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| AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA Capítulo Uno: La sombra verde del pasado. En abril de 18..., estando en mi residencia de Glen Clova, recibí carta de mi viejo amigo el profesor Hans Ferdinand Von Joda. Pese a su apellido de origen alemán, era este profesor excelente persona, y conservaba yo de él excelentes recuerdos de mi época como su pupilo en la Universidad de Coimbra, a la que yo había acudido una vez supe que allí podía convalidar la asignatura de Frenología y Raciología Exacta que llevaba arrastrando cuatro años en la Universidad de Glasgow y que se encaminaba ya a su ominosa última convocatoria, mientras él había llegado como refugiado político tras la breve y desigual guerra de anexión entre el Imperio Prusiano y el No Muy Gran Ducado de Hallstatt, contienda en la que mi sabio tutor había tenido singular papel apoyando a las fuerzas ducales con varias ingeniosas invenciones relativas al arte militar que fueron denunciadas por el bando contrario como incivilizadas e inmorales y rápidamente adoptadas por todos los principales ejércitos de Europa. Con singular emoción procedí a abrir el sobre en el que mi viejo y arrugado amigo se volvía a poner en contacto conmigo tras varios años de distanciamiento debidos a circunstancias de la vida y a un leve descuido por mi arte en la custodia de un importantísimo experimento que había resultado en la infortunada y casi completa destrucción del edificio de la Facultad de Química y en la extensión de una novedosa tintura indeleble y resistente al agua de un verde brillante y refulgente en la oscuridad por unas sesenta hectáreas del terreno que comprendía la bella ciudad portuguesa con todo lo que en ella había; calles, paredes, tejados, flores y arboledas, ciudadanos y visitantes, animales domésticos y salvajes, aves de paso, dos compañías completas del regimiento de Granaderos "Os mostachudos feroçes" con toda su impedimenta, y una legación diplomática piamontesa de regreso a su país desde Lisboa que se había detenido en una ladera del extrarradio a contemplar aquel fulgor verde que se extendía por el horizonte y que ellos tomaron por un hermoso y bien poco frecuente fenómeno atmosférico relacionado con la refracción del espectro solar. Sabía bien que el apacible y enfrascado sabio no me había de guardar rencor por aquel accidente, y que incluso podría estarme agradecido por haber asumido yo la plena responsabilidad de la catástrofe en una larga carta remitida al diario parisino "Le Chafardier Irredoutable" antes de encaminarme a uña de caballo hacia la frontera española, pero cierta aprensión por mi parte a posibles represalias me había encaminado desde entonces a una vida aventurera, primero en las Indias Occidentales, haciéndome pasar por un cirujano naval irlandés, luego en las islas de la Macaronesia bajo el disfraz de un importador de vinos yanki especializado en Madeira y Malvasía, y finalmente, por todas las espesuras del continente africano como el famoso Archibald Catapoom, el gran cazador y explorador blanco, vida de la que por fin me había retirado para llevar una apacible existencia en una botica rural heredad de mi familia desde hacía generaciones y sita en las hermosas tierras altas escocesas cuando me hubo llegado la noticia de que al fin había fallecido mi particular némesis, el incansable perseguidor que me había perseguido por medio mundo con el propósito de cobrarse mi vida en duelo, el Conde Giustinianno Fiesco Dil Tremolo, ex-embajador del Piamonte en Lisboa, conocido desde su juventud por todos como "Il Folgore", "El Rayo", por su rudo temperamento y su destreza con pistola y florete, y que desde el infortunado accidente de Coimbra era llamado "El Rayo Verde" si bien siempre a sus espaldas y a prudente distancia. ¿Qué querría decirme mi viejo amigo en aquella carta? Rasgada ya la envoltura exterior que contenía el texto, mis manos insinuaron un leve temblor, anticipando que, tal vez, aquella carta fuera el inicio de nuevas aventuras que mi naturaleza deseaba pero mi comodidad se había negado hasta ahora a admitir. La emoción se apoderó de mí hasta tal punto que a duras penas pude descorchar la botella de aguardiente escocés y falto, sin duda, de pulso para escanciar su ambarino contenido en una copa, procedí a sorber de ella por el gollete para infundirme valor ante lo que se avecinaba. La añoranza y el cariño casi filial hizo asomar a mis ojos una lágrima cuando identifiqué el inconfundible estilo epistolar del profesor, su elegante y firme letra casi perfectamente ilegible, tan indicadora de su superior intelecto, y sus frases largas y precisas, si bien de construcción algo peculiar: "Coimbra, 23 de febrero de 18... Mi querido muchacho Grande y descontenida emoción alegre por las noticias de tu regreso y de tu enemigo perseguidor con malas intenciones tuvo muerte he recibido me embarga. Tu existencia ahora luminosa y tranquila sin nubes pero tal vez no te satisfaga aparenta. Ciencia y exploración y aventura y de la Humanidad el progreso consideraciones son tuyas que yo desde antiguo conozco. Sabiendo, previendo, considerando esto yo, mis próximos proyectos como interesantes para ti juzgo. Gran viaje de objetivos científicos por el África Ecuatorial en cuya organización intervención mía se prepara. Corto de integrantes pero de medios abundantes adecuado experimentación de nuevos sistemas de locomoción de invención mía juzgo, necesario siendo colaborador buen conocedor ciencias químicas y físicas, antropológicas y mecánicas, obvio más, siendo experto en viajes por la selva y la caza, buena puntería conocimiento dialectos locales siendo tú adecuado para ello te propongo. Si asentimiento tuyo en puerto de Lisboa en fecha 3 de mayo de 18... ante pasarela del vapor "O terror dos fogoneiros" con pleno equipaje y armamento y atuendo tropical preséntate. Gloria imperecedera dietas pagas y viáticos posibles condecoraciones Corona Portuguesa al osado aguardan. Siempre tuyo Hr. Prfsr. MD. UCU. HPTTR. HTTP:/ Gfszr. Dkr. Hans Ferdinand Von Joda PD: Cazamariposas de buena malla calibre grande extra recomendable también sería" Miré el calendario sobre la repisa de la chimenea. Sólo cinco días me separaban de la fecha del 3 de mayo en la que el vapor zarparía, era de temer, sin mí, en busca del misterio y la aventura del África misteriosa; un viaje imposible desde la lejana Escocia incluso en estos tiempos de ferrocarriles que atraviesan las geografías a cuarenta y cincuenta kilómetros por hora. El despistado profesor había olvidado darme una dirección a la que telegrafiarle en Lisboa, y no me atrevía a enviar un telegrama en mi nombre a su despacho en la Universidad para que le fuera a su vez remitido a las señas que allí dejara: no quería llamar la atención sobre mí, pues era posible que no todo el mundo en Coimbra hubiera olvidado aquel incidente que, si alguna vez los proyectos de mi amigo inventor se llevaban a buen término y el hombre terminaba dominando el viaje por la alta atmósfera, harían de la ciudad episcopal portuguesa la primera obra del hombre perfectamente visible desde el espacio interterrestre, incluso en la mayor oscuridad nocturna. ¡Habría de renunciar a la aventura después de que aquella carta me hubiera puesto la miel en los labios! ¿O tal vez no? Me abalancé sobre la resma de periódicos viejos que aguardaban pacientemente junto al hogar para ser quemados en muy escocesa economía de combustible, con tanto ímpetu que a punto estuve de soltar la botella de aguardiente; en uno de los diarios matutinos tardé poco en encontrar una noticia que recordaba vagamente: se había abierto recientemente una línea directa de Glasgow a Londres, el célebre "Flying Scotchman", que cruzaba la isla de Norte a Sur en una tarde y una noche. Si al amanecer estaba en Paddington, tal vez podría cruzar el Canal antes de mediodía. Un día, o un día y medio tal vez, para cruzar Francia hasta los Pirineos, pues aunque poco sabía de los horarios de los ferrocarriles franceses, era bien conocida su fama de excelentes, especialmente entre los franceses lectores de este diario. Tal vez un milagro me permitiera cruzar la Península Ibérica en los dos días restantes. De todas formas, había de empezar cogiendo el tren en Glasgow, lo que me llevaría todo el día si salía a caballo en aquel mismo momento. Tenía que partir inmediatamente, sin recoger siquiera el cubierto del desayuno ni dejar una nota a la mujer que venía todas las tardes a arreglarme la casa; era, de todas formas, la señora McGillypolly una rústica analfabeta que bien podría tirarla al fuego sin identificarla por lo que era. Cuando pasara por la aldea, ya daría recado de mi partida al magistrado local, o en su defecto, al tabernero. Hice un ligero hatillo con el equipaje más básico y salí al galope, sabedor de que el tiempo apremiaba, con tanta prisa que incluso olvidé llevarme mi sombrero. Próximamente: Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales. |
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| Joer, qué bueno. Por mi, vale, pero hace falta la aprobación de "la camarilla". Ya te digo algo. On Sat, 25 Aug 2007 13:44:09 +0200, Ignacio <ignacioyegea***gmail.com> wrote: > AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA > > Capítulo Uno: La sombra verde del pasado. > > En abril de 18..., estando en mi residencia de Glen Clova, recibí > carta de mi viejo amigo el profesor Hans Ferdinand Von Joda. Pese a su > apellido de origen alemán, era este profesor excelente persona, y > conservaba yo de él excelentes recuerdos de mi época como su pupilo en > la Universidad de Coimbra, a la que yo había acudido una vez supe que > allí podía convalidar la asignatura de Frenología y Raciología Exacta > que llevaba arrastrando cuatro años en la Universidad de Glasgow y que > se encaminaba ya a su ominosa última convocatoria, mientras él había > llegado como refugiado político tras la breve y desigual guerra de > anexión entre el Imperio Prusiano y el No Muy Gran Ducado de > Hallstatt, contienda en la que mi sabio tutor había tenido singular > papel apoyando a las fuerzas ducales con varias ingeniosas invenciones > relativas al arte militar que fueron denunciadas por el bando > contrario como incivilizadas e inmorales y rápidamente adoptadas por > todos los principales ejércitos de Europa. > > Con singular emoción procedí a abrir el sobre en el que mi viejo y > arrugado amigo se volvía a poner en contacto conmigo tras varios años > de distanciamiento debidos a circunstancias de la vida y a un leve > descuido por mi arte en la custodia de un importantísimo experimento > que había resultado en la infortunada y casi completa destrucción del > edificio de la Facultad de Química y en la extensión de una novedosa > tintura indeleble y resistente al agua de un verde brillante y > refulgente en la oscuridad por unas sesenta hectáreas del terreno que > comprendía la bella ciudad portuguesa con todo lo que en ella había; > calles, paredes, tejados, flores y arboledas, ciudadanos y visitantes, > animales domésticos y salvajes, aves de paso, dos compañías completas > del regimiento de Granaderos "Os mostachudos feroçes" con toda su > impedimenta, y una legación diplomática piamontesa de regreso a su > país desde Lisboa que se había detenido en una ladera del extrarradio > a contemplar aquel fulgor verde que se extendía por el horizonte y que > ellos tomaron por un hermoso y bien poco frecuente fenómeno > atmosférico relacionado con la refracción del espectro solar. > > Sabía bien que el apacible y enfrascado sabio no me había de guardar > rencor por aquel accidente, y que incluso podría estarme agradecido > por haber asumido yo la plena responsabilidad de la catástrofe en una > larga carta remitida al diario parisino "Le Chafardier Irredoutable" > antes de encaminarme a uña de caballo hacia la frontera española, pero > cierta aprensión por mi parte a posibles represalias me había > encaminado desde entonces a una vida aventurera, primero en las Indias > Occidentales, haciéndome pasar por un cirujano naval irlandés, luego > en las islas de la Macaronesia bajo el disfraz de un importador de > vinos yanki especializado en Madeira y Malvasía, y finalmente, por > todas las espesuras del continente africano como el famoso Archibald > Catapoom, el gran cazador y explorador blanco, vida de la que por fin > me había retirado para llevar una apacible existencia en una botica > rural heredad de mi familia desde hacía generaciones y sita en las > hermosas tierras altas escocesas cuando me hubo llegado la noticia de > que al fin había fallecido mi particular némesis, el incansable > perseguidor que me había perseguido por medio mundo con el propósito > de cobrarse mi vida en duelo, el Conde Giustinianno Fiesco Dil > Tremolo, ex-embajador del Piamonte en Lisboa, conocido desde su > juventud por todos como "Il Folgore", "El Rayo", por su rudo > temperamento y su destreza con pistola y florete, y que desde el > infortunado accidente de Coimbra era llamado "El Rayo Verde" si bien > siempre a sus espaldas y a prudente distancia. > > ¿Qué querría decirme mi viejo amigo en aquella carta? Rasgada ya la > envoltura exterior que contenía el texto, mis manos insinuaron un leve > temblor, anticipando que, tal vez, aquella carta fuera el inicio de > nuevas aventuras que mi naturaleza deseaba pero mi comodidad se había > negado hasta ahora a admitir. La emoción se apoderó de mí hasta tal > punto que a duras penas pude descorchar la botella de aguardiente > escocés y falto, sin duda, de pulso para escanciar su ambarino > contenido en una copa, procedí a sorber de ella por el gollete para > infundirme valor ante lo que se avecinaba. La añoranza y el cariño > casi filial hizo asomar a mis ojos una lágrima cuando identifiqué el > inconfundible estilo epistolar del profesor, su elegante y firme letra > casi perfectamente ilegible, tan indicadora de su superior intelecto, > y sus frases largas y precisas, si bien de construcción algo peculiar: > > "Coimbra, 23 de febrero de 18... > > Mi querido muchacho > > Grande y descontenida emoción alegre por las noticias de tu regreso y > de tu enemigo perseguidor con malas intenciones tuvo muerte he > recibido me embarga. Tu existencia ahora luminosa y tranquila sin > nubes pero tal vez no te satisfaga aparenta. Ciencia y exploración y > aventura y de la Humanidad el progreso consideraciones son tuyas que > yo desde antiguo conozco. Sabiendo, previendo, considerando esto yo, > mis próximos proyectos como interesantes para ti juzgo. Gran viaje de > objetivos científicos por el África Ecuatorial en cuya organización > intervención mía se prepara. Corto de integrantes pero de medios > abundantes adecuado experimentación de nuevos sistemas de locomoción > de invención mía juzgo, necesario siendo colaborador buen conocedor > ciencias químicas y físicas, antropológicas y mecánicas, obvio más, > siendo experto en viajes por la selva y la caza, buena puntería > conocimiento dialectos locales siendo tú adecuado para ello te > propongo. Si asentimiento tuyo en puerto de Lisboa en fecha 3 de mayo > de 18... ante pasarela del vapor "O terror dos fogoneiros" con pleno > equipaje y armamento y atuendo tropical preséntate. Gloria > imperecedera dietas pagas y viáticos posibles condecoraciones Corona > Portuguesa al osado aguardan. > > Siempre tuyo > > Hr. Prfsr. MD. UCU. HPTTR. HTTP:/ Gfszr. Dkr. Hans Ferdinand Von Joda > > PD: Cazamariposas de buena malla calibre grande extra recomendable > también sería" > > Miré el calendario sobre la repisa de la chimenea. Sólo cinco días me > separaban de la fecha del 3 de mayo en la que el vapor zarparía, era > de temer, sin mí, en busca del misterio y la aventura del África > misteriosa; un viaje imposible desde la lejana Escocia incluso en > estos tiempos de ferrocarriles que atraviesan las geografías a > cuarenta y cincuenta kilómetros por hora. El despistado profesor había > olvidado darme una dirección a la que telegrafiarle en Lisboa, y no me > atrevía a enviar un telegrama en mi nombre a su despacho en la > Universidad para que le fuera a su vez remitido a las señas que allí > dejara: no quería llamar la atención sobre mí, pues era posible que no > todo el mundo en Coimbra hubiera olvidado aquel incidente que, si > alguna vez los proyectos de mi amigo inventor se llevaban a buen > término y el hombre terminaba dominando el viaje por la alta > atmósfera, harían de la ciudad episcopal portuguesa la primera obra > del hombre perfectamente visible desde el espacio interterrestre, > incluso en la mayor oscuridad nocturna. > > ¡Habría de renunciar a la aventura después de que aquella carta me > hubiera puesto la miel en los labios! ¿O tal vez no? Me abalancé sobre > la resma de periódicos viejos que aguardaban pacientemente junto al > hogar para ser quemados en muy escocesa economía de combustible, con > tanto ímpetu que a punto estuve de soltar la botella de aguardiente; > en uno de los diarios matutinos tardé poco en encontrar una noticia > que recordaba vagamente: se había abierto recientemente una línea > directa de Glasgow a Londres, el célebre "Flying Scotchman", que > cruzaba la isla de Norte a Sur en una tarde y una noche. Si al > amanecer estaba en Paddington, tal vez podría cruzar el Canal antes de > mediodía. Un día, o un día y medio tal vez, para cruzar Francia hasta > los Pirineos, pues aunque poco sabía de los horarios de los > ferrocarriles franceses, era bien conocida su fama de excelentes, > especialmente entre los franceses lectores de este diario. Tal vez un > milagro me permitiera cruzar la Península Ibérica en los dos días > restantes. De todas formas, había de empezar cogiendo el tren en > Glasgow, lo que me llevaría todo el día si salía a caballo en aquel > mismo momento. Tenía que partir inmediatamente, sin recoger siquiera > el cubierto del desayuno ni dejar una nota a la mujer que venía todas > las tardes a arreglarme la casa; era, de todas formas, la señora > McGillypolly una rústica analfabeta que bien podría tirarla al fuego > sin identificarla por lo que era. Cuando pasara por la aldea, ya daría > recado de mi partida al magistrado local, o en su defecto, al > tabernero. Hice un ligero hatillo con el equipaje más básico y salí al > galope, sabedor de que el tiempo apremiaba, con tanta prisa que > incluso olvidé llevarme mi sombrero. > > Próximamente: > > Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales. > -- Visita mi blog principal: http://rfog.blogsome.com Y este sobre programación: http://geeks.ms/blogs/rfog Libros, ciencia ficción y programación ======================================== ¡Siendo de dos una tristeza, ya no es tristeza, es alegría! -- Francisco Villaespesa. |
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| Joer, qué bueno. Por mi, vale, pero hace falta la aprobación de "la camarilla". Ya te digo algo. On Sat, 25 Aug 2007 13:44:09 +0200, Ignacio <ignacioyegea***gmail.com> wrote: > AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA > > Capítulo Uno: La sombra verde del pasado. > > En abril de 18..., estando en mi residencia de Glen Clova, recibí > carta de mi viejo amigo el profesor Hans Ferdinand Von Joda. Pese a su > apellido de origen alemán, era este profesor excelente persona, y > conservaba yo de él excelentes recuerdos de mi época como su pupilo en > la Universidad de Coimbra, a la que yo había acudido una vez supe que > allí podía convalidar la asignatura de Frenología y Raciología Exacta > que llevaba arrastrando cuatro años en la Universidad de Glasgow y que > se encaminaba ya a su ominosa última convocatoria, mientras él había > llegado como refugiado político tras la breve y desigual guerra de > anexión entre el Imperio Prusiano y el No Muy Gran Ducado de > Hallstatt, contienda en la que mi sabio tutor había tenido singular > papel apoyando a las fuerzas ducales con varias ingeniosas invenciones > relativas al arte militar que fueron denunciadas por el bando > contrario como incivilizadas e inmorales y rápidamente adoptadas por > todos los principales ejércitos de Europa. > > Con singular emoción procedí a abrir el sobre en el que mi viejo y > arrugado amigo se volvía a poner en contacto conmigo tras varios años > de distanciamiento debidos a circunstancias de la vida y a un leve > descuido por mi arte en la custodia de un importantísimo experimento > que había resultado en la infortunada y casi completa destrucción del > edificio de la Facultad de Química y en la extensión de una novedosa > tintura indeleble y resistente al agua de un verde brillante y > refulgente en la oscuridad por unas sesenta hectáreas del terreno que > comprendía la bella ciudad portuguesa con todo lo que en ella había; > calles, paredes, tejados, flores y arboledas, ciudadanos y visitantes, > animales domésticos y salvajes, aves de paso, dos compañías completas > del regimiento de Granaderos "Os mostachudos feroçes" con toda su > impedimenta, y una legación diplomática piamontesa de regreso a su > país desde Lisboa que se había detenido en una ladera del extrarradio > a contemplar aquel fulgor verde que se extendía por el horizonte y que > ellos tomaron por un hermoso y bien poco frecuente fenómeno > atmosférico relacionado con la refracción del espectro solar. > > Sabía bien que el apacible y enfrascado sabio no me había de guardar > rencor por aquel accidente, y que incluso podría estarme agradecido > por haber asumido yo la plena responsabilidad de la catástrofe en una > larga carta remitida al diario parisino "Le Chafardier Irredoutable" > antes de encaminarme a uña de caballo hacia la frontera española, pero > cierta aprensión por mi parte a posibles represalias me había > encaminado desde entonces a una vida aventurera, primero en las Indias > Occidentales, haciéndome pasar por un cirujano naval irlandés, luego > en las islas de la Macaronesia bajo el disfraz de un importador de > vinos yanki especializado en Madeira y Malvasía, y finalmente, por > todas las espesuras del continente africano como el famoso Archibald > Catapoom, el gran cazador y explorador blanco, vida de la que por fin > me había retirado para llevar una apacible existencia en una botica > rural heredad de mi familia desde hacía generaciones y sita en las > hermosas tierras altas escocesas cuando me hubo llegado la noticia de > que al fin había fallecido mi particular némesis, el incansable > perseguidor que me había perseguido por medio mundo con el propósito > de cobrarse mi vida en duelo, el Conde Giustinianno Fiesco Dil > Tremolo, ex-embajador del Piamonte en Lisboa, conocido desde su > juventud por todos como "Il Folgore", "El Rayo", por su rudo > temperamento y su destreza con pistola y florete, y que desde el > infortunado accidente de Coimbra era llamado "El Rayo Verde" si bien > siempre a sus espaldas y a prudente distancia. > > ¿Qué querría decirme mi viejo amigo en aquella carta? Rasgada ya la > envoltura exterior que contenía el texto, mis manos insinuaron un leve > temblor, anticipando que, tal vez, aquella carta fuera el inicio de > nuevas aventuras que mi naturaleza deseaba pero mi comodidad se había > negado hasta ahora a admitir. La emoción se apoderó de mí hasta tal > punto que a duras penas pude descorchar la botella de aguardiente > escocés y falto, sin duda, de pulso para escanciar su ambarino > contenido en una copa, procedí a sorber de ella por el gollete para > infundirme valor ante lo que se avecinaba. La añoranza y el cariño > casi filial hizo asomar a mis ojos una lágrima cuando identifiqué el > inconfundible estilo epistolar del profesor, su elegante y firme letra > casi perfectamente ilegible, tan indicadora de su superior intelecto, > y sus frases largas y precisas, si bien de construcción algo peculiar: > > "Coimbra, 23 de febrero de 18... > > Mi querido muchacho > > Grande y descontenida emoción alegre por las noticias de tu regreso y > de tu enemigo perseguidor con malas intenciones tuvo muerte he > recibido me embarga. Tu existencia ahora luminosa y tranquila sin > nubes pero tal vez no te satisfaga aparenta. Ciencia y exploración y > aventura y de la Humanidad el progreso consideraciones son tuyas que > yo desde antiguo conozco. Sabiendo, previendo, considerando esto yo, > mis próximos proyectos como interesantes para ti juzgo. Gran viaje de > objetivos científicos por el África Ecuatorial en cuya organización > intervención mía se prepara. Corto de integrantes pero de medios > abundantes adecuado experimentación de nuevos sistemas de locomoción > de invención mía juzgo, necesario siendo colaborador buen conocedor > ciencias químicas y físicas, antropológicas y mecánicas, obvio más, > siendo experto en viajes por la selva y la caza, buena puntería > conocimiento dialectos locales siendo tú adecuado para ello te > propongo. Si asentimiento tuyo en puerto de Lisboa en fecha 3 de mayo > de 18... ante pasarela del vapor "O terror dos fogoneiros" con pleno > equipaje y armamento y atuendo tropical preséntate. Gloria > imperecedera dietas pagas y viáticos posibles condecoraciones Corona > Portuguesa al osado aguardan. > > Siempre tuyo > > Hr. Prfsr. MD. UCU. HPTTR. HTTP:/ Gfszr. Dkr. Hans Ferdinand Von Joda > > PD: Cazamariposas de buena malla calibre grande extra recomendable > también sería" > > Miré el calendario sobre la repisa de la chimenea. Sólo cinco días me > separaban de la fecha del 3 de mayo en la que el vapor zarparía, era > de temer, sin mí, en busca del misterio y la aventura del África > misteriosa; un viaje imposible desde la lejana Escocia incluso en > estos tiempos de ferrocarriles que atraviesan las geografías a > cuarenta y cincuenta kilómetros por hora. El despistado profesor había > olvidado darme una dirección a la que telegrafiarle en Lisboa, y no me > atrevía a enviar un telegrama en mi nombre a su despacho en la > Universidad para que le fuera a su vez remitido a las señas que allí > dejara: no quería llamar la atención sobre mí, pues era posible que no > todo el mundo en Coimbra hubiera olvidado aquel incidente que, si > alguna vez los proyectos de mi amigo inventor se llevaban a buen > término y el hombre terminaba dominando el viaje por la alta > atmósfera, harían de la ciudad episcopal portuguesa la primera obra > del hombre perfectamente visible desde el espacio interterrestre, > incluso en la mayor oscuridad nocturna. > > ¡Habría de renunciar a la aventura después de que aquella carta me > hubiera puesto la miel en los labios! ¿O tal vez no? Me abalancé sobre > la resma de periódicos viejos que aguardaban pacientemente junto al > hogar para ser quemados en muy escocesa economía de combustible, con > tanto ímpetu que a punto estuve de soltar la botella de aguardiente; > en uno de los diarios matutinos tardé poco en encontrar una noticia > que recordaba vagamente: se había abierto recientemente una línea > directa de Glasgow a Londres, el célebre "Flying Scotchman", que > cruzaba la isla de Norte a Sur en una tarde y una noche. Si al > amanecer estaba en Paddington, tal vez podría cruzar el Canal antes de > mediodía. Un día, o un día y medio tal vez, para cruzar Francia hasta > los Pirineos, pues aunque poco sabía de los horarios de los > ferrocarriles franceses, era bien conocida su fama de excelentes, > especialmente entre los franceses lectores de este diario. Tal vez un > milagro me permitiera cruzar la Península Ibérica en los dos días > restantes. De todas formas, había de empezar cogiendo el tren en > Glasgow, lo que me llevaría todo el día si salía a caballo en aquel > mismo momento. Tenía que partir inmediatamente, sin recoger siquiera > el cubierto del desayuno ni dejar una nota a la mujer que venía todas > las tardes a arreglarme la casa; era, de todas formas, la señora > McGillypolly una rústica analfabeta que bien podría tirarla al fuego > sin identificarla por lo que era. Cuando pasara por la aldea, ya daría > recado de mi partida al magistrado local, o en su defecto, al > tabernero. Hice un ligero hatillo con el equipaje más básico y salí al > galope, sabedor de que el tiempo apremiaba, con tanta prisa que > incluso olvidé llevarme mi sombrero. > > Próximamente: > > Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales. > -- Visita mi blog principal: http://rfog.blogsome.com Y este sobre programación: http://geeks.ms/blogs/rfog Libros, ciencia ficción y programación ======================================== ¡Siendo de dos una tristeza, ya no es tristeza, es alegría! -- Francisco Villaespesa. |
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| Joer, qué bueno. Por mi, vale, pero hace falta la aprobación de "la camarilla". Ya te digo algo. On Sat, 25 Aug 2007 13:44:09 +0200, Ignacio <ignacioyegea***gmail.com> wrote: > AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA > > Capítulo Uno: La sombra verde del pasado. > > En abril de 18..., estando en mi residencia de Glen Clova, recibí > carta de mi viejo amigo el profesor Hans Ferdinand Von Joda. Pese a su > apellido de origen alemán, era este profesor excelente persona, y > conservaba yo de él excelentes recuerdos de mi época como su pupilo en > la Universidad de Coimbra, a la que yo había acudido una vez supe que > allí podía convalidar la asignatura de Frenología y Raciología Exacta > que llevaba arrastrando cuatro años en la Universidad de Glasgow y que > se encaminaba ya a su ominosa última convocatoria, mientras él había > llegado como refugiado político tras la breve y desigual guerra de > anexión entre el Imperio Prusiano y el No Muy Gran Ducado de > Hallstatt, contienda en la que mi sabio tutor había tenido singular > papel apoyando a las fuerzas ducales con varias ingeniosas invenciones > relativas al arte militar que fueron denunciadas por el bando > contrario como incivilizadas e inmorales y rápidamente adoptadas por > todos los principales ejércitos de Europa. > > Con singular emoción procedí a abrir el sobre en el que mi viejo y > arrugado amigo se volvía a poner en contacto conmigo tras varios años > de distanciamiento debidos a circunstancias de la vida y a un leve > descuido por mi arte en la custodia de un importantísimo experimento > que había resultado en la infortunada y casi completa destrucción del > edificio de la Facultad de Química y en la extensión de una novedosa > tintura indeleble y resistente al agua de un verde brillante y > refulgente en la oscuridad por unas sesenta hectáreas del terreno que > comprendía la bella ciudad portuguesa con todo lo que en ella había; > calles, paredes, tejados, flores y arboledas, ciudadanos y visitantes, > animales domésticos y salvajes, aves de paso, dos compañías completas > del regimiento de Granaderos "Os mostachudos feroçes" con toda su > impedimenta, y una legación diplomática piamontesa de regreso a su > país desde Lisboa que se había detenido en una ladera del extrarradio > a contemplar aquel fulgor verde que se extendía por el horizonte y que > ellos tomaron por un hermoso y bien poco frecuente fenómeno > atmosférico relacionado con la refracción del espectro solar. > > Sabía bien que el apacible y enfrascado sabio no me había de guardar > rencor por aquel accidente, y que incluso podría estarme agradecido > por haber asumido yo la plena responsabilidad de la catástrofe en una > larga carta remitida al diario parisino "Le Chafardier Irredoutable" > antes de encaminarme a uña de caballo hacia la frontera española, pero > cierta aprensión por mi parte a posibles represalias me había > encaminado desde entonces a una vida aventurera, primero en las Indias > Occidentales, haciéndome pasar por un cirujano naval irlandés, luego > en las islas de la Macaronesia bajo el disfraz de un importador de > vinos yanki especializado en Madeira y Malvasía, y finalmente, por > todas las espesuras del continente africano como el famoso Archibald > Catapoom, el gran cazador y explorador blanco, vida de la que por fin > me había retirado para llevar una apacible existencia en una botica > rural heredad de mi familia desde hacía generaciones y sita en las > hermosas tierras altas escocesas cuando me hubo llegado la noticia de > que al fin había fallecido mi particular némesis, el incansable > perseguidor que me había perseguido por medio mundo con el propósito > de cobrarse mi vida en duelo, el Conde Giustinianno Fiesco Dil > Tremolo, ex-embajador del Piamonte en Lisboa, conocido desde su > juventud por todos como "Il Folgore", "El Rayo", por su rudo > temperamento y su destreza con pistola y florete, y que desde el > infortunado accidente de Coimbra era llamado "El Rayo Verde" si bien > siempre a sus espaldas y a prudente distancia. > > ¿Qué querría decirme mi viejo amigo en aquella carta? Rasgada ya la > envoltura exterior que contenía el texto, mis manos insinuaron un leve > temblor, anticipando que, tal vez, aquella carta fuera el inicio de > nuevas aventuras que mi naturaleza deseaba pero mi comodidad se había > negado hasta ahora a admitir. La emoción se apoderó de mí hasta tal > punto que a duras penas pude descorchar la botella de aguardiente > escocés y falto, sin duda, de pulso para escanciar su ambarino > contenido en una copa, procedí a sorber de ella por el gollete para > infundirme valor ante lo que se avecinaba. La añoranza y el cariño > casi filial hizo asomar a mis ojos una lágrima cuando identifiqué el > inconfundible estilo epistolar del profesor, su elegante y firme letra > casi perfectamente ilegible, tan indicadora de su superior intelecto, > y sus frases largas y precisas, si bien de construcción algo peculiar: > > "Coimbra, 23 de febrero de 18... > > Mi querido muchacho > > Grande y descontenida emoción alegre por las noticias de tu regreso y > de tu enemigo perseguidor con malas intenciones tuvo muerte he > recibido me embarga. Tu existencia ahora luminosa y tranquila sin > nubes pero tal vez no te satisfaga aparenta. Ciencia y exploración y > aventura y de la Humanidad el progreso consideraciones son tuyas que > yo desde antiguo conozco. Sabiendo, previendo, considerando esto yo, > mis próximos proyectos como interesantes para ti juzgo. Gran viaje de > objetivos científicos por el África Ecuatorial en cuya organización > intervención mía se prepara. Corto de integrantes pero de medios > abundantes adecuado experimentación de nuevos sistemas de locomoción > de invención mía juzgo, necesario siendo colaborador buen conocedor > ciencias químicas y físicas, antropológicas y mecánicas, obvio más, > siendo experto en viajes por la selva y la caza, buena puntería > conocimiento dialectos locales siendo tú adecuado para ello te > propongo. Si asentimiento tuyo en puerto de Lisboa en fecha 3 de mayo > de 18... ante pasarela del vapor "O terror dos fogoneiros" con pleno > equipaje y armamento y atuendo tropical preséntate. Gloria > imperecedera dietas pagas y viáticos posibles condecoraciones Corona > Portuguesa al osado aguardan. > > Siempre tuyo > > Hr. Prfsr. MD. UCU. HPTTR. HTTP:/ Gfszr. Dkr. Hans Ferdinand Von Joda > > PD: Cazamariposas de buena malla calibre grande extra recomendable > también sería" > > Miré el calendario sobre la repisa de la chimenea. Sólo cinco días me > separaban de la fecha del 3 de mayo en la que el vapor zarparía, era > de temer, sin mí, en busca del misterio y la aventura del África > misteriosa; un viaje imposible desde la lejana Escocia incluso en > estos tiempos de ferrocarriles que atraviesan las geografías a > cuarenta y cincuenta kilómetros por hora. El despistado profesor había > olvidado darme una dirección a la que telegrafiarle en Lisboa, y no me > atrevía a enviar un telegrama en mi nombre a su despacho en la > Universidad para que le fuera a su vez remitido a las señas que allí > dejara: no quería llamar la atención sobre mí, pues era posible que no > todo el mundo en Coimbra hubiera olvidado aquel incidente que, si > alguna vez los proyectos de mi amigo inventor se llevaban a buen > término y el hombre terminaba dominando el viaje por la alta > atmósfera, harían de la ciudad episcopal portuguesa la primera obra > del hombre perfectamente visible desde el espacio interterrestre, > incluso en la mayor oscuridad nocturna. > > ¡Habría de renunciar a la aventura después de que aquella carta me > hubiera puesto la miel en los labios! ¿O tal vez no? Me abalancé sobre > la resma de periódicos viejos que aguardaban pacientemente junto al > hogar para ser quemados en muy escocesa economía de combustible, con > tanto ímpetu que a punto estuve de soltar la botella de aguardiente; > en uno de los diarios matutinos tardé poco en encontrar una noticia > que recordaba vagamente: se había abierto recientemente una línea > directa de Glasgow a Londres, el célebre "Flying Scotchman", que > cruzaba la isla de Norte a Sur en una tarde y una noche. Si al > amanecer estaba en Paddington, tal vez podría cruzar el Canal antes de > mediodía. Un día, o un día y medio tal vez, para cruzar Francia hasta > los Pirineos, pues aunque poco sabía de los horarios de los > ferrocarriles franceses, era bien conocida su fama de excelentes, > especialmente entre los franceses lectores de este diario. Tal vez un > milagro me permitiera cruzar la Península Ibérica en los dos días > restantes. De todas formas, había de empezar cogiendo el tren en > Glasgow, lo que me llevaría todo el día si salía a caballo en aquel > mismo momento. Tenía que partir inmediatamente, sin recoger siquiera > el cubierto del desayuno ni dejar una nota a la mujer que venía todas > las tardes a arreglarme la casa; era, de todas formas, la señora > McGillypolly una rústica analfabeta que bien podría tirarla al fuego > sin identificarla por lo que era. Cuando pasara por la aldea, ya daría > recado de mi partida al magistrado local, o en su defecto, al > tabernero. Hice un ligero hatillo con el equipaje más básico y salí al > galope, sabedor de que el tiempo apremiaba, con tanta prisa que > incluso olvidé llevarme mi sombrero. > > Próximamente: > > Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales. > -- Visita mi blog principal: http://rfog.blogsome.com Y este sobre programación: http://geeks.ms/blogs/rfog Libros, ciencia ficción y programación ======================================== ¡Siendo de dos una tristeza, ya no es tristeza, es alegría! -- Francisco Villaespesa. |
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| Joer, qué bueno. Por mi, vale, pero hace falta la aprobación de "la camarilla". Ya te digo algo. On Sat, 25 Aug 2007 13:44:09 +0200, Ignacio <ignacioyegea***gmail.com> wrote: > AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA > > Capítulo Uno: La sombra verde del pasado. > > En abril de 18..., estando en mi residencia de Glen Clova, recibí > carta de mi viejo amigo el profesor Hans Ferdinand Von Joda. Pese a su > apellido de origen alemán, era este profesor excelente persona, y > conservaba yo de él excelentes recuerdos de mi época como su pupilo en > la Universidad de Coimbra, a la que yo había acudido una vez supe que > allí podía convalidar la asignatura de Frenología y Raciología Exacta > que llevaba arrastrando cuatro años en la Universidad de Glasgow y que > se encaminaba ya a su ominosa última convocatoria, mientras él había > llegado como refugiado político tras la breve y desigual guerra de > anexión entre el Imperio Prusiano y el No Muy Gran Ducado de > Hallstatt, contienda en la que mi sabio tutor había tenido singular > papel apoyando a las fuerzas ducales con varias ingeniosas invenciones > relativas al arte militar que fueron denunciadas por el bando > contrario como incivilizadas e inmorales y rápidamente adoptadas por > todos los principales ejércitos de Europa. > > Con singular emoción procedí a abrir el sobre en el que mi viejo y > arrugado amigo se volvía a poner en contacto conmigo tras varios años > de distanciamiento debidos a circunstancias de la vida y a un leve > descuido por mi arte en la custodia de un importantísimo experimento > que había resultado en la infortunada y casi completa destrucción del > edificio de la Facultad de Química y en la extensión de una novedosa > tintura indeleble y resistente al agua de un verde brillante y > refulgente en la oscuridad por unas sesenta hectáreas del terreno que > comprendía la bella ciudad portuguesa con todo lo que en ella había; > calles, paredes, tejados, flores y arboledas, ciudadanos y visitantes, > animales domésticos y salvajes, aves de paso, dos compañías completas > del regimiento de Granaderos "Os mostachudos feroçes" con toda su > impedimenta, y una legación diplomática piamontesa de regreso a su > país desde Lisboa que se había detenido en una ladera del extrarradio > a contemplar aquel fulgor verde que se extendía por el horizonte y que > ellos tomaron por un hermoso y bien poco frecuente fenómeno > atmosférico relacionado con la refracción del espectro solar. > > Sabía bien que el apacible y enfrascado sabio no me había de guardar > rencor por aquel accidente, y que incluso podría estarme agradecido > por haber asumido yo la plena responsabilidad de la catástrofe en una > larga carta remitida al diario parisino "Le Chafardier Irredoutable" > antes de encaminarme a uña de caballo hacia la frontera española, pero > cierta aprensión por mi parte a posibles represalias me había > encaminado desde entonces a una vida aventurera, primero en las Indias > Occidentales, haciéndome pasar por un cirujano naval irlandés, luego > en las islas de la Macaronesia bajo el disfraz de un importador de > vinos yanki especializado en Madeira y Malvasía, y finalmente, por > todas las espesuras del continente africano como el famoso Archibald > Catapoom, el gran cazador y explorador blanco, vida de la que por fin > me había retirado para llevar una apacible existencia en una botica > rural heredad de mi familia desde hacía generaciones y sita en las > hermosas tierras altas escocesas cuando me hubo llegado la noticia de > que al fin había fallecido mi particular némesis, el incansable > perseguidor que me había perseguido por medio mundo con el propósito > de cobrarse mi vida en duelo, el Conde Giustinianno Fiesco Dil > Tremolo, ex-embajador del Piamonte en Lisboa, conocido desde su > juventud por todos como "Il Folgore", "El Rayo", por su rudo > temperamento y su destreza con pistola y florete, y que desde el > infortunado accidente de Coimbra era llamado "El Rayo Verde" si bien > siempre a sus espaldas y a prudente distancia. > > ¿Qué querría decirme mi viejo amigo en aquella carta? Rasgada ya la > envoltura exterior que contenía el texto, mis manos insinuaron un leve > temblor, anticipando que, tal vez, aquella carta fuera el inicio de > nuevas aventuras que mi naturaleza deseaba pero mi comodidad se había > negado hasta ahora a admitir. La emoción se apoderó de mí hasta tal > punto que a duras penas pude descorchar la botella de aguardiente > escocés y falto, sin duda, de pulso para escanciar su ambarino > contenido en una copa, procedí a sorber de ella por el gollete para > infundirme valor ante lo que se avecinaba. La añoranza y el cariño > casi filial hizo asomar a mis ojos una lágrima cuando identifiqué el > inconfundible estilo epistolar del profesor, su elegante y firme letra > casi perfectamente ilegible, tan indicadora de su superior intelecto, > y sus frases largas y precisas, si bien de construcción algo peculiar: > > "Coimbra, 23 de febrero de 18... > > Mi querido muchacho > > Grande y descontenida emoción alegre por las noticias de tu regreso y > de tu enemigo perseguidor con malas intenciones tuvo muerte he > recibido me embarga. Tu existencia ahora luminosa y tranquila sin > nubes pero tal vez no te satisfaga aparenta. Ciencia y exploración y > aventura y de la Humanidad el progreso consideraciones son tuyas que > yo desde antiguo conozco. Sabiendo, previendo, considerando esto yo, > mis próximos proyectos como interesantes para ti juzgo. Gran viaje de > objetivos científicos por el África Ecuatorial en cuya organización > intervención mía se prepara. Corto de integrantes pero de medios > abundantes adecuado experimentación de nuevos sistemas de locomoción > de invención mía juzgo, necesario siendo colaborador buen conocedor > ciencias químicas y físicas, antropológicas y mecánicas, obvio más, > siendo experto en viajes por la selva y la caza, buena puntería > conocimiento dialectos locales siendo tú adecuado para ello te > propongo. Si asentimiento tuyo en puerto de Lisboa en fecha 3 de mayo > de 18... ante pasarela del vapor "O terror dos fogoneiros" con pleno > equipaje y armamento y atuendo tropical preséntate. Gloria > imperecedera dietas pagas y viáticos posibles condecoraciones Corona > Portuguesa al osado aguardan. > > Siempre tuyo > > Hr. Prfsr. MD. UCU. HPTTR. HTTP:/ Gfszr. Dkr. Hans Ferdinand Von Joda > > PD: Cazamariposas de buena malla calibre grande extra recomendable > también sería" > > Miré el calendario sobre la repisa de la chimenea. Sólo cinco días me > separaban de la fecha del 3 de mayo en la que el vapor zarparía, era > de temer, sin mí, en busca del misterio y la aventura del África > misteriosa; un viaje imposible desde la lejana Escocia incluso en > estos tiempos de ferrocarriles que atraviesan las geografías a > cuarenta y cincuenta kilómetros por hora. El despistado profesor había > olvidado darme una dirección a la que telegrafiarle en Lisboa, y no me > atrevía a enviar un telegrama en mi nombre a su despacho en la > Universidad para que le fuera a su vez remitido a las señas que allí > dejara: no quería llamar la atención sobre mí, pues era posible que no > todo el mundo en Coimbra hubiera olvidado aquel incidente que, si > alguna vez los proyectos de mi amigo inventor se llevaban a buen > término y el hombre terminaba dominando el viaje por la alta > atmósfera, harían de la ciudad episcopal portuguesa la primera obra > del hombre perfectamente visible desde el espacio interterrestre, > incluso en la mayor oscuridad nocturna. > > ¡Habría de renunciar a la aventura después de que aquella carta me > hubiera puesto la miel en los labios! ¿O tal vez no? Me abalancé sobre > la resma de periódicos viejos que aguardaban pacientemente junto al > hogar para ser quemados en muy escocesa economía de combustible, con > tanto ímpetu que a punto estuve de soltar la botella de aguardiente; > en uno de los diarios matutinos tardé poco en encontrar una noticia > que recordaba vagamente: se había abierto recientemente una línea > directa de Glasgow a Londres, el célebre "Flying Scotchman", que > cruzaba la isla de Norte a Sur en una tarde y una noche. Si al > amanecer estaba en Paddington, tal vez podría cruzar el Canal antes de > mediodía. Un día, o un día y medio tal vez, para cruzar Francia hasta > los Pirineos, pues aunque poco sabía de los horarios de los > ferrocarriles franceses, era bien conocida su fama de excelentes, > especialmente entre los franceses lectores de este diario. Tal vez un > milagro me permitiera cruzar la Península Ibérica en los dos días > restantes. De todas formas, había de empezar cogiendo el tren en > Glasgow, lo que me llevaría todo el día si salía a caballo en aquel > mismo momento. Tenía que partir inmediatamente, sin recoger siquiera > el cubierto del desayuno ni dejar una nota a la mujer que venía todas > las tardes a arreglarme la casa; era, de todas formas, la señora > McGillypolly una rústica analfabeta que bien podría tirarla al fuego > sin identificarla por lo que era. Cuando pasara por la aldea, ya daría > recado de mi partida al magistrado local, o en su defecto, al > tabernero. Hice un ligero hatillo con el equipaje más básico y salí al > galope, sabedor de que el tiempo apremiaba, con tanta prisa que > incluso olvidé llevarme mi sombrero. > > Próximamente: > > Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales. > -- Visita mi blog principal: http://rfog.blogsome.com Y este sobre programación: http://geeks.ms/blogs/rfog Libros, ciencia ficción y programación ======================================== ¡Siendo de dos una tristeza, ya no es tristeza, es alegría! -- Francisco Villaespesa. |
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| On 27 ago, 15:30, Doctor Slump <doctorsl...***worldonline.es> wrote: > Ignacio ha escrito: > > >AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA > > Espero ansioso el segundo capítulo. bien, hoy lo puedo poner, porque lo tenía varado en la playa sin wifi y no sé donde he puesto la memoria flash (en el trabajo no, y no debería sacarla de allí, porque es de la empresa) Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales. Bajé del tren en Paddington a la mañana siguiente grandemente aliviado: tenía tiempo de sobra para llegar a Lisboa, pues no me quedaban cuatro, sino trescientos sesenta y un días. Había caído en la cuenta mientras, en el expreso de Glasgow, repasaba una vez más la carta de mi querido profesor Von Joda para hacerme llevadero el largo trayecto nocturno. ¡Estábamos a abril de 18.. y el profesor me había citado en mayo de 18.., es decir, al año siguiente! ¡Esta dichosa costumbre moderna, tan digna hija de nuestro microscopista y pasteuriano siglo XIX, de escribir las dos últimas cifras del año tan chiquititas que parecen puntos me había engañado una vez más! Eso, y mi sentimentalismo: difícilmente un boticario como yo, avezado en la lectura de letras ininteligibles, hubiera cometido un error de ese calibre si no hubiera abordado la primera lectura de la dichosa carta con lágrimas de alegría y amistad en los ojos; alguna de las lágrimas, de hecho, había dejado borrones sobre la tinta, rastros delatores de mi sensible naturaleza. Era curioso que los borrones fueran más que nada de tono ambarino y exhalaran un delicioso olor a malta, pero no menos podía esperarse de un escocés de pura cepa como yo. Podía haberme vuelto por donde había venido, y preparar convenientemente mi viaje en mi casa solariega de las hermosas tierras altas, pero ya que estaba en Londres decidí dejarme llevar por los encantos de esta ciudad populosísima, la más poblada del globo, rica en industrias químicas, de manufactura, hilados y empaquetado de alimentos. La longitud del sistema de alcantarillado en Londres es de doce mil trescientas varas occidentales, y el volumen de mercancías que arriba cada día a sus activos muelles es de seiscientas mil cuatrocientas veinticinco toesas cúbicas. Su sistema de tranvías de tracción hípica abarca desde Unknown's House en el norte, a Peckham en el sur, siendo en la actualidad el más extenso de Europa. Si todos los raíles de tranvía, ferrocarril metropolitano, carritos mineros y grúas de descarga naval se aunaran en una masa sólida de hierro fundido, esta pila alcanzaría una altura comparable a la de la axila del proyecto de estatua de la Libertad cuya cabeza se exhibe en París y que se espera llegue como regalo a la joven república de los Estados Unidos de América en el Centenario de su independencia, un logro del arte y la técnica francesa en gesto de hermandad hacia todos los otros países civilizados y un peremne recordatorio de que toda la civilización tiene que buscar la paz y la concordia y debe estar unida ante los alemanes a los que les obligaremos a devolvernos Alsacia cuando nos sintamos medianamente fuertes. Los mataderos de porcino y ovino de Londres tienen una actividad portentosa: cada día un total de cuarenta y dos mil cabezas y ciento sesenta y ocho mil patas, la mitad de ellas delanteras [....] (Nota del editor: las siguientes cuatro páginas del diario de Archibald Catapoom se han perdido en un lamentable arrebato de desesperación del traductor del manuscrito original que arrojó las hojas al fuego y luego pisoteó las cenizas. Por los recuerdos que conservamos de ellas, eran idénticas a las páginas 1.478 a 1.480 de la Enciclopedia Larousse, edición de 18..) Tras desayunarme en un pub cercano a Paddington, me encaminé a mi proveedor habitual en Bond Street, los prestigiosos armeros escandinavos Bang & Oluffsen. ¡Cual no sería mi sorpresa al encontrarme allí a la última persona que esperaba encontrarme en el corazón del Imperio Británico! ¡Nada menos que Matapokiko, mi fiel guía bosquimano! Sus enormes dientes blancos relucieron en una leal sonrisa amistosa; yo me lancé hacia él pleno de emoción para darle un fraternal abrazo, con tal impulso que le golpeé accidentalmente en la sien con la botella de aguardiente que llevaba en la mano, y que me había negado a dejar en el pub al quedarle aún varios sorbos y estar pagada por completo en mi buen dinero escocés. Pronto el sufrido Matapokiko se levantó del suelo casi completamente consciente y sin perder en ningún momento su sonrisa, y proseguimos con las salutaciones. Viendo que mi fiel asistente negro se mostraba remiso a nuevos abrazos, lo que de todas formas no hubiera sido muy británico, procedí a saludarlo con un gesto que me trajo recuerdos de mil viajes juntos por los más peligroso del África misteriosa, el viejo saludo masai tras la larga partida de caza, consistente en hurgarnos mutuamente los orificios nasales mientras silbábamos una imitación del canto de la abubilla, lo que despertó algunas miradas de curiosidad de las buenas gentes de Londres que pasaban por allí absorbidos en sus quehaceres. Mientras me limpiaba los dedos disimuladamente en la esplendorosa librea del ujier de la armería, le pregunté a Matapokiko qué buen viento le traía por aquel establecimiento. -Matapokiko muy feliz verte, Bula Matari. Momentos importantes de la vida bueno ser que Matapokiko no estar solo. Matapokiko haber venido a comprar balas rifle calibre extra caza gran elefante. Sólo una bala, si venden sueltas. -Oh, lamento oir eso, fiel amigo, porque sé que una gran desgracia debe haberte acaecido. - Ningún animal en Inglaterra requería una bala de esa potencia, y de haberse escapado un elefante o un rinoceronte de un zoo o un circo, hubiera sido imprudente cargar sólo una bala. Matapokiko era del clan del Suricato, y consideraba tabú morir de cualquier manera que no fuera una lanza enemiga, el ataque de un león o un elefante, o, en caso de infligirse la muerte por su propia mano, por obra de su arma preferida, y ésta era su fiel y enorme rifle de caza mayor. Si ésa era su decisión, nada podía yo hacer para disuadirle sin causarle una grave ofensa - Pero al menos no dejarás la vida en un paraje extraño sin un amigo que llore tu muerte. Si puedes retrasar tu partida unas horas, me alegrarías el corazón si me acompañaras a comer y me contaras que ha sido de ti estos últimos tres años, y qué te ha pasado para que el valiente y afortunado Matapokiko haya decidido no vivir más. -Será mi última alegría comer y beber contigo una vez más, amigo Archibald Catapoom Bula Matari Gran Cazador de la Botella Siempre en la Mano y la Trompa Generalmente Llorona, pero me apena decirte que esta vez debes invitar tú. Sólo me queda para comprar la bala. Hasta mi rifle está empeñado, y pensaba cargarlo con disimulo y disparar todo su poder contra mi rostro haciendo como que comprobaba su buen estado en el mostrador de la casa de empeños riéndome para mis adentros de cómo le iba a costar limpiar el local al cabrito del encargado. Ay, Catapoom, una maldición ha caído sobre mí, no, dos maldiciones. La pena me embargó al oir aquello: no tenía muchas ganas de invitar a aquel dichoso negro, ni tenía especial interés en oir sus ridículas historias. Mi invitación había sido formulada porque detesto comer solo, y porque como un desgraciado como aquél debía conocer un sitio donde comer barato: Londres es una ciudad carísima. Pero ya no podía volverme atrás, aunque al menos Matapokiko me condujo a un sitio asequible a sólo dos horas caminando, una taberna frente a Liverpool Street de precios razonables, si bien oscura y sucísima. Allí me vi obligado a oir su historia, que a duras penas pude pasar con tres pintas de cerveza y un pichel de ron. Al acabar las consumiciones, mi sentimental alma céltica volvió a agitarse en un arrebato de angustia y remordimiento por mi dureza anterior: ante mí se sentaba mi fiel amigo y compañero de aventuras, desgranando la suma de sus desgracias. Las lágrimas asomaron a mis ojos, de forma que mi visión desenfocada sólo alcanzaba a ver sus blancos dientes en la penumbra de la taberna, moviéndose incansables mientras me relataba sus desventuras, de las que, no sé por qué, apenas recuerdo en este momento nada. Resumiendo mucho, Matapokiko, aún joven, y ansioso de saber, se había retirado de la caza y orientado hacia la medicina; había llegado a Inglaterra con una beca especial para la Universidad de Leeds, que le daba derecho a matrícula y manutención gratuita a cambio de desempeñar ciertos deberes de ayudante en la Facultad. Había huído de allí al enterarse que entre sus deberes se encontraba el de inocularse venenos de serpiente, tarántula y escorpión y dejarse diseccionar parcialmente em beneficio de los estudiantes en prácticas que encaminaban su ámbito de estudios hacia el campo de las enfermedades tropicales. Tras esto se había unido a un circo ambulante, en el que pronto había destacado gracias a su legendaria puntería. -"Hasta que Matapokiko depertó las iras de una bruja mala y vieja, amigo Catapoom. Ella tenía bola cristal gordo y miraba naipes, y Matapokiko encontrar ridículo. Matapokiko escéptico, porque saber que sólo hombres poder practicar brujería con hojas de papel o de palma, y que las brujas mujeres no usar bola canica vidrio gordo, sino wanga o babalaw. Matapokiko reírse, y bruja vieja enfadada. Pero no pensar en enfadar mujer vieja, porque Matapokiko defensor de los valores familiares, y cuando vieja reñirle, él siempre hacerle el signo de buen augurio "que tu vida sea larga y recta, anciano o anciana, y tu corazón lata largo tiempo" que tú saber" El signo al que mi amigo se refería era el del dedo corazón completamente enhiesto en una mano cerrada, un detalle de cortesía muy común en todo el sur de África. "Pero mujer vieja no respetar signos y maldecirme una vez, Catapoom. Yo reir, porque no creer en bruja sin wanga, pero algo pasar desde entonces: Matapokiko perder toda la puntería, y acabar siendo expulsado de circo tras varios accidentes poco dañinos pero muy vergonzosos y perjudiciales con las lonas de la carpa circense y sombreros de las señoras. Pero desde entonces mala suerte perseguirme. Todo mala suerte, malos negocios. Yo pensar que ella maldecirme dos veces: quitarme puntería con naipes, quitarme visión negocios con bola grande. Muchos errores, último contarte. Haber guardado algunos ahorros que invertir en Bolsa de Valores. Yo lograr hacerme con porcentaje importante de propiedad Compañía de las Indias Orientales, sorprendido tan fácil y barato, no saber Compañía todo el mundo saber ser pronto expropiada por Gobierno de Su Majestad por desfalco y morosidad multigeneracional e inversión doscientas libras acciones por valor nominal siete millones de guineas tener valor al cambio descontadas las deudas remanentes de seis chelines y nueve peniques. No haber llevado a cambiar aún: buenas, bonitas acciones antiguas de pergamino, tal vez valer más para remiendos. Trapero ofrecer siete chelines, pero yo esperar para negociar al alza. -Vaya, así que no las has cambiado. Bien, entonces, si te parece te las compro por, digamos, nueves chelines. Es más de lo que te daría un trapero, y te dará algún desahogo aunque sea por el breve tiempo que te queda. -Matapokiko apreciar tu bello gesto, amigo Catapoom. Tomar acciones en esta carpeta de cuero. -Y aquí tienes los nueve chelines, aunque dado que ya puedes permitirte algunos lujos, estaría bien que pagaras la mitad de esta comida. A ver, tres chelines en comida, cinco chelines en cerveza y dos de ron, diez chelines, así que te descuento cinco de este pago y te entrego cuatro. Aquí los tienes, y todo ajustado. -Catapoom pedir cordero, jamón y pescado con patatas, y mucha cerveza y mucho ron. Matapokiko sólo pedir pan con nabo y no beber más que agua, pero no querer discutir con último amigo en último día de su vida. ¿Qué querer tú hacer con esos pergaminos? -Ah, viejo amigo, por un momento se despertó en mí la vena de negociante, y todos los escoceses tenemos algo de leguleyo. He estado leyendo en el tren sobre la expropiación de la Compañía de las Indias, de la que, si no he hecho mal los cálculos, soy propietario ahora en un cuarenta por ciento. Verás, la Compañía no ha desaparecido. Sólose le ha privado de sus propiedades, al igual que de sus deudas, así como de todos los derechos y aranceles que hubiera adquirido hasta la fecha. "¿Y qué derechos podría adquirir desde la fecha una compañía conun valor bursátil inferior al del papel en el que están escritas sus acciones, me dirás? Verás, amigo Matapokiko, cuando la Compañía fue instituida por la corona hace más de doscientos años, se le otorgó el monopolio del comercio con la India y con cualquier isla previamente desconocida e inexplorada que fuera descubierta por expediciones integradas o financiadas por sus socios. "En todo este tiempo los socios de la compañía han mostrado bien poco interés en añadir nuevos territorios a sus enormes dominios indostánicos, a veces ganados trabajosamente. Sólo me consta que este privilegio haya sido ejercido en tres ocasiones, dos en islas de la zona de Java y Borneo, y otra en los alrededores de Ceilán. ¡Al fin y al cabo, casi todas las islas del Asia habían sido alcanzadas antes por españoles o portugueses, u holandeses en su ruta hacia Java! ¡Y eso aquellas islas cuya existencia al menos no conocían los geógrafos griegos y romanos! ¡Y no hay que olvidar a los franceses, queridos lectores! "Pero si, por ejemplo, toda la riqueza de islas desconocidas del Pacífico no hubiera sido descrita por el capitán Cooke en primer lugar, y en vez de un barco de la Marina Real a la inmensa isla continente de Australia hubiera llegado un barco de la Compañía ¡imagínate, amigo, el valor que tendrían estas acciones! Matapokiko me dedicó una triste sonrisa mientras sorbía las últimas hojas de su nabo hervido. -Te ha costado poco la Compañía, amigo Catapoom, pero menos vas a sacar de ella. Tú saber que yo no ser negro tonto e ignorante, sino que ser negro tonto con alguna cultura. El mundo está casi completamente explorado, al menos para lo que a ti te interesa: sus costas. Tal vez quede alguna isla pequeña en los Mares del Sur, o en las imediaciones de la masa Antártica, que no descubierta por hombre blanco, pero será una busca incierta, larga y muy cara, y puede que no haber en ella habitantes a los que obligar a comerciar de forma rentable, sino sólo cocoteros o focas. Tú ser explorador, saber que las grandes partes en blanco de los mapas no ser ya los mares, sino el interior de las tierras: las de África, las del Amazonas, las del Asia Central. ¿Dónde encontrar tú una isla inexplorada? Ahí había llegado mi momento. Le alargué la Geographical Gazzette que me había llevado subrepticiamente del vagón restaurante del Expreso de Glasgow sin saber que iba a ser tan definitiva para aquel asunto, y sólo porque contenía noticias de la expedición a la que me encaminaba. "¿UNA ISLA EN EL CENTRO DEL CONTINENTE AFRICANO? Por Gill Chesterton, corresponsal en Lisboa, Madrid y Gibraltar. Los profesores Oliveira em Salazao, Santos Inozentes y Hans Ferdinand Von Joda, de la Universidad de Coimbra, han presentado en sociedad una nueva teoría geográfica que de demostrarse puede sacudir los cimientos de nuestros conceptos sobre la conformación de las tierras emergidas. Según ella, las evidencias geológicas e hidrológicas apuntan a que en el centro del continente africano se extendería un lago, mejor un mar de agua dulce, de enormes dimensiones, comparables a las de Francia. De él nacerían los principales ríos que son conocidos por los geógrafos desde la Antigüedad, tales como el Nilo, el Níger y el Congo, y que alcanzan las diversas y más lejanas riberas oceánicas. Apoyan esta teoría diversos estudios geológicos y vulcanológicos, así como la uniformidad de diversas razas de cocodrilos, peces y anfibios de agua dulce en los grandes ríos africanos, mucho mayor que la que presentan entre sí los grandes sistemas fluviales americanos y asiáticos, lo que sugeriría un nacimiento común. A este análisis de especies acuáticas realizado por el ictiólogo profesor Salazao se suman las conclusiones del profesor Dom Testudo Da Roca, jefe del Departamento de Geología de la Universidad de Coimbra, sobre muestras de arenas de diversos ríos africanos que indican que dicho lago gigante probablemente estaría salpicado de numerosas islas de origen volcánico ricas en vetas auríferas y diamantíferas. El profesor Da Roca no se sumará a la expedición que ya comienza a prepararse en Lisboa para demostrar esta sensacional teoría. En su lugar irá su ayudante y futuro yerno, el profesor Santos Inozentes, y su viejo amigo y rival científico, el profesor hallstatiano en el exilio, y luso de adopción, el polifacético Herr Doktor Hans Ferdinand Von Joda, que aunque muestra ciertas reservas ante la teoría, se suma con entusiasmo al esfuerzo explorador y contribuirá a él con diversas invenciones tales como... En ese momento Matapokiko interrumpió la lectura para refrescar sus labios con lo que le quedaba de agua. No me había venido mal aquella larga parrafada en voz alta: Matapokiko tenía una agradable y resonante voz de bajo, y una gran destreza como lector. De hecho, sus conocimientos de inglés eran excelentes y si se empeñaba en detalles de su expresión oral que resultaban chocantes, tales como la omisión frecuente de las conjugaciones de los verbos o la omisión total del pronombre personal de primera persona del singular "yo", se debían a motivos religiosos. Y había leído más de lo que yo había podido entender la noche anterior en el vagón bar del tren, cuando escondí aquella gaceta en el bolsillo interior de mis polainas entre copa y copa, debido a que entonces mis ojos estaban húmedos y mi visión borrosa, sin duda por la emoción del viaje. -Bueno, ya has leído suficiente, y sin duda habrás deducido mis intenciones. La Universidad de Coimbra financiará ese viaje, pero un socio de la Compañía de las Indias va a acompañarles y recogerá todos los frutos que no sean puramente científicos. Y tendrá para sostener sus posteriores pretensiones todo el peso de las leyes y las armas británicas. Y tú, fiel amigo, vendrás conmigo, si te apetece hacer algo más divertido que manchar el mostrador de la oficina con tus sesos y para colmo usando un arma sin permiso. Te desempeñaré el rifle de cazar elefantes y te pagaré las gratificaciones acostumbradas. Y puede que además de un empleo bien pagado y con mucho tiempo libre halles en esta aventura algo de fortuna que enderece la mala suerte que has tenido hasta ahora. Si las cosas te van mal, siempre te quedará tu rifle, que incluyo como parte de tu paga, y podrás hacer lo que quieras. -La aventura y la paga me parecen bien, pero tus esperanzas de riqueza me parecen un disparate, amigo Catapoom. Me siento mucho más engañado porque me has cobrado cinco chelines por un pan con nabo hervido y un jarro de agua que porque me hayas quitado esos papeles que no valen nada. Te acompañaré, pero debes añadir algo más a la paga que me ofreces, para compensarme del feo gesto de racanería que has tenido con un moribundo. -Ni un penique más, querido amigo y fiel compañero. Lo tomas o lo dejas, y vete al infierno con tu nabo y tu jarro de agua. -No te costará ni un penique más. Es un favor que sólo te llevará un instante y que, por lo que te conozco, no te costará ningún esfuerzo. Quiero que, si acaba el viaje y aún siento que esta maldición pesa sobre mí, y yo te pido que me dispares con mi fiel y poderoso rifle ancho, lo hagas sin vacilar. -Bien, si te empeñas y no hay testigos, por mí no hay inconveniente. Sé que los de tu clan a veces pedís a vuestros mejores amigos una muerte por las armas si sentís que la fiebre o la vejez os llevan, por lo que debería sentirme honrado. Pero pensaba que sólo estaba bien visto si el enfermo no podía obrar por su propia mano... -Y es algo parecido, amigo Catapoom. Tú conocías la puntería de Matapokiko en los viejos tiempos. -Como he visto muy pocas, es cierto. -La maldición ha caído sobre mí. Cuando te encontré, había tenidoque empeñar el rifle ancho para comprar balas, porque las había gastado todas. Veinte veces Matapokiko cargó su rifle con munición, veinte veces Matapokiko se metió los dos cañones en la boca con no poco esfuerzo porque el rifle ancho es ancho y Matapokiko tiene muchos y blancos dientes, veinte veces Matapokiko apoyó el dedo gordo del pie en el gatillo y apretó hasta el fondo, ¡y veinte veces Matapokiko falló! |
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