación en un tono en que se esforzaba
por eliminar una inflexión de triunfo. Nadie dijo "ratas" aunque los labios
de Clovis esbozaron una contorsión bisilábica que invocaba probablemente a
esos roedores representantes del descrédito.

-¿Quiere decir -preguntó la señorita Resker, después de una breve pausa- que
usted ha enseñado a Tobermory a decir y a entender oraciones simples de una
sola sílaba?

-Mi querida señorita Resker -dijo pacientemente el taumaturgo-, de esa
manera gradual y fragmentaria se enseña a los niños, a los salvajes y a los
adultos atrasados; cuando se ha resuelto el problema de cómo empezar con un
animal de inteligencia altamente desarrollada no se necesitan para nada esos
métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestra lengua con absoluta
correción.

Esta vez Clovis dijo claramente "requeterratas". Sir Wilfrid fue más amable,
aunque igualmente escéptico.

-¿No sería mejor traer al gato y juzgar por nuestra cuenta? -sugirió lady
Blemley.

Sir Wilfrid fue en busca del animal, y todos se entregaron a la lánguida
expectativa de asistir a un acto de ventriloquismo más o menos hábil.

Sir Wilfrid volvió al instante, pálido su rostro bronceado y los ojos
dilatados por el asombro.

-¡Caramba, es verdad!

Su agitación era inequívocamente genuina y sus oyentes se sobresaltaron en
un estremecimiento de renovado interés.

Dejándose caer en un sillón, prosiguió con voz entrecortada:

-Lo encontré dormitando en el salón de fumar, y lo llamé para que viniera a
tomar el té. Parpadeó como suele hacer, y le dije: "Vamos, Toby; no nos
hagas esperar". Entonces ¡Dios mío!, articuló con lentitud, del modo más
espantosamente natural, que vendría cuando le diera la real gana. Casi me
caigo de espaldas.

Appin se había dirigido a un auditorio completamente incrédulo; las palabras
de sir Wilfrid lograron un convencimiento instantáneo. Se elevó un coro de
exclamaciones de asombro dignas de la Torre de Babel, entre las cuales el
científico permanecía sentado y en silencio gozando del primer fruto de su
estupendo descubrimiento.

En medio del clamor entró en el cuarto Tobermory y se abrió paso con
delicadeza y estudiada indiferencia hasta donde estaba el grupo reunido en
torno a la mesa del té.

Un silencio tenso e incómodo dominó a los comensales. Por algún motivo
resultaba incómodo dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de
reconocida habilidad mental.

-¿Quieres tomar leche, Tobermory? -preguntó lady Blemley con la voz un poco
tensa.

-No tengo inconveniente -fue la respuesta, expresada en un tono de absoluta
indiferencia. Un estremecimiento de reprimida excitación recorrió a todos, y
lady Blemley merece ser disculpada por haber servido la leche con un pulso
más bien inestable.

-Me temo que derramé bastante -dijo.

-Después de todo, no es mía la alfombra -replicó Tobermory.

Otra vez el silencio dominó al grupo, y entonces la señorita Resker, con sus
mejores modales de asistente parroquial, le preguntó si le había resultado
difícil aprender el lenguaje humano. Tobermory la miró fijo un instante y
luego bajó serenamente la mirada. Era evidente que las preguntas aburridas
estaban excluidas de su sistema de vida.

-¿Qué opinas de la inteligencia humana? -preguntó Mavis Pellington, en tono
vacilante.

-¿De la inteligencia de quién en particular? -preguntó fríamente Tobermory.

-¡Oh, bueno!, de la mía, por ejemplo -dijo Mavis tratando de reír.

-Me pone usted en una situación difícil -dijo Tobermory, cuyo tono y actitud
no sugerían por cierto el menor embarazo-. Cuando se propuso incluirla entre
los huéspedes, sir Wilfrid protestó alegando que era usted la mujer más
tonta que conocía, y que había una gran diferencia entre la hospitalidad y
el cuidado de los débiles mentales. Lady Bremley replicó que su falta de
capacidad mental era precisamente la cualidad que le había ganado la
invitación, puesto que no conocía ninguna persona tan estúpida como para que
le comprara su viejo automóvil. Ya sabe cuál, el que llaman "la envidia de
Sísifo", porque si lo empujan va cuesta arriba con suma facilidad.

Las protestas de lady Blemley habrían tenido mayor efecto si aquella misma
mañana no hubiera sugerido casualmente a Mavis que ese auto era justo lo que
ella necesitaba para su casa de Devonshire.

El mayor Barfield se precipitó a cambiar de tema.

-¿Y qué hay de tus andanzas con la gatita de color carey, allá en los
establos?

No bien lo dijo, todos advirtieron que la pregunta era una burrada.

-Por lo general no se habla de esas cosas en público -respondió fríamente
Tobermory-. Por lo que pude observar de su conducta desde que llegó a esta
casa, imagino que le parecería inconveniente que yo desviara la conversación
hacia sus pequeños asuntos.

No sólo al mayor dominó el pánico que siguió a estas palabras.

-¿Quieres ir a ver si la cocinera ya tiene lista tu comida? -sugirió
apresuradamente lady Blemley, fingiendo ignorar que faltaban por lo menos
dos horas para la comida de Tobermory.

-Gracias -dijo Tobermory-, acabo de tomar el té. No quiero morir de
indigestión.

-Los gatos tienen siete vidas, sabes -dijo sir Wilfrid con ánimo cordial.

-Posiblemente -replicó Tobermory-, pero un solo hígado.

-¡Adelaida! -exclamó la señora Cornett-, ¿vas a permitir que este gato salga
a hablar de nosotros con los sirvientes?

El pánico en verdad se había vuelto general. Se recordó con espanto que una
balaustrada ornamental recorría la mayor de las ventanas de los dormitorios
de las torres, y que era el paseo favorito de Tobermory a todas horas. Desde
allí podía vigilar a las palomas y... sabe Dios qué más. Si su intención era
extenderse en reminiscencias, con su actual tendencia a la franqueza el
efecto sería más que desconcertante. La señora Cornett, que pasaba mucho
tiempo frente a su mesa de tocador y cuyo cutis tenía fama de poseer una
naturaleza nómada aunque puntual, se mostraba tan incómoda como el mayor. La
señorita Scrawen, que escribía poemas de una sensualidad feroz y llevaba una
vida intachable, solo manifestó irritación; si uno es metódico y virtuoso en
su vida privada, no quiere necesariamente que todos se enteren. Bertie van
Tahn, tan depravado a los diecisiete años que hacía ya mucho que había
abandonado su intento de ser todavía peor, se puso de un color blanco
apagado como de gardenia, pero no cometió el error de precipitarse fuera de
la habitación como Odo Finsberry, un joven que parecía seguir la carrera
eclesiástica y a quien posiblemente perturbaba la idea de enterarse de los
escándalos de otras personas. Clovis tuvo la presencia de ánimo de guardar
una apariencia de serenidad. Interiormente se preguntaba cuánto tiempo
tardaría en procurarse una caja de ratones selectos por medio de Exchanges
and Mart, y utilizarlos como soborno.

Aun en una situación delicada como aquella, Agnes Resker no podía resignarse
a quedar relegada por mucho tiempo.

-¿Por qué habré venido aquí? -preguntó en un tono dramático.

Tobermory aceptó inmediatamente la apertura.

-A juzgar por lo que dijo ayer la señora Cornett mientras jugaban al
croquet, fue por la comida. Describió a los Blemleys como las personas más
aburridas que conocía, pero admitió que eran lo bastante inteligentes como
para tener un cocinero de primer orden; de otro modo les resultaría difícil
encontrar a quien quisiera volver por segunda vez a su casa.

-¡Ni una palabra de lo que dice es verdad! ¡Pregunten a la señora
Cornett! -exclamó Agnes, confusa.

-La señora Cornett repitió después su observación a Bertie van
Tahn -prosiguió Tobermory- y dijo: "Esa mujer está entre los desocupados que
integran la Marcha del Hambre; iría a cualquier parte con tal de obtener
cuatro comidas por día", y Bertie van Tahn dijo...

En ese instante, misericordiosamente, la crónica se interrumpió. Tobermory
había divisado a Tom, el gran gato amarillo de la rectoría, que avanzaba a
través de los arbustos en dirección del establo. Tobermory salió disparado
por la ventana abierta.

Con la desaparición de su por demás alumno brillante, Cornelius Appin se
encontró envuelto en un huracán de amargos reproches, preguntas ansiosas y
temerosos ruegos. En él recaía la responsabilidad de la situación, y era él
quien debía impedir que las cosas empeoraran aun más. ¿Podía Tobermory
impartir su peligroso don a otros gatos? Era la primera pregunta que tuvo
que contestar. Era posible, dijo, que hubiera iniciado a su amiga íntima, la
gatita de los establos, en sus nuevos conocimientos, pero era poco probable
que sus enseñanzas abarcaran por el momento un margen más amplio.

-Siendo así -dijo la señora Cornett- acepto que Tobermory sea un gato
valioso y una mascota adorable; pero seguramente convendrá conmigo,
Adelaida, que tanto él como la gata de los establos deben desaparecer sin
demora.

-No supondrá que este último cuarto de hora me haya sido placentero -dijo
amargamente lady Blemley-. Mi marido y yo queremos mucho a Tobermory... por
lo menos, lo queríamos hasta que le fueron impartidos esos horribles
conocimientos; pero ahora, por supuesto, lo que hay que hacer es eliminarlo
tan pronto como sea posible.

-Podemos poner estricnina en los restos que recibe a la hora de la
comida -dijo sir Wilfrid-, y a la gata del establo la ahogaré yo mismo. El
cochero lamentará mucho perder a su mascota, pero diremos que los dos gatos
padecían un tipo de sarna muy contagiosa y que temíamos que se extendiera a
los perros.

-Pero, ¡mi gran descubrimiento! -protestó el señor Appin-; después de tantos
años de investigaciones y experimentos...

Un arcángel que proclamara en éxtasis el milenio y descubriera que coincide
imperdonablemente con las regatas de Henley y tuviera que ser postergado por
tiempo indefinido, no se hubiera sentido tan deprimido como Cornelius Appin
ante la acogida que se dispensó a su magnífica hazaña. Tenía en contra, sin
embargo, la opinión pública, que si hubiera sido consultada al respecto es
probable que una cuantiosa minoría hubiera votado por incluirlo en la dieta
de estricnina.

Horarios defectuosos de trenes y un nervioso deseo de ver las cosa
consumadas impidieron una dispersión inmediata de los huéspedes, pero la
comida de aquella noche no fue por cierto un éxito social. Sir Wilfrid pasó
momentos difíciles con la gata del establo y después con el cochero. Agnes
Resker se limitó ostentosamente a comer un trozo de tostada reseca, que
mordía como si se tratara de un enemigo personal, mientras que Mavis
Pellington guardó un silencio vengativo durante toda la comida. Lady Blemley
hablaba incesantemente haciéndose la ilusión de que estaba conversando, pero
su atención se concentraba en el umbral. Un plato lleno de trozos de pescado
cuidadosamente dosificados estaba listo en el aparador, pero pasaron los
dulces y los postres sin que Tobermory apareciera en el comedor o en la
cocina.

La sepulcral comida resultó alegre comparada con la siguiente vigilia en el
salón de fumar. El hecho de comer y beber había procurado al menos una
distracción al malestar general. El bridge quedó eliminado, debido a la
tensión nerviosa y a la irritación de los ánimos, y después que Odo
Finsberry ofreció una lúgubre versión de Melisande en el bosque ante un
auditorio glacial, la música fue por tácito acuerdo evitada. A las once los
sirvientes se fueron a dormir, después de anunciar que la ventanita de la
despensa había quedado abierta como de costumbre para el uso privado de
Tobermory. Los huéspedes se dedicaron a leer las revistas más recientes,
hasta que paulatinamente tuvieron que echar mano de la Biblioteca Badminton
y de los volúmenes encuadernados de Punch. Lady Blemley hacía visitas
periódicas a la despensa y volvía cada vez con una expresión de abatimiento
que hacía superfluas las preguntas acumuladas.

A las dos Clovis quebró el silencio imperante.

-No aparecerá esta noche. Probablemente está en las oficinas del diario
local dictando la primera parte de sus memorias, que excluirán a las de lady
Cómo se Llama. Será el acontecimiento del día.

Habiendo contribuido de esta manera a la animación general, Clovis se fue a
acostar. Tras prolongados intervalos, los diversos integrantes de la reunión
siguieron su ejemplo.

Los sirvientes, al llevar el té de la mañana, formularon una declaración
unánime en respuesta a una pregunta unánime: Tobermory no había regresado.

El desayuno resultó, si cabe, una función más desagradable que la comida,
pero antes que llegara a su término la situación se despejó. De entre los
arbustos, donde un jardinero acababa de encontrarlo, trajeron el cadáver de
Tobermory. Por las mordeduras que tenía en el cuello y la piel amarilla que
le había quedado entre las uñas, era evidente que había resultado vencido en
un combate desigual con el gato grande de la rectoría.

Hacia mediodía la mayoría de los huéspedes habían abandonado las torres, y
después del almuerzo lady Blemley se había recuperado lo suficiente como
para escribir una carta sumamente antipática a la rectoría acerca de la
pérdida de su preciada mascota.

Tobermory había sido el único alumno aventajado de Appin, y estaba destinado
a no tener sucesor. Algunas semanas más tarde, en el jardín zoológico de
Dresde, un elefante que no había mostrado hasta entonces signos de
irritabilidad, se escapó de la jaula y mató a un inglés que, aparentemente,
había estado molestándolo. En las crónicas de los periódicos el apellido de
la víctima aparecía indistintamente como Oppin y Eppelin, pero su nombre de
pila fue invariablemente Cornelius.

-Si le estaba enseñando los verbos irregulares al pobre animal -dijo
Clovis-, se lo tenía merecido













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  #2 (permalink)  
Antiguo 29-07-2008, 11:07:55
Alb-aroth
 
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Predeterminado Mi favorito de Saki

GABRIEL-ERNEST

—Hay una bestia salvaje en tu bosque —dijo el artista Cunningham,
mientras era conducido a la estación.
Fue la única observación que hizo durante el trayecto, pero como Van
Cheele habló incesantemente, el silencio de su acompañante pasó
desapercibido.
—Uno o dos zorros pasajeros y alguna comadreja residente. Nada más
formidable —declaró Van Cheele.
El artista no dijo nada.
—¿Qué quieres decir con eso de una bestia salvaje? —preguntó Van Cheele
más tarde, cuando estaban en el andén.
—Nada. Mi imaginación. Aquí llega el tren —dijo Cunningham.
Esa misma tarde, Van Cheele fue a dar una de sus habituales caminatas
por el bosque de su propiedad. Tenía un avetoro disecado en su estudio y
conocía los nombres de bastantes flores silvestres, de modo que
posiblemente su tía tenía alguna justificación para describirle como un
gran naturalista. En cualquier caso, era un gran andarín. Acostumbraba
tomar notas mentales de todo cuanto veía en sus paseos, no tanto con el
propósito de contribuir a la ciencia moderna como para disponer más
tarde de temas de conversación. Cuando las campanillas se mostraban en
flor no dejaba de informar a cuantos encontraba del hecho; la estación
del año podía haber persuadido a sus oyentes de la probabilidad de
semejante suceso, pero al menos percibían que estaba siendo
absolutamente franco con ellos.
Lo que Van Cheele vio esa particular tarde fue algo muy apartado de su
ordinario repertorio de experiencias. En el claro de un bosquecillo de
robles, sobre el saliente de una roca lisa suspendida junto a una
profunda charca, yacía relajadamente un muchacho de unos dieciséis,
secando al sol con suntuosidad sus húmedos y bronceados miembros. Su
mojado pelo, alisado por una reciente zambullida, se escurría por su
cabeza; sus ojos castaños, tan luminosos que casi había en ellos un
destello feroz, estaban dirigidos hacia Van Cheele con una cierta
perezosa atención. Van Cheele se encontró a sí mismo inmerso en el
novedoso proceso de pensar antes de hablar. ¿De dónde diablos podía
salir este muchacho de aspecto salvaje? La mujer del molinero había
perdido un hijo unos dos meses atrás, supuestamente tras haber caído en
la acequia del molino, pero éste había sido un bebé, no un chico medio
crecido.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó.
—Obviamente, tomando el sol —replicó el muchacho.
—¿Dónde vives?
—Aquí, en este bosque.
—No puedes vivir en el bosque —dijo Van Cheele.
—Es un bosque muy agradable —declaró el muchacho, con un tono de
mecenazgo en su voz.
—Pero, ¿dónde duermes por la noche?
—No duermo durante la noche; a esas horas estoy demasiado ocupado.
Van Cheele empezó a tener el irritante presentimiento de que estaba
tratando de resolver un problema que se le escapaba.
—¿De qué te mantienes? —preguntó.
—De carne —dijo el muchacho, pronunciando la palabra con dilatado
gusto, como si la estuviese saboreando.
—¡De carne! ¿De qué carne?
—Ya que parece interesarte, conejos, aves salvajes, liebres, aves de
corral, corderos cuando es la temporada, niños cuando puedo coger
alguno; usualmente éstos últimos están muy bien guardados por la noche,
que es cuando hago la mayor parte de mis cacerías. Hace casi dos meses
que no pruebo la carne de niño.
Pasando por alto el carácter burlón del último comentario, Van Cheele
trató de llevar la conversación hacia el tema de la caza furtiva.
—Estás diciendo tonterías cuando hablas de alimentarte de liebres.Las
liebres de estos campos no son fáciles de capturar.
—Por la noche cazo sobre cuatro pies —fue la algo críptica respuesta.
—Supongo que querrás decir que cazas con un perro —aventuró Van Cheele.
El muchacho se balanceó pausadamente sobre su espalda y dejó escapar
una carcajada sofocada y extraña; tan agradable como una risita, tan
desagradable como un gruñido.
—No me parece que ningún perro esté demasiado ansioso de mi compañía,
muy en especial por la noche.
Van Cheele empezó a sentir que había algo positivamente misterioso en
torno al mozalbete de extraños ojos y extraña manera de hablar.
—No puedo dejar que te quedes en este bosque —declaró autoritariamente.
—Tengo la impresión de que preferirías tenerme aquí antes que entu
casa —dijo el muchacho.
La perspectiva de albergar a esta criatura salvaje y desnuda en la
remilgadamente ordenada casa de Van Cheele era a todas luces alarmante.
—Si no te marchas, tendré que echarte —dijo Van Cheele.
El muchacho se dio la vuelta cual un relámpago, se zambulló en el agua
y al cabo de un momento su húmedo y reluciente cuerpo emergió en medio
de la charca. El movimiento no hubiera resultado chocante en una nutria,
pero Van Cheele lo encontró harto asombroso en un muchacho. Sus pies
resbalaron cuando involuntariamente se echó hacia atrás, acabando casi
tumbado sobre la resbaladiza hierba de la orilla, al tiempo que sentía
esos feroces ojos pardos no muy lejos de los suyos. De modo instintivo
dirigió una mano hacia su garganta. El muchacho lanzó otra carcajada,
una carcajada en la que el gruñido prácticamente velaba la risita;
luego, con otro de sus sorprendentes y relampagueantes movimientos, se
perdió de vista sumergiéndose en una maraña de arbustos y helechos.

SIgue en II
Responder Con Cita
  #3 (permalink)  
Antiguo 29-07-2008, 11:09:53
Alb-aroth
 
Mensajes: n/a
Predeterminado Mi favorito de Saki II

Sigue
-----------
—¡Qué criatura tan extraordinariamente salvaje! —dijo Van Cheele,
poniéndose en pie. Luego recordó la observación de Cunningham: “Hay una
bestia salvaje en tu bosque”.
Mientras caminaba lentamente hacia casa, Van Cheele empezó a revolver
en su mente varios sucesos locales que podían ser relacionados con la
existencia de este sorprendente joven salvaje.
Algo había estado mermando la caza en el bosque últimamente, aves de
corral habían desaparecido de las granjas, las liebres se volvían
inexplicablemente más escasas y le habían llegado quejas de corderos
arrebatados en el monte. ¿Era posible que este muchacho salvaje
estuviera batiendo los campos en compañía de algún perro adiestradopara
la caza furtiva? Había hablado de cazar a “cuatro pies” durante la
noche, pero a continuación había insinuado de un modo extraño que ningún
perro se acercaría a él, “especialmente de noche”. En verdad resultaba
enigmático. Y luego, mientras Van Cheele repasaba mentalmente los
múltiples actos depredadores que habían ocurrido en el plazo de uno o
dos meses, de repente se paró en seco, tanto en sus pasos como en sus
especulaciones. El niño perdido en el molino hace dos meses...la teoría
aceptada era que había caído en la acequia del molino y había sido
arrastrado por el agua; pero la madre siempre había declarado haber oído
un chillido en la ladera del monte próxima a la casa, en la dirección
opuesta a la del agua. Era impensable, naturalmente, pero deseaba que el
muchacho no hubiera hecho ese enigmático comentario sobre la carne de
niño comida hacía dos meses. Cosas tan horrendas no debían ser dichas,
ni siquiera en broma.
Van Cheele, contrariamente a su costumbre, no se sentía inclinado a ser
comunicativo sobre su descubrimiento del bosque. Su posición como
consejero de la parroquia y juez de paz parecía verse algo comprometida
por el hecho de estar albergando en su propiedad a un personaje de tan
dudosa reputación, cabía incluso la posibilidad de que llegara hasta su
puerta una factura de daños por ataques a corderos y aves de corral.
Durante la cena de esa noche se mostró inusualmente silencioso.
—¿Te has quedado sin habla? —comentó su tía—. Se diría quehubieras
visto un lobo.
Van Cheele, que desconocía el antiguo dicho, consideró la observación
bastante tonta; si hubiera visto un lobo en su propiedad su lengua
habría estado extraordinariamente ocupada con el asunto.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Van Cheel se percató de que
su sensación de incomodidad respecto al episodio del día anterior no
había desaparecido por completo. Decidió ir en tren a la ciudad, buscar
a Cunningham y enterarse de lo que realmente había visto, sugiriéndole
luego la observación sobre una bestia salvaje en el bosque. Tras adoptar
esta resolución, recobró en parte su habitual jovialidad y se puso a
tararear una alegre cancioncilla mientras entraba con pausado paso en el
salón matinal para fumar su acostumbrado cigarrillo. Cuando entró en la
habitación la canción dio paso abruptamente a una piadosa invocación.

Allí, tendido sobre el sofá en una actitud de casi exagerado reposo,
estaba el muchacho del bosque. Se hallaba más seco que cuando Van Cheele
lo vio por última vez, pero ninguna otra alteración era observable ensu
atavío.
—¿Cómo te atreves a venir aquí? —preguntó Van Cheele furiosamente.
—Me dijiste que no debía permanecer en el bosque —respondió el muchacho
con calma.
—Pero no que vinieras aquí. ¡Supón que mi tía te viera!
Con vistas a minimizar la catástrofe, Van Cheele cubrió
apresuradamente, tras las hojas de un ejemplar del Morning Post, tanto
como le fue posible de su inoportuno huésped. En ese momento su tía
entró en la habitación.
—Este es un pobre chico que se ha extraviado...y ha perdido la memoria.
No sabe quién es o de dónde viene —explicó Van Cheele desesperadamente,
observando con aprensión el rostro del granuja para ver si añadiríala
inconveniente franqueza a sus otras tendencias salvajes.

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  #4 (permalink)  
Antiguo 29-07-2008, 11:12:04
Alb-aroth
 
Mensajes: n/a
Predeterminado Mi favorito de Saki III

La señorita Van Cheel se interesó enormemente.
—Quizá su ropa interior esté bordada con su nombre —sugirió.
—Parece haber perdido también la mayor parte de ella —dijo Van Cheel,
agarrando frenéticamente el Morning Post y tratando de mantenerlo en su
sitio.
Un chico desnudo y sin hogar conmovió a la señorita Van Cheele tan
afectuosamente como lo hubiera hecho un gatito perdido o un cachorro
abandonado.
—Hemos de hacer lo que esté en nuestra mano por él —decidió.
Seguidamente envió un criado a la casa parroquial, donde había un paje
sirviendo, y al cabo de un rato el sirviente regresó con ropas y
accesorios pertinentes: camisa, zapatos, cuello, etc. Vestido, aseado y
acicalado, el muchacho no perdió un ápice de su apariencia inquietante a
los ojos de Van Cheele, a pesar de que a su tía se le antojara de
aspecto dulce.
—Debemos darle algún nombre hasta que sepamos realmente quién es —dijo
ella—. Gabriel Ernest, me parece bien; son nombres agradables y
convenientes.
Van Cheele accedió, aunque íntimamente dudó si estaban siendo
atribuidos a un chico agradable y conveniente. Sus reservas no
disminuyeron por el hecho de que su serio y anciano spaniel saliera como
un rayo de la casa tan pronto como entró el muchacho, permaneciendo
desde entonces obstinadamente en el extremo más alejado del huerto,
tiritando y ladrando; el canario, a su vez, por lo general tan
vocalmente industrioso como el propio Van Cheel, había reducido su
expresión a un asustado piar. Más que nunca estaba resuelto a consultar
a Cunningham sin pérdida de tiempo.
Cuando salía hacia la estación, su tía estaba disponiendo que Gabriel
Ernest le ayudaría a entretener a los miembros infantiles de su clase de
catequesis esa tarde durante el té.
Cunningham no se mostró dispuesto en un primer momento a ser comunicativo.
—Mi madre murió de cierta complicación cerebral —explicó—, así que
comprenderás por qué me muestro reacio a explayarme sobre cualquier
hecho de naturaleza imposiblemente fantástica que pueda ver o crea haber
visto.
—Pero, ¿qué es lo que viste? —insistió Van Cheele.
—Lo que creí ver fue algo tan extraordinario que ningún hombre en su
sano juicio podría dignificarlo con la garantía de haber sucedido
efectivamente. La última tarde que pasé en tu casa me hallaba medio
escondido junto al seto de la entrada del huerto, observando el
agonizante resplandor del crepúsculo. De repente me percaté de la
presencia de un muchacho desnudo, a quien tomé por un bañista de algún
estanque vecino, observando también la puesta de sol desde la pelada
ladera del monte. Su pose sugería hasta tal punto una mítica divinidad
pagana que instantáneamente quise contratarle como modelo, y pensé
acercarme a saludarle. Pero justo entonces el sol desapareció de la
vista y las tonalidades naranjas y rosas huyeron del paisaje, dejándolo
frío y gris. Y en el mismo instante ocurrió algo sorprendente...¡el
muchacho también se había desvanecido!
—¡Qué! ¿Se esfumó en el aire? —preguntó Van Cheele excitadamente.
—No, eso es lo espantoso —respondió el artista—, en el lugar donde unos
segundos antes había estado el muchacho apareció un gran lobo de pelaje
negruzco, con brillantes colmillos y crueles ojos pardos. Puedes pensar...
Pero Van Cheele no se detuvo para algo tan fútil como pensar. Ya se
había lanzado a la carrera hacia la estación. Descartó la idea de enviar
un telegrama. “Gabriel-Ernest es un lobo” le pareció un esfuerzo
desesperadamente inadecuado para transmitir la situación; su tía
pensaría que se trataba de un mensaje cifrado del que había omitido
darle la clave. Su única esperanza era llegar a casa antes de ponerse el
sol. El carruaje que alquiló al otro extremo del trayecto ferroviario le
llevó, a una marcha que se le antojó exasperantemente lenta, a través de
la carretera teñida de rosa y malva por el rubor del declinante sol.
Cuando llegó a casa, su tía estaba retirando unos platillos de confitura
y unos pasteles.
—¿Dónde está Gabriel-Ernest? —preguntó casi chillando.
—Ha llevado a su casa al niño pequeño de los Toop —respondió su tía—.
Se hizo muy tarde y pensé que no era seguro que regresara solo. Una
puesta de sol encantadora, ¿no te parece?






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  #5 (permalink)  
Antiguo 29-07-2008, 11:12:26
Alb-aroth
 
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Predeterminado Mi favorito de Saki IV

Pero Van Cheele, aunque consciente del resplandor del cielo hacia el
oeste, no se quedó para discutir su belleza. A una velocidad que
superaba sus capacidades, echó a correr por la callejuela que conducía a
casa de los Toop. A un lado, discurrían las rápidas aguas del molino;al
otro, se alzaba la escarpada ladera de la montaña. Un menguante borde
rojizo se mostraba aún en el horizonte y el siguiente recodo habría de
llevarle a la vista de la mal compaginada pareja que iba persiguiendo.
Entonces el colorido se disipó repentinamente de las cosas y una luz
grisácea se esparció con un súbito temblor sobre el paisaje. Oyó un
penetrante gemido de temor y dejó de correr.
Ni el niño de los Toop ni Gabriel-Ernest fueron vistos de nuevo, pero
las ropas del último fueron halladas junto a la calzada, así que se
supuso que el niño había caído al agua y que el muchacho se había
despojado de su ropa saltando tras él en un vano intento por salvarle.
Van Cheele y algunos trabajadores que se encontraban en las proximidades
del lugar a esa hora, testificaron haber oído a un niño chillar
fuertemente cerca del lugar donde se encontraron las ropas. La señora
Toop, que tenía otros once niños, se resignó de un modo decente a su
aflicción, pero la señorita Van Cheele lloró desconsoladamente a su
expósito perdido. Fue por iniciativa suya que se colocó una placa
conmemorativa en la iglesia parroquial, dedicada a “Gabriel Ernest, un
muchacho desconocido que valientemente sacrificó su vida por otro”.
Van Cheele acostumbraba dejar que su tía se saliera con la suya en
muchos asuntos, pero se negó en redondo a tener nada que ver con la
placa conmemorativa.
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  #6 (permalink)  
Antiguo 29-07-2008, 11:27:33
coppelius
 
Mensajes: n/a
Predeterminado Re: Mi favorito de Saki


"Alb-aroth" <jm_larumbeNONONO***yahoo.es> escribió en el mensaje
news:g6mq5q$o9k$3***localhost.localdomain...
GABRIEL-ERNEST


Maravilloso Saki

Supongo que sabes cómo murió, lo cuenta Graham Greene: en la madrugada del
13 de noviembre de 1916, en un cráter de obús cerca de Beaumont-Hamel, se
oyó gritar al sargento Munro: "Apagad ese maldito cigarrillo". Estas fueron
sus últimas palabras; inmediatamente después una bala le atravesó el cráneo

"Sus mejores historias son siempre más bellas que cualquier obra maestra de
cualquier otro escritor" (Roald Dahl)

Una treintena de sus relatos en la red:

http://www.ciudadseva.com/textos/cue.../saki/saki.htm


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  #7 (permalink)  
Antiguo 29-07-2008, 21:31:24
Bubi
 
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Predeterminado Re: lecturas de playa

coppelius wrote:
> Dado que no hay nada a lo que pueda conducir la profusión de "relatos
> de verano" de los periódicos con los que hacen su agosto escritores y
> editores de vacances, salvo a perder miserablemente el tiempo, mejor
> mirar un siglo atrás y recordar la frescura, la inteligencia del
> escocés H.H. Munro, alias Saki (1870-1916), en sus "Cuentos de humor
> y de horror" por ejemplo (Anagrama). "Tobermory" es vagamente
> reminiscente del Murr hoffmanniano y casi modelo de lo que escribiría
> luego otro genial disidente de la especie humana, Roald Dahl.
>

Pues yo este verano me había decidido a leer algún que otro libro, pero no
de esos que llamas "relatos de verano", no.

Vi una lista de los cien mejores libros y me dije éstos los tengo que leer.
La lista en realidad era algo así como "Los cien libros que forjan el
carácter de un adolescente" pero yo me dije, mejor empezar aunque sea tarde.
Así que los bajé, los ordené por número de páginas en orden ascendente con
objeto de dejar para el final los más pesados, ya que supongo que para
entonces habré cogido carrerilla para leerlos, y los empecé a leer. Terminé
el de Rebelión en la Granja, de Orwell y siguó el de Metaformosis de Kafka.
Bueno, esos dos ya lo había leído hace años, pero también los había
olvidado. Ahora voy a coger La Perla de John Steinbeck. Yo no sé si el
carácter se me está forjando, pero la vista la noto algo cansada. El número
cien es Al Este del Edén, y espero llegar a leerlo aunque sea con gafas.

Saludos
Bubi,



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  #8 (permalink)  
Antiguo 30-07-2008, 14:16:24
Geode
 
Mensajes: n/a
Predeterminado Re: lecturas de playa

On 29 jul, 21:31, "Bubi" <mal...***bioko.ge> wrote:
> coppelius wrote:
> > Dado que no hay nada a lo que pueda conducir la profusión de "relatos
> > de verano" de los periódicos con los que hacen su agosto escritores y
> > editores de vacances, salvo a perder miserablemente el tiempo, mejor
> > mirar un siglo atrás y recordar la frescura, la inteligencia del
> > escocés H.H. Munro, alias Saki (1870-1916), en sus "Cuentos de humor
> > y de horror" por ejemplo (Anagrama). "Tobermory" es vagamente
> > reminiscente del Murr hoffmanniano y casi modelo de lo que escribiría
> > luego otro genial disidente de la especie humana, Roald Dahl.

>
> Pues yo este verano me había decidido a leer algún que otro libro, pero no
> de esos que llamas "relatos de verano", no.
>
> Vi una lista de los cien mejores libros y me dije éstos los tengo que leer.
> La lista en realidad era algo así como "Los cien libros que forjan el
> carácter de un adolescente" pero yo me dije, mejor empezar aunque sea tarde.
> Así que los bajé, los ordené por número de páginas en orden ascendente con
> objeto de dejar para el final los más pesados, ya que supongo que para
> entonces habré cogido carrerilla para leerlos, y los empecé a leer. Terminé
> el de Rebelión en la Granja, de Orwell y siguó el de Metaformosis de Kafka.
> Bueno, esos dos ya lo había leído hace años, pero también los había
> olvidado. Ahora voy a coger La Perla de John Steinbeck. Yo no sé si el
> carácter se me está forjando, pero la vista la noto algo cansada. El número
> cien es Al Este del Edén, y espero llegar a leerlo aunque sea con gafas..
>
> Saludos
> Bubi,


Ese Steinbeck se lee bien. Yo lo leí, un poco por accidente, y lo
pude leer bien, aunque fuera una novela larga. Dije por accidente,
porque esta era una de esas novelas que me traía una limpiadora que
hacía las habitaciones en un hotel. Todas las novelas que se dejaban
allí los clientes al marchar me las traía a mí.

Si me hubiera fijado en el autor y en el título, no habría comprado
ese libro; tengo cierta fobia por los autores famosos, y yo tenía a
Steinbeck conceptuado como famoso. Pero al ser gratis, pues le di la
oportunidad de lucirse. Me gustó. Me gratificó la vena cínica que ya
tenía. Me hizo gracia que de los dos hermanos, el pacífico y sumiso
se va voluntario a la guerra, mientras su hermano que es agresivo y
dominante se queda en la casa tranquilamente. Yo sospechaba algo de
ese estilo, los agresivos envían a los demás a la guerra, o la
dirigen desde los mapas del cuartel general. Y los mansos son los
marcados para morirse.
leopoldo
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  #9 (permalink)  
Antiguo 30-07-2008, 14:16:24
Geode
 
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Predeterminado Re: lecturas de playa

On 29 jul, 21:31, "Bubi" <mal...***bioko.ge> wrote:
> coppelius wrote:
> > Dado que no hay nada a lo que pueda conducir la profusión de "relatos
> > de verano" de los periódicos con los que hacen su agosto escritores y
> > editores de vacances, salvo a perder miserablemente el tiempo, mejor
> > mirar un siglo atrás y recordar la frescura, la inteligencia del
> > escocés H.H. Munro, alias Saki (1870-1916), en sus "Cuentos de humor
> > y de horror" por ejemplo (Anagrama). "Tobermory" es vagamente
> > reminiscente del Murr hoffmanniano y casi modelo de lo que escribiría
> > luego otro genial disidente de la especie humana, Roald Dahl.

>
> Pues yo este verano me había decidido a leer algún que otro libro, pero no
> de esos que llamas "relatos de verano", no.
>
> Vi una lista de los cien mejores libros y me dije éstos los tengo que leer.
> La lista en realidad era algo así como "Los cien libros que forjan el
> carácter de un adolescente" pero yo me dije, mejor empezar aunque sea tarde.
> Así que los bajé, los ordené por número de páginas en orden ascendente con
> objeto de dejar para el final los más pesados, ya que supongo que para
> entonces habré cogido carrerilla para leerlos, y los empecé a leer. Terminé
> el de Rebelión en la Granja, de Orwell y siguó el de Metaformosis de Kafka.
> Bueno, esos dos ya lo había leído hace años, pero también los había
> olvidado. Ahora voy a coger La Perla de John Steinbeck. Yo no sé si el
> carácter se me está forjando, pero la vista la noto algo cansada. El número
> cien es Al Este del Edén, y espero llegar a leerlo aunque sea con gafas..
>
> Saludos
> Bubi,


Ese Steinbeck se lee bien. Yo lo leí, un poco por accidente, y lo
pude leer bien, aunque fuera una novela larga. Dije por accidente,
porque esta era una de esas novelas que me traía una limpiadora que
hacía las habitaciones en un hotel. Todas las novelas que se dejaban
allí los clientes al marchar me las traía a mí.

Si me hubiera fijado en el autor y en el título, no habría comprado
ese libro; tengo cierta fobia por los autores famosos, y yo tenía a
Steinbeck conceptuado como famoso. Pero al ser gratis, pues le di la
oportunidad de lucirse. Me gustó. Me gratificó la vena cínica que ya
tenía. Me hizo gracia que de los dos hermanos, el pacífico y sumiso
se va voluntario a la guerra, mientras su hermano que es agresivo y
dominante se queda en la casa tranquilamente. Yo sospechaba algo de
ese estilo, los agresivos envían a los demás a la guerra, o la
dirigen desde los mapas del cuartel general. Y los mansos son los
marcados para morirse.
leopoldo
Responder Con Cita
  #10 (permalink)  
Antiguo 31-07-2008, 10:00:53
coppelius
 
Mensajes: n/a
Predeterminado Re: lecturas de playa


"Bubi" <malabo***bioko.ge> escribió en el mensaje
news:6f9d0uFaf63iU1***mid.individual.net...
Ahora voy a coger La Perla de John Steinbeck. Yo no sé si el
> carácter se me está forjando, pero la vista la noto algo cansada. El
> número cien es Al Este del Edén, y espero llegar a leerlo aunque sea con
> gafas.


"Al Este del Edén" es muy entretenido, muy decimonónico también. Creo que
son esos cuadros de la California de las primeras décadas del XX lo que hace
de Steinbeck un clásico. Su tono y sus atmósferas recuerdan a otro
californiano muy infravalorado, un poco posterior, cuya lectura es siempre
un acto de lo más extraordinario y gozoso: Ross MacDonald, que siempre
aparece encuadrado en la novela negra. Los que lo han leído lo recuerdan
bien.


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