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| Seb.- Este mensaje se me escapó al final, y lo repito. También he hecho correcciones. "Bubi" <malabo***bioko.ge> escribió en el mensaje news:6j2l53F16gvcU1***mid.individual.net... > Antes sí se veían serpientes con cierta > frecuencia y tenían su destino. Aparte de para la cazuela que dices, una > serpiente muerta hace muy bien la función de juguete para un niño, o al > menos lo fue para mi. Durante varios días estuve paseando una culebra > muerta, ----- Seb.- Esa imagen tuya, recorriendo la calle arrastrando contigo una serpiente muerta atada con una cuerda, encuentro que tiene su grandiosidad, Bubi. La veo como el resumen de ciertas cosas elementales que pasan en este mundo y que a tu manera ya percibías. No te pongo más elogios, porque mi modesta intención es hacer una breve parada ante unas imágenes propias que, removidas por tus recuerdos -con los de Azu, tan satisfechos tamnbién -, han comparecido. Hay unos pocos puntos substanciales. Recuerdo bien la especie de seriedad con que yo contemplaba los pájaros "viejos" (vells), es decir, adultos. Porque los jovencitos, en la época en que podía verse alguno en la calle o en el campo, o incluso en sus nidos, eran como cosa de niños. Pero los adultos, tan autónomos y distintos de todo... Bien; pues los niños, quizás en ciertas épocas del año, solíamos preparar en la calle trampas para cazar gorriones (trampas metálicas con un trocito de pan comno cebo y que cubríamos con tierra). Recuerdo que se colocaban, cuando se podía, cerca de algún montón de boñigas de bestia, que por sí mismas atraían a los pájaros. Nosotros vigilábamos, desde alguna esquina, donde de repente podía sorprendernos el chillido largo y desesperado de un gorrión que había sido cogido por una de las trampas. Corríamos hacia allá contemplando ya de lejos al animal, que aleteaba desesperadamente en el suelo. Otras veces había que lamentar el indiferente paso de alguna persona, y no digamos ya la llegada de un carro, que naturalmente espantaba los gorriones que pudieran estar cerca del engaño. Recordaré dos hechos. Uno se refiere a la primera vez que una trampa mía cogió un gorrión. Estábamos en las afueras del pueblo, en una zona de solares y huertos familiares, y habíamos puesto las trampas en el interior de un establo abierto, al que habíamos visto acudir los pájaros. Algo retirados, esperábamos escuchando. De repente oímos el inconfundible chillido de una presa, y corrimos. Desde la entrada del establo vimo el gorrión, aleteando sobre la paja del suelo. Yo miraba. Pero un compañero algo mayor me dio un empujón, gritándome: ¡"És la teva, Sebastià"! (es la tuya, Sebastián). Con una especie de seriedad nueva cogí la trampa con el pájaro, que se agitaba en mis manos de una manera para mí abrumadora. "Mata'l" (mátalo), se me decía. Esta operación yo la había visto hacer habitualmente, a niños y a mayores, o apretándo la cabecita al animal, con el pulgar y el índice, hasta oír un crujido, o echándolo al suelo con fuerza. Yo tenía delante de mí el pesebre del establo, con esa tabla vertical que lo cierra por delante. Y como el suelo estaba blando por la paja, levanté el brazo e hice que la cabeza del gorrión chocara con toda mi fuerza contra el canto de la tabla. Después lo miré, y la cabeza había desaparecido. Salía algo de dentro, un cuellecillo sin piel ni plumas. Tuve la impresión de que la pueza quedaba algo desgraciada. El otro hecho consistió, simplemente, en que una trampa mía que se encontraba, seguramente con otras, en mi misma calle, cogió dos gorriones a la vez (habrían picado sobre el pan más o menos simultáneamente). La agitación y el quejido de los dos animales esta vez alvcanzó un grado desconocido. Recuerdo que aquello me satisfacçia, también, porque preví que podría contarlo e impresionar algo al ababuelo (el abuelo solía contarme cosas o ingeniosas o de particular relieve). En efecto, se interesó por el caso. He de acabar dicienco, al menos, que no era cruel con los animales. Voy a decir que una vez mi padre trajo un perro, una mezcla cualquiera, un perro que se atenía a lo que fuera. Tuve la impresión de que nos reconocíamos uno al otro y que me dedicaba, por tanto, particular consideración. Por alguna causa que no recuerdo, mi padre tuvo qwe llevarse de nuevo el perro. Lloré, lloré mucho. Seguramente me parecía topar, quizás por primera vez, con aspectos incomprensibles de este mundo. Claro que era un niño. Pero no tanto: lloré a escondidas. Sebastián. |
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