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| Dado que no hay nada a lo que pueda conducir la profusión de "relatos de verano" de los periódicos con los que hacen su agosto escritores y editores de vacances, salvo a perder miserablemente el tiempo, mejor mirar un siglo atrás y recordar la frescura, la inteligencia del escocés H.H. Munro, alias Saki (1870-1916), en sus "Cuentos de humor y de horror" por ejemplo (Anagrama). "Tobermory" es vagamente reminiscente del Murr hoffmanniano y casi modelo de lo que escribiría luego otro genial disidente de la especie humana, Roald Dahl. --- TOBERMORY Era una tarde lluviosa y desapacible de fines de agosto durante esa estación indefinida en que las perdices están todavía a resguardo o en algún frigorífico y no hay nada que cazar, a no ser que uno se encuentre en algún lugar que limite al norte con el canal de Bristol. En tal caso se pueden perseguir legalmente robustos venados rojos. Los huéspedes de lady Blemley no estaban limitados al norte por el canal de Bristol, de modo que esa tarde estaban todos reunidos en torno a la mesa del té. Y, a pesar de la monotonía de la estación y de la trivialidad del momento, no había indicio en la reunión de esa inquietud que nace del tedio y que significa temor por la pianola y deseo reprimido de sentarse a jugar bridge. La ansiosa atención de todos se concentraba en la personalidad negativamente hogareña del señor Cornelius Appin. De todos los huéspedes de lady Blemley era el que había llegado con una reputación más vaga. Alguien había dicho que era "inteligente", y había recibido su invitación con la moderada expectativa, de parte de su anfitriona, de que por lo menos alguna porción de su inteligencia contribuyera al entretenimiento general. No había podido descubrir hasta la hora del té en qué dirección, si la había, apuntaba su inteligencia. No se destacaba por su ingenio ni por saber jugar al croquet; tampoco poseía un poder hipnótico ni sabía organizar representaciones de aficionados. Tampoco sugería su aspecto exterior esa clase de hombres a los que las mujeres están dispuestas a perdonar un grado considerable de deficiencia mental. Había quedado reducido a un simple señor Appin y el nombre de Cornelius parecía no ser sino un transparente fraude bautismal. Y ahora pretendía haber lanzado al mundo un descubrimiento frente al cual la invención de la pólvora, la imprenta y la locomotora resultaban meras bagatelas. La ciencia había dado pasos asombrosos en diversas direcciones durante las ultimas décadas, pero esto parecía pertenecer al dominio del milagro más que al del descubrimiento científico. -¿Y usted nos pide realmente que creamos -decía sir Wilfred- que ha descubierto un método para instruir a los animales en el arte del habla humana, y que nuestro querido y viejo Tobermory fue el primer discípulo con el que obtuvo un resultado feliz? -Es un problema en el que he trabajado mucho los últimos diecisiete años -dijo el señor Appin-, pero sólo durante los últimos ocho o nueve meses he sido premiado con el mayor de los éxitos. Experimenté por supuesto con miles de animales, pero últimamente sólo con gatos, esas criaturas admirables que han asimilado tan maravillosamente nuestra civilización sin perder por eso todos sus altamente desarrollados instintos salvajes. De tanto en tanto se encuentra entre los gatos un intelecto superior, como sucede también entre la masa de los seres humanos, y cuando conocí hace una semana a Tobermory, me di cuenta inmediatamente de que estaba ante un "supergato" de extraordinaria inteligencia. Había llegado muy lejos por el camino del éxito en experimentos recientes; con Tobermory, como ustedes lo llaman, he llegado a la meta. El señor Appin concluyó su notable afirmación en un tono en que se esforzaba por eliminar una inflexión de triunfo. Nadie dijo "ratas" aunque los labios de Clovis esbozaron una contorsión bisilábica que invocaba probablemente a esos roedores representantes del descrédito. -¿Quiere decir -preguntó la señorita Resker, después de una breve pausa- que usted ha enseñado a Tobermory a decir y a entender oraciones simples de una sola sílaba? -Mi querida señorita Resker -dijo pacientemente el taumaturgo-, de esa manera gradual y fragmentaria se enseña a los niños, a los salvajes y a los adultos atrasados; cuando se ha resuelto el problema de cómo empezar con un animal de inteligencia altamente desarrollada no se necesitan para nada esos métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestra lengua con absoluta correción. Esta vez Clovis dijo claramente "requeterratas". Sir Wilfrid fue más amable, aunque igualmente escéptico. -¿No sería mejor traer al gato y juzgar por nuestra cuenta? -sugirió lady Blemley. Sir Wilfrid fue en busca del animal, y todos se entregaron a la lánguida expectativa de asistir a un acto de ventriloquismo más o menos hábil. Sir Wilfrid volvió al instante, pálido su rostro bronceado y los ojos dilatados por el asombro. -¡Caramba, es verdad! Su agitación era inequívocamente genuina y sus oyentes se sobresaltaron en un estremecimiento de renovado interés. Dejándose caer en un sillón, prosiguió con voz entrecortada: -Lo encontré dormitando en el salón de fumar, y lo llamé para que viniera a tomar el té. Parpadeó como suele hacer, y le dije: "Vamos, Toby; no nos hagas esperar". Entonces ¡Dios mío!, articuló con lentitud, del modo más espantosamente natural, que vendría cuando le diera la real gana. Casi me caigo de espaldas. Appin se había dirigido a un auditorio completamente incrédulo; las palabras de sir Wilfrid lograron un convencimiento instantáneo. Se elevó un coro de exclamaciones de asombro dignas de la Torre de Babel, entre las cuales el científico permanecía sentado y en silencio gozando del primer fruto de su estupendo descubrimiento. En medio del clamor entró en el cuarto Tobermory y se abrió paso con delicadeza y estudiada indiferencia hasta donde estaba el grupo reunido en torno a la mesa del té. Un silencio tenso e incómodo dominó a los comensales. Por algún motivo resultaba incómodo dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida habilidad mental. -¿Quieres tomar leche, Tobermory? -preguntó lady Blemley con la voz un poco tensa. -No tengo inconveniente -fue la respuesta, expresada en un tono de absoluta indiferencia. Un estremecimiento de reprimida excitación recorrió a todos, y lady Blemley merece ser disculpada por haber servido la leche con un pulso más bien inestable. -Me temo que derramé bastante -dijo. -Después de todo, no es mía la alfombra -replicó Tobermory. Otra vez el silencio dominó al grupo, y entonces la señorita Resker, con sus mejores modales de asistente parroquial, le preguntó si le había resultado difícil aprender el lenguaje humano. Tobermory la miró fijo un instante y luego bajó serenamente la mirada. Era evidente que las preguntas aburridas estaban excluidas de su sistema de vida. -¿Qué opinas de la inteligencia humana? -preguntó Mavis Pellington, en tono vacilante. -¿De la inteligencia de quién en particular? -preguntó fríamente Tobermory. -¡Oh, bueno!, de la mía, por ejemplo -dijo Mavis tratando de reír. -Me pone usted en una situación difícil -dijo Tobermory, cuyo tono y actitud no sugerían por cierto el menor embarazo-. Cuando se propuso incluirla entre los huéspedes, sir Wilfrid protestó alegando que era usted la mujer más tonta que conocía, y que había una gran diferencia entre la hospitalidad y el cuidado de los débiles mentales. Lady Bremley replicó que su falta de capacidad mental era precisamente la cualidad que le había ganado la invitación, puesto que no conocía ninguna persona tan estúpida como para que le comprara su viejo automóvil. Ya sabe cuál, el que llaman "la envidia de Sísifo", porque si lo empujan va cuesta arriba con suma facilidad. Las protestas de lady Blemley habrían tenido mayor efecto si aquella misma mañana no hubiera sugerido casualmente a Mavis que ese auto era justo lo que ella necesitaba para su casa de Devonshire. El mayor Barfield se precipitó a cambiar de tema. -¿Y qué hay de tus andanzas con la gatita de color carey, allá en los establos? No bien lo dijo, todos advirtieron que la pregunta era una burrada. -Por lo general no se habla de esas cosas en público -respondió fríamente Tobermory-. Por lo que pude observar de su conducta desde que llegó a esta casa, imagino que le parecería inconveniente que yo desviara la conversación hacia sus pequeños asuntos. No sólo al mayor dominó el pánico que siguió a estas palabras. -¿Quieres ir a ver si la cocinera ya tiene lista tu comida? -sugirió apresuradamente lady Blemley, fingiendo ignorar que faltaban por lo menos dos horas para la comida de Tobermory. -Gracias -dijo Tobermory-, acabo de tomar el té. No quiero morir de indigestión. -Los gatos tienen siete vidas, sabes -dijo sir Wilfrid con ánimo cordial. -Posiblemente -replicó Tobermory-, pero un solo hígado. -¡Adelaida! -exclamó la señora Cornett-, ¿vas a permitir que este gato salga a hablar de nosotros con los sirvientes? El pánico en verdad se había vuelto general. Se recordó con espanto que una balaustrada ornamental recorría la mayor de las ventanas de los dormitorios de las torres, y que era el paseo favorito de Tobermory a todas horas. Desde allí podía vigilar a las palomas y... sabe Dios qué más. Si su intención era extenderse en reminiscencias, con su actual tendencia a la franqueza el efecto sería más que desconcertante. La señora Cornett, que pasaba mucho tiempo frente a su mesa de tocador y cuyo cutis tenía fama de poseer una naturaleza nómada aunque puntual, se mostraba tan incómoda como el mayor. La señorita Scrawen, que escribía poemas de una sensualidad feroz y llevaba una vida intachable, solo manifestó irritación; si uno es metódico y virtuoso en su vida privada, no quiere necesariamente que todos se enteren. Bertie van Tahn, tan depravado a los diecisiete años que hacía ya mucho que había abandonado su intento de ser todavía peor, se puso de un color blanco apagado como de gardenia, pero no cometió el error de precipitarse fuera de la habitación como Odo Finsberry, un joven que parecía seguir la carrera eclesiástica y a quien posiblemente perturbaba la idea de enterarse de los escándalos de otras personas. Clovis tuvo la presencia de ánimo de guardar una apariencia de serenidad. Interiormente se preguntaba cuánto tiempo tardaría en procurarse una caja de ratones selectos por medio de Exchanges and Mart, y utilizarlos como soborno. Aun en una situación delicada como aquella, Agnes Resker no podía resignarse a quedar relegada por mucho tiempo. -¿Por qué habré venido aquí? -preguntó en un tono dramático. Tobermory aceptó inmediatamente la apertura. -A juzgar por lo que dijo ayer la señora Cornett mientras jugaban al croquet, fue por la comida. Describió a los Blemleys como las personas más aburridas que conocía, pero admitió que eran lo bastante inteligentes como para tener un cocinero de primer orden; de otro modo les resultaría difícil encontrar a quien quisiera volver por segunda vez a su casa. -¡Ni una palabra de lo que dice es verdad! ¡Pregunten a la señora Cornett! -exclamó Agnes, confusa. -La señora Cornett repitió después su observación a Bertie van Tahn -prosiguió Tobermory- y dijo: "Esa mujer está entre los desocupados que integran la Marcha del Hambre; iría a cualquier parte con tal de obtener cuatro comidas por día", y Bertie van Tahn dijo... En ese instante, misericordiosamente, la crónica se interrumpió. Tobermory había divisado a Tom, el gran gato amarillo de la rectoría, que avanzaba a través de los arbustos en dirección del establo. Tobermory salió disparado por la ventana abierta. Con la desaparición de su por demás alumno brillante, Cornelius Appin se encontró envuelto en un huracán de amargos reproches, preguntas ansiosas y temerosos ruegos. En él recaía la responsabilidad de la situación, y era él quien debía impedir que las cosas empeoraran aun más. ¿Podía Tobermory impartir su peligroso don a otros gatos? Era la primera pregunta que tuvo que contestar. Era posible, dijo, que hubiera iniciado a su amiga íntima, la gatita de los establos, en sus nuevos conocimientos, pero era poco probable que sus enseñanzas abarcaran por el momento un margen más amplio. -Siendo así -dijo la señora Cornett- acepto que Tobermory sea un gato valioso y una mascota adorable; pero seguramente convendrá conmigo, Adelaida, que tanto él como la gata de los establos deben desaparecer sin demora. -No supondrá que este último cuarto de hora me haya sido placentero -dijo amargamente lady Blemley-. Mi marido y yo queremos mucho a Tobermory... por lo menos, lo queríamos hasta que le fueron impartidos esos horribles conocimientos; pero ahora, por supuesto, lo que hay que hacer es eliminarlo tan pronto como sea posible. -Podemos poner estricnina en los restos que recibe a la hora de la comida -dijo sir Wilfrid-, y a la gata del establo la ahogaré yo mismo. El cochero lamentará mucho perder a su mascota, pero diremos que los dos gatos padecían un tipo de sarna muy contagiosa y que temíamos que se extendiera a los perros. -Pero, ¡mi gran descubrimiento! -protestó el señor Appin-; después de tantos años de investigaciones y experimentos... Un arcángel que proclamara en éxtasis el milenio y descubriera que coincide imperdonablemente con las regatas de Henley y tuviera que ser postergado por tiempo indefinido, no se hubiera sentido tan deprimido como Cornelius Appin ante la acogida que se dispensó a su magnífica hazaña. Tenía en contra, sin embargo, la opinión pública, que si hubiera sido consultada al respecto es probable que una cuantiosa minoría hubiera votado por incluirlo en la dieta de estricnina. Horarios defectuosos de trenes y un nervioso deseo de ver las cosa consumadas impidieron una dispersión inmediata de los huéspedes, pero la comida de aquella noche no fue por cierto un éxito social. Sir Wilfrid pasó momentos difíciles con la gata del establo y después con el cochero. Agnes Resker se limitó ostentosamente a comer un trozo de tostada reseca, que mordía como si se tratara de un enemigo personal, mientras que Mavis Pellington guardó un silencio vengativo durante toda la comida. Lady Blemley hablaba incesantemente haciéndose la ilusión de que estaba conversando, pero su atención se concentraba en el umbral. Un plato lleno de trozos de pescado cuidadosamente dosificados estaba listo en el aparador, pero pasaron los dulces y los postres sin que Tobermory apareciera en el comedor o en la cocina. La sepulcral comida resultó alegre comparada con la siguiente vigilia en el salón de fumar. El hecho de comer y beber había procurado al menos una distracción al malestar general. El bridge quedó eliminado, debido a la tensión nerviosa y a la irritación de los ánimos, y después que Odo Finsberry ofreció una lúgubre versión de Melisande en el bosque ante un auditorio glacial, la música fue por tácito acuerdo evitada. A las once los sirvientes se fueron a dormir, después de anunciar que la ventanita de la despensa había quedado abierta como de costumbre para el uso privado de Tobermory. Los huéspedes se dedicaron a leer las revistas más recientes, hasta que paulatinamente tuvieron que echar mano de la Biblioteca Badminton y de los volúmenes encuadernados de Punch. Lady Blemley hacía visitas periódicas a la despensa y volvía cada vez con una expresión de abatimiento que hacía superfluas las preguntas acumuladas. A las dos Clovis quebró el silencio imperante. -No aparecerá esta noche. Probablemente está en las oficinas del diario local dictando la primera parte de sus memorias, que excluirán a las de lady Cómo se Llama. Será el acontecimiento del día. Habiendo contribuido de esta manera a la animación general, Clovis se fue a acostar. Tras prolongados intervalos, los diversos integrantes de la reunión siguieron su ejemplo. Los sirvientes, al llevar el té de la mañana, formularon una declaración unánime en respuesta a una pregunta unánime: Tobermory no había regresado. El desayuno resultó, si cabe, una función más desagradable que la comida, pero antes que llegara a su término la situación se despejó. De entre los arbustos, donde un jardinero acababa de encontrarlo, trajeron el cadáver de Tobermory. Por las mordeduras que tenía en el cuello y la piel amarilla que le había quedado entre las uñas, era evidente que había resultado vencido en un combate desigual con el gato grande de la rectoría. Hacia mediodía la mayoría de los huéspedes habían abandonado las torres, y después del almuerzo lady Blemley se había recuperado lo suficiente como para escribir una carta sumamente antipática a la rectoría acerca de la pérdida de su preciada mascota. Tobermory había sido el único alumno aventajado de Appin, y estaba destinado a no tener sucesor. Algunas semanas más tarde, en el jardín zoológico de Dresde, un elefante que no había mostrado hasta entonces signos de irritabilidad, se escapó de la jaula y mató a un inglés que, aparentemente, había estado molestándolo. En las crónicas de los periódicos el apellido de la víctima aparecía indistintamente como Oppin y Eppelin, pero su nombre de pila fue invariablemente Cornelius. -Si le estaba enseñando los verbos irregulares al pobre animal -dijo Clovis-, se lo tenía merecido |
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| GABRIEL-ERNEST —Hay una bestia salvaje en tu bosque —dijo el artista Cunningham, mientras era conducido a la estación. Fue la única observación que hizo durante el trayecto, pero como Van Cheele habló incesantemente, el silencio de su acompañante pasó desapercibido. —Uno o dos zorros pasajeros y alguna comadreja residente. Nada más formidable —declaró Van Cheele. El artista no dijo nada. —¿Qué quieres decir con eso de una bestia salvaje? —preguntó Van Cheele más tarde, cuando estaban en el andén. —Nada. Mi imaginación. Aquí llega el tren —dijo Cunningham. Esa misma tarde, Van Cheele fue a dar una de sus habituales caminatas por el bosque de su propiedad. Tenía un avetoro disecado en su estudio y conocía los nombres de bastantes flores silvestres, de modo que posiblemente su tía tenía alguna justificación para describirle como un gran naturalista. En cualquier caso, era un gran andarín. Acostumbraba tomar notas mentales de todo cuanto veía en sus paseos, no tanto con el propósito de contribuir a la ciencia moderna como para disponer más tarde de temas de conversación. Cuando las campanillas se mostraban en flor no dejaba de informar a cuantos encontraba del hecho; la estación del año podía haber persuadido a sus oyentes de la probabilidad de semejante suceso, pero al menos percibían que estaba siendo absolutamente franco con ellos. Lo que Van Cheele vio esa particular tarde fue algo muy apartado de su ordinario repertorio de experiencias. En el claro de un bosquecillo de robles, sobre el saliente de una roca lisa suspendida junto a una profunda charca, yacía relajadamente un muchacho de unos dieciséis, secando al sol con suntuosidad sus húmedos y bronceados miembros. Su mojado pelo, alisado por una reciente zambullida, se escurría por su cabeza; sus ojos castaños, tan luminosos que casi había en ellos un destello feroz, estaban dirigidos hacia Van Cheele con una cierta perezosa atención. Van Cheele se encontró a sí mismo inmerso en el novedoso proceso de pensar antes de hablar. ¿De dónde diablos podía salir este muchacho de aspecto salvaje? La mujer del molinero había perdido un hijo unos dos meses atrás, supuestamente tras haber caído en la acequia del molino, pero éste había sido un bebé, no un chico medio crecido. —¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó. —Obviamente, tomando el sol —replicó el muchacho. —¿Dónde vives? —Aquí, en este bosque. —No puedes vivir en el bosque —dijo Van Cheele. —Es un bosque muy agradable —declaró el muchacho, con un tono de mecenazgo en su voz. —Pero, ¿dónde duermes por la noche? —No duermo durante la noche; a esas horas estoy demasiado ocupado. Van Cheele empezó a tener el irritante presentimiento de que estaba tratando de resolver un problema que se le escapaba. —¿De qué te mantienes? —preguntó. —De carne —dijo el muchacho, pronunciando la palabra con dilatado gusto, como si la estuviese saboreando. —¡De carne! ¿De qué carne? —Ya que parece interesarte, conejos, aves salvajes, liebres, aves de corral, corderos cuando es la temporada, niños cuando puedo coger alguno; usualmente éstos últimos están muy bien guardados por la noche, que es cuando hago la mayor parte de mis cacerías. Hace casi dos meses que no pruebo la carne de niño. Pasando por alto el carácter burlón del último comentario, Van Cheele trató de llevar la conversación hacia el tema de la caza furtiva. —Estás diciendo tonterías cuando hablas de alimentarte de liebres.Las liebres de estos campos no son fáciles de capturar. —Por la noche cazo sobre cuatro pies —fue la algo críptica respuesta. —Supongo que querrás decir que cazas con un perro —aventuró Van Cheele. El muchacho se balanceó pausadamente sobre su espalda y dejó escapar una carcajada sofocada y extraña; tan agradable como una risita, tan desagradable como un gruñido. —No me parece que ningún perro esté demasiado ansioso de mi compañía, muy en especial por la noche. Van Cheele empezó a sentir que había algo positivamente misterioso en torno al mozalbete de extraños ojos y extraña manera de hablar. —No puedo dejar que te quedes en este bosque —declaró autoritariamente. —Tengo la impresión de que preferirías tenerme aquí antes que entu casa —dijo el muchacho. La perspectiva de albergar a esta criatura salvaje y desnuda en la remilgadamente ordenada casa de Van Cheele era a todas luces alarmante. —Si no te marchas, tendré que echarte —dijo Van Cheele. El muchacho se dio la vuelta cual un relámpago, se zambulló en el agua y al cabo de un momento su húmedo y reluciente cuerpo emergió en medio de la charca. El movimiento no hubiera resultado chocante en una nutria, pero Van Cheele lo encontró harto asombroso en un muchacho. Sus pies resbalaron cuando involuntariamente se echó hacia atrás, acabando casi tumbado sobre la resbaladiza hierba de la orilla, al tiempo que sentía esos feroces ojos pardos no muy lejos de los suyos. De modo instintivo dirigió una mano hacia su garganta. El muchacho lanzó otra carcajada, una carcajada en la que el gruñido prácticamente velaba la risita; luego, con otro de sus sorprendentes y relampagueantes movimientos, se perdió de vista sumergiéndose en una maraña de arbustos y helechos. SIgue en II |
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| Sigue ----------- —¡Qué criatura tan extraordinariamente salvaje! —dijo Van Cheele, poniéndose en pie. Luego recordó la observación de Cunningham: “Hay una bestia salvaje en tu bosque”. Mientras caminaba lentamente hacia casa, Van Cheele empezó a revolver en su mente varios sucesos locales que podían ser relacionados con la existencia de este sorprendente joven salvaje. Algo había estado mermando la caza en el bosque últimamente, aves de corral habían desaparecido de las granjas, las liebres se volvían inexplicablemente más escasas y le habían llegado quejas de corderos arrebatados en el monte. ¿Era posible que este muchacho salvaje estuviera batiendo los campos en compañía de algún perro adiestradopara la caza furtiva? Había hablado de cazar a “cuatro pies” durante la noche, pero a continuación había insinuado de un modo extraño que ningún perro se acercaría a él, “especialmente de noche”. En verdad resultaba enigmático. Y luego, mientras Van Cheele repasaba mentalmente los múltiples actos depredadores que habían ocurrido en el plazo de uno o dos meses, de repente se paró en seco, tanto en sus pasos como en sus especulaciones. El niño perdido en el molino hace dos meses...la teoría aceptada era que había caído en la acequia del molino y había sido arrastrado por el agua; pero la madre siempre había declarado haber oído un chillido en la ladera del monte próxima a la casa, en la dirección opuesta a la del agua. Era impensable, naturalmente, pero deseaba que el muchacho no hubiera hecho ese enigmático comentario sobre la carne de niño comida hacía dos meses. Cosas tan horrendas no debían ser dichas, ni siquiera en broma. Van Cheele, contrariamente a su costumbre, no se sentía inclinado a ser comunicativo sobre su descubrimiento del bosque. Su posición como consejero de la parroquia y juez de paz parecía verse algo comprometida por el hecho de estar albergando en su propiedad a un personaje de tan dudosa reputación, cabía incluso la posibilidad de que llegara hasta su puerta una factura de daños por ataques a corderos y aves de corral. Durante la cena de esa noche se mostró inusualmente silencioso. —¿Te has quedado sin habla? —comentó su tía—. Se diría quehubieras visto un lobo. Van Cheele, que desconocía el antiguo dicho, consideró la observación bastante tonta; si hubiera visto un lobo en su propiedad su lengua habría estado extraordinariamente ocupada con el asunto. A la mañana siguiente, durante el desayuno, Van Cheel se percató de que su sensación de incomodidad respecto al episodio del día anterior no había desaparecido por completo. Decidió ir en tren a la ciudad, buscar a Cunningham y enterarse de lo que realmente había visto, sugiriéndole luego la observación sobre una bestia salvaje en el bosque. Tras adoptar esta resolución, recobró en parte su habitual jovialidad y se puso a tararear una alegre cancioncilla mientras entraba con pausado paso en el salón matinal para fumar su acostumbrado cigarrillo. Cuando entró en la habitación la canción dio paso abruptamente a una piadosa invocación. Allí, tendido sobre el sofá en una actitud de casi exagerado reposo, estaba el muchacho del bosque. Se hallaba más seco que cuando Van Cheele lo vio por última vez, pero ninguna otra alteración era observable ensu atavío. —¿Cómo te atreves a venir aquí? —preguntó Van Cheele furiosamente. —Me dijiste que no debía permanecer en el bosque —respondió el muchacho con calma. —Pero no que vinieras aquí. ¡Supón que mi tía te viera! Con vistas a minimizar la catástrofe, Van Cheele cubrió apresuradamente, tras las hojas de un ejemplar del Morning Post, tanto como le fue posible de su inoportuno huésped. En ese momento su tía entró en la habitación. —Este es un pobre chico que se ha extraviado...y ha perdido la memoria. No sabe quién es o de dónde viene —explicó Van Cheele desesperadamente, observando con aprensión el rostro del granuja para ver si añadiríala inconveniente franqueza a sus otras tendencias salvajes. |
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| La señorita Van Cheel se interesó enormemente. —Quizá su ropa interior esté bordada con su nombre —sugirió. —Parece haber perdido también la mayor parte de ella —dijo Van Cheel, agarrando frenéticamente el Morning Post y tratando de mantenerlo en su sitio. Un chico desnudo y sin hogar conmovió a la señorita Van Cheele tan afectuosamente como lo hubiera hecho un gatito perdido o un cachorro abandonado. —Hemos de hacer lo que esté en nuestra mano por él —decidió. Seguidamente envió un criado a la casa parroquial, donde había un paje sirviendo, y al cabo de un rato el sirviente regresó con ropas y accesorios pertinentes: camisa, zapatos, cuello, etc. Vestido, aseado y acicalado, el muchacho no perdió un ápice de su apariencia inquietante a los ojos de Van Cheele, a pesar de que a su tía se le antojara de aspecto dulce. —Debemos darle algún nombre hasta que sepamos realmente quién es —dijo ella—. Gabriel Ernest, me parece bien; son nombres agradables y convenientes. Van Cheele accedió, aunque íntimamente dudó si estaban siendo atribuidos a un chico agradable y conveniente. Sus reservas no disminuyeron por el hecho de que su serio y anciano spaniel saliera como un rayo de la casa tan pronto como entró el muchacho, permaneciendo desde entonces obstinadamente en el extremo más alejado del huerto, tiritando y ladrando; el canario, a su vez, por lo general tan vocalmente industrioso como el propio Van Cheel, había reducido su expresión a un asustado piar. Más que nunca estaba resuelto a consultar a Cunningham sin pérdida de tiempo. Cuando salía hacia la estación, su tía estaba disponiendo que Gabriel Ernest le ayudaría a entretener a los miembros infantiles de su clase de catequesis esa tarde durante el té. Cunningham no se mostró dispuesto en un primer momento a ser comunicativo. —Mi madre murió de cierta complicación cerebral —explicó—, así que comprenderás por qué me muestro reacio a explayarme sobre cualquier hecho de naturaleza imposiblemente fantástica que pueda ver o crea haber visto. —Pero, ¿qué es lo que viste? —insistió Van Cheele. —Lo que creí ver fue algo tan extraordinario que ningún hombre en su sano juicio podría dignificarlo con la garantía de haber sucedido efectivamente. La última tarde que pasé en tu casa me hallaba medio escondido junto al seto de la entrada del huerto, observando el agonizante resplandor del crepúsculo. De repente me percaté de la presencia de un muchacho desnudo, a quien tomé por un bañista de algún estanque vecino, observando también la puesta de sol desde la pelada ladera del monte. Su pose sugería hasta tal punto una mítica divinidad pagana que instantáneamente quise contratarle como modelo, y pensé acercarme a saludarle. Pero justo entonces el sol desapareció de la vista y las tonalidades naranjas y rosas huyeron del paisaje, dejándolo frío y gris. Y en el mismo instante ocurrió algo sorprendente...¡el muchacho también se había desvanecido! —¡Qué! ¿Se esfumó en el aire? —preguntó Van Cheele excitadamente. —No, eso es lo espantoso —respondió el artista—, en el lugar donde unos segundos antes había estado el muchacho apareció un gran lobo de pelaje negruzco, con brillantes colmillos y crueles ojos pardos. Puedes pensar... Pero Van Cheele no se detuvo para algo tan fútil como pensar. Ya se había lanzado a la carrera hacia la estación. Descartó la idea de enviar un telegrama. “Gabriel-Ernest es un lobo” le pareció un esfuerzo desesperadamente inadecuado para transmitir la situación; su tía pensaría que se trataba de un mensaje cifrado del que había omitido darle la clave. Su única esperanza era llegar a casa antes de ponerse el sol. El carruaje que alquiló al otro extremo del trayecto ferroviario le llevó, a una marcha que se le antojó exasperantemente lenta, a través de la carretera teñida de rosa y malva por el rubor del declinante sol. Cuando llegó a casa, su tía estaba retirando unos platillos de confitura y unos pasteles. —¿Dónde está Gabriel-Ernest? —preguntó casi chillando. —Ha llevado a su casa al niño pequeño de los Toop —respondió su tía—. Se hizo muy tarde y pensé que no era seguro que regresara solo. Una puesta de sol encantadora, ¿no te parece? |
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| Pero Van Cheele, aunque consciente del resplandor del cielo hacia el oeste, no se quedó para discutir su belleza. A una velocidad que superaba sus capacidades, echó a correr por la callejuela que conducía a casa de los Toop. A un lado, discurrían las rápidas aguas del molino;al otro, se alzaba la escarpada ladera de la montaña. Un menguante borde rojizo se mostraba aún en el horizonte y el siguiente recodo habría de llevarle a la vista de la mal compaginada pareja que iba persiguiendo. Entonces el colorido se disipó repentinamente de las cosas y una luz grisácea se esparció con un súbito temblor sobre el paisaje. Oyó un penetrante gemido de temor y dejó de correr. Ni el niño de los Toop ni Gabriel-Ernest fueron vistos de nuevo, pero las ropas del último fueron halladas junto a la calzada, así que se supuso que el niño había caído al agua y que el muchacho se había despojado de su ropa saltando tras él en un vano intento por salvarle. Van Cheele y algunos trabajadores que se encontraban en las proximidades del lugar a esa hora, testificaron haber oído a un niño chillar fuertemente cerca del lugar donde se encontraron las ropas. La señora Toop, que tenía otros once niños, se resignó de un modo decente a su aflicción, pero la señorita Van Cheele lloró desconsoladamente a su expósito perdido. Fue por iniciativa suya que se colocó una placa conmemorativa en la iglesia parroquial, dedicada a “Gabriel Ernest, un muchacho desconocido que valientemente sacrificó su vida por otro”. Van Cheele acostumbraba dejar que su tía se saliera con la suya en muchos asuntos, pero se negó en redondo a tener nada que ver con la placa conmemorativa. |
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| "Alb-aroth" <jm_larumbeNONONO***yahoo.es> escribió en el mensaje news:g6mq5q$o9k$3***localhost.localdomain... GABRIEL-ERNEST Maravilloso Saki Supongo que sabes cómo murió, lo cuenta Graham Greene: en la madrugada del 13 de noviembre de 1916, en un cráter de obús cerca de Beaumont-Hamel, se oyó gritar al sargento Munro: "Apagad ese maldito cigarrillo". Estas fueron sus últimas palabras; inmediatamente después una bala le atravesó el cráneo "Sus mejores historias son siempre más bellas que cualquier obra maestra de cualquier otro escritor" (Roald Dahl) Una treintena de sus relatos en la red: http://www.ciudadseva.com/textos/cue.../saki/saki.htm |
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| coppelius wrote: > Dado que no hay nada a lo que pueda conducir la profusión de "relatos > de verano" de los periódicos con los que hacen su agosto escritores y > editores de vacances, salvo a perder miserablemente el tiempo, mejor > mirar un siglo atrás y recordar la frescura, la inteligencia del > escocés H.H. Munro, alias Saki (1870-1916), en sus "Cuentos de humor > y de horror" por ejemplo (Anagrama). "Tobermory" es vagamente > reminiscente del Murr hoffmanniano y casi modelo de lo que escribiría > luego otro genial disidente de la especie humana, Roald Dahl. > Pues yo este verano me había decidido a leer algún que otro libro, pero no de esos que llamas "relatos de verano", no. Vi una lista de los cien mejores libros y me dije éstos los tengo que leer. La lista en realidad era algo así como "Los cien libros que forjan el carácter de un adolescente" pero yo me dije, mejor empezar aunque sea tarde. Así que los bajé, los ordené por número de páginas en orden ascendente con objeto de dejar para el final los más pesados, ya que supongo que para entonces habré cogido carrerilla para leerlos, y los empecé a leer. Terminé el de Rebelión en la Granja, de Orwell y siguó el de Metaformosis de Kafka. Bueno, esos dos ya lo había leído hace años, pero también los había olvidado. Ahora voy a coger La Perla de John Steinbeck. Yo no sé si el carácter se me está forjando, pero la vista la noto algo cansada. El número cien es Al Este del Edén, y espero llegar a leerlo aunque sea con gafas. Saludos Bubi, |
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| On 29 jul, 21:31, "Bubi" <mal...***bioko.ge> wrote: > coppelius wrote: > > Dado que no hay nada a lo que pueda conducir la profusión de "relatos > > de verano" de los periódicos con los que hacen su agosto escritores y > > editores de vacances, salvo a perder miserablemente el tiempo, mejor > > mirar un siglo atrás y recordar la frescura, la inteligencia del > > escocés H.H. Munro, alias Saki (1870-1916), en sus "Cuentos de humor > > y de horror" por ejemplo (Anagrama). "Tobermory" es vagamente > > reminiscente del Murr hoffmanniano y casi modelo de lo que escribiría > > luego otro genial disidente de la especie humana, Roald Dahl. > > Pues yo este verano me había decidido a leer algún que otro libro, pero no > de esos que llamas "relatos de verano", no. > > Vi una lista de los cien mejores libros y me dije éstos los tengo que leer. > La lista en realidad era algo así como "Los cien libros que forjan el > carácter de un adolescente" pero yo me dije, mejor empezar aunque sea tarde. > Así que los bajé, los ordené por número de páginas en orden ascendente con > objeto de dejar para el final los más pesados, ya que supongo que para > entonces habré cogido carrerilla para leerlos, y los empecé a leer. Terminé > el de Rebelión en la Granja, de Orwell y siguó el de Metaformosis de Kafka. > Bueno, esos dos ya lo había leído hace años, pero también los había > olvidado. Ahora voy a coger La Perla de John Steinbeck. Yo no sé si el > carácter se me está forjando, pero la vista la noto algo cansada. El número > cien es Al Este del Edén, y espero llegar a leerlo aunque sea con gafas.. > > Saludos > Bubi, Ese Steinbeck se lee bien. Yo lo leí, un poco por accidente, y lo pude leer bien, aunque fuera una novela larga. Dije por accidente, porque esta era una de esas novelas que me traía una limpiadora que hacía las habitaciones en un hotel. Todas las novelas que se dejaban allí los clientes al marchar me las traía a mí. Si me hubiera fijado en el autor y en el título, no habría comprado ese libro; tengo cierta fobia por los autores famosos, y yo tenía a Steinbeck conceptuado como famoso. Pero al ser gratis, pues le di la oportunidad de lucirse. Me gustó. Me gratificó la vena cínica que ya tenía. Me hizo gracia que de los dos hermanos, el pacífico y sumiso se va voluntario a la guerra, mientras su hermano que es agresivo y dominante se queda en la casa tranquilamente. Yo sospechaba algo de ese estilo, los agresivos envían a los demás a la guerra, o la dirigen desde los mapas del cuartel general. Y los mansos son los marcados para morirse. leopoldo |
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| On 29 jul, 21:31, "Bubi" <mal...***bioko.ge> wrote: > coppelius wrote: > > Dado que no hay nada a lo que pueda conducir la profusión de "relatos > > de verano" de los periódicos con los que hacen su agosto escritores y > > editores de vacances, salvo a perder miserablemente el tiempo, mejor > > mirar un siglo atrás y recordar la frescura, la inteligencia del > > escocés H.H. Munro, alias Saki (1870-1916), en sus "Cuentos de humor > > y de horror" por ejemplo (Anagrama). "Tobermory" es vagamente > > reminiscente del Murr hoffmanniano y casi modelo de lo que escribiría > > luego otro genial disidente de la especie humana, Roald Dahl. > > Pues yo este verano me había decidido a leer algún que otro libro, pero no > de esos que llamas "relatos de verano", no. > > Vi una lista de los cien mejores libros y me dije éstos los tengo que leer. > La lista en realidad era algo así como "Los cien libros que forjan el > carácter de un adolescente" pero yo me dije, mejor empezar aunque sea tarde. > Así que los bajé, los ordené por número de páginas en orden ascendente con > objeto de dejar para el final los más pesados, ya que supongo que para > entonces habré cogido carrerilla para leerlos, y los empecé a leer. Terminé > el de Rebelión en la Granja, de Orwell y siguó el de Metaformosis de Kafka. > Bueno, esos dos ya lo había leído hace años, pero también los había > olvidado. Ahora voy a coger La Perla de John Steinbeck. Yo no sé si el > carácter se me está forjando, pero la vista la noto algo cansada. El número > cien es Al Este del Edén, y espero llegar a leerlo aunque sea con gafas.. > > Saludos > Bubi, Ese Steinbeck se lee bien. Yo lo leí, un poco por accidente, y lo pude leer bien, aunque fuera una novela larga. Dije por accidente, porque esta era una de esas novelas que me traía una limpiadora que hacía las habitaciones en un hotel. Todas las novelas que se dejaban allí los clientes al marchar me las traía a mí. Si me hubiera fijado en el autor y en el título, no habría comprado ese libro; tengo cierta fobia por los autores famosos, y yo tenía a Steinbeck conceptuado como famoso. Pero al ser gratis, pues le di la oportunidad de lucirse. Me gustó. Me gratificó la vena cínica que ya tenía. Me hizo gracia que de los dos hermanos, el pacífico y sumiso se va voluntario a la guerra, mientras su hermano que es agresivo y dominante se queda en la casa tranquilamente. Yo sospechaba algo de ese estilo, los agresivos envían a los demás a la guerra, o la dirigen desde los mapas del cuartel general. Y los mansos son los marcados para morirse. leopoldo |
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| "Bubi" <malabo***bioko.ge> escribió en el mensaje news:6f9d0uFaf63iU1***mid.individual.net... Ahora voy a coger La Perla de John Steinbeck. Yo no sé si el > carácter se me está forjando, pero la vista la noto algo cansada. El > número cien es Al Este del Edén, y espero llegar a leerlo aunque sea con > gafas. "Al Este del Edén" es muy entretenido, muy decimonónico también. Creo que son esos cuadros de la California de las primeras décadas del XX lo que hace de Steinbeck un clásico. Su tono y sus atmósferas recuerdan a otro californiano muy infravalorado, un poco posterior, cuya lectura es siempre un acto de lo más extraordinario y gozoso: Ross MacDonald, que siempre aparece encuadrado en la novela negra. Los que lo han leído lo recuerdan bien. |
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