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barbapapá
 
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Predeterminado ** Comic y música

http://www.elpais.com/articulo/narra...pbabnar_10/Tes



MIQUEL JURADO 24/05/2008


Historieta y jazz nacen juntos pero no se dan la mano hasta que, al final
del siglo XX, los músicos usan esa estética para las portadas. Ahora, el
tebeo musical marca el futuro

El cómic y la música popular son dos disciplinas cercanas, pero a lo largo
del siglo XX su relación no había sobrepasado ngunca lo puramente anecdótico
(con honrosas excepciones). El nuevo milenio parece estar cambiando las
cosas, como mínimo en nuestro país, en el que el cómic nunca había gozado de
entidad cultural, delegado a subproducto para niños.

La legitimación cultural del tebeo está propiciando su expansión con
contendidos más adultos y, en esa búsqueda de nuevos campos, la música
popular era un terreno casi virgen. En los últimos meses se han editado en
España varias novelas gráficas que abordan con inteligencia el universo
musical desde prismas muy variados.

Voodoo Child, la leyenda de Jimi Hendrix (El Álamo / Gléant), de Bill
Sienkievicz (reputado por sus historietas de superhéroes), aborda la
tumultuosa vida del guitarrista que cambió el devenir de la guitarra
eléctrica. Son 132 páginas en las que la imagen es tan sugestiva como la
música que la inspira. Los textos de las canciones se mezclan con la vida
real en un entramado impactante.

En un extremo casi opuesto, pero con el mismo interés gráfico y narrativo,
se encuentra Cash, I see a darkness (Planeta DeAgostini), del alemán
Reinhard Kleist. Más de doscientas páginas en un sobrio blanco y negro que
narra, en clara herencia de Will Eisner, las venturas y desventuras del
hombre de negro.

No sólo de biografías (más o menos fieles) se nutre el cómic musical.
Marjane Satrapi (la creadora de Persépolis) ha publicado una pequeña obra
maestra sobre el atormentado mundo interior de un intérprete de tar (una
especie de laúd) en el Teherán de finales de la década de 1950. Pollo con
ciruelas (Norma) es sencillamente apasionante y, una vez más, el trazo
simple y el blanco y negro contribuyen a magnificar el contenido.

También se podrían citar, aunque ya en un escalón inferior, a algunos
músicos de jazz protagonistas de historias paralelas, siempre con gánsteres
de por medio (inevitable paralelismo desde los tiempos del Cotton Club).
Moonlight Blues (Astiberri), de Stephano Casini, encierra algunos aciertos
claros deudores de nuestro Torpedo, aunque su protagonista toca el saxo
siempre al revés (imposible tocarlo así, incluso para un zurdo). Más flojo
es el entramado en el que se mueve el músico de Jazz Club (Bang), de
Alexandre Clérisse, y excesivamente tangencial la relación del protagonista
de Jazz Maynard (dos volúmenes, Diábolo), de Raule y Roger, que toca la
trompeta en El Raval barcelonés como podría ejercer cualquier otro oficio.

Muy distinta es la historia que narra Hate Jazz (Sin Sentido), de Horacio
Altuna y Jorge González. Aquí, en imágenes atormentadas y tormentosas, el
jazz más contemporáneo (con Albert Ayler en la mente) colisiona
estrepitosamente contra su propia realidad interior y el agresivo mundo que
le rodea. Un cómic para jazzistas plagado de buenas improvisaciones
visuales.

Todos estos ejemplos recientes no son más que el presente de una historia
que apunta descaradamente hacia el futuro.

El cómic nace como arte en los albores del siglo XX. Tal vez un poco antes,
todo depende de si aceptamos ya a Yellow Kid como el primer cómic en sentido
estricto de la historia o dejamos ese mérito para su colega Little Nemo. En
realidad, tanto da, porque las auténticas raíces de este arte se pierden en
la noche de los tiempos: muchos historiadores del tema (incluido el inefable
Robert Crumb, que no es un historiador pero casi) han querido encontrar ya
trazas de auténticos cómics en los frisos asirios.

Richard Felton Outcault comenzó a publicar su Yellow Kid en las páginas
dominicales del New York World el 24 de diciembre de 1893, aunque el
personaje no se desarrollaría plenamente hasta 1896, cuando Outcault se pasa
a un diario de la competencia, New York Journal, y el pequeño Yellow Kid
comienza a hablar ya en los típicos globos del cómic contemporáneo.

A Yellow Kid se le pueden poner algunas dudas sobre la paternidad del nuevo
arte, que se disipan cuando el 15 de octubre de 1905 la primera obra maestra
del cómic, el Little Nemo de Windsor McCay, aparecía en las páginas
dominicales del New York Herald. Aquí ya podemos hablar de cómic tal como lo
conocemos ahora y con hallazgos que tardarían muchas décadas en ser
igualados.

Es decir, el cómic nace en las páginas de reputados diarios neoyorquinos más
o menos al mismo tiempo en que en las calles de Nueva Orleans asistían
sorprendidas al nacimiento del jazz, la base sobre la que se edificó toda la
música popular posterior. Así, por ejemplo, la página del pequeño Nemo
volando sobre los tejados de Nueva York se publicaba el 26 de julio de 1908.
Aquel mismo verano se fundaba la que sería la primera gran orquesta de jazz:
la Original Creole Jass Band.

Así, el cómic y la música popular del siglo XX nacieron al mismo tiempo y en
el mismo territorio pero en ambientes muy distintos. Probablemente este
distanciamiento social inicial fue el causante de que tardaran tanto en
darse la mano. El acercamiento se inicia por parte de los músicos que
tímidamente utilizan la estética cómic para algunas portadas en los primeros
elepés a mediados de la década de 1950. Una posición estética más que una
clara declaración de intenciones.

Por supuesto que posteriormente ha habido memorables homenajes en disco a
algunos héroes del cómic, de Garfield a Charlie Brown, pero nunca la música
se ha apropiado de los nombres más populares del género.

En la utilización de la estética cómic para las portadas podríamos encontrar
muchos ejemplos en la década de 1950 (con el dibujante Jim Perla a la
cabeza) y, sobre todo, en los años posteriores. Tanto entre la música negra
como entre el rock californiano o el beat británico, la estética del cómic
fue siempre muy bien recibida. Baste recordar el ejemplo del bueno de Robert
Crumb, un personaje singular que dejó para el futuro algunas portadas
históricamente memorables como la de Janis Joplin tantas veces imitada.

Sin lugar a dudas, el paradigma musical de la década de 1960 son The
Beatles. Si alguna de sus portadas apuntaba descaradamente en esta
dirección, Revólver y, ¿por qué no?, Sgt Peppers, fue con Yellow Submarine
cuando los Fab Four se zambulleron totalmente en este mundo, incluyendo en
el doble elepé un cómic resumen de la película. Y de ahí saltaron
directamente al cómic, DC Comics (en castellano, los mexicanos de Editorial
Novaro) les convirtieron en héroes de viñetas ingenuas y olvidables.

El salto del rock al cómic ha dado algunas otras sorpresas como la
conversión de Kiss (un cómic ya en sí mismo) en superhéroes Marvel, y
también, en el otro extremo, algunas obras mayores como casi todas las
firmadas por Crumb con sus músicos de blues rebeldes, sus ingenios
coleccionistas de viejos discos y sus díscolas y sensuales groopies. Más
recientemente, en Estados Unidos, Revolutionary Comics ha llevado a la
viñeta con desigual resultado a muchos héroes del rock, de Elvis Presley a
los Beatles, pasando por Led Zeppelin o algunos iconos del rock más duro.

En Europa, encontramos en Italia a Guido Crepax, el creador de la
inolvidable Valentina, que realizó una de las cimas del cómic musical con su
Harlem Blues. Posteriormente, el guionista argentino Carlos Sampayo ha
dejado un puñado de buenos ejemplos con el dibujante José Muñoz. Recordemos
al detective Alack Sinner siempre mezclado con música y músicos de jazz o su
trabajo conjunto sobre Billie Holiday. Recientemente, Sampayo ha realizado
con el dibujante italiano Igort un curioso álbum dedicado a Fats Waller.

En algunos casos esta relación ha sido algo más intensa y la música ha
servido en sentido más estricto (es decir, sonando en disco) para acompañar
a las viñetas y aportar así un plus de atractivo al conjunto. Así sucedía
con el magnífico Tango de Corto Maltés, de Hugo Pratt, que en su primera
edición incluía el disco del mismo título que grabó el Trío Esquina de César
Stroscio con tangos.

Al mismo tiempo, algún grupo de rock ha recurrido al cómic para ilustrar sus
canciones, un ejemplo cercano lo encontramos en el último disco de Ojos de
Brujo, Techarí, del que existe una edición especial con un cómic de cada
tema desarrollado por un dibujante diferente.

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