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  #1 (permalink)  
Antiguo 25-08-2007, 11:44:09
Ignacio
 
Mensajes: n/a
Predeterminado a/a ZephrynAVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA

AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA

Capítulo Uno: La sombra verde del pasado.

En abril de 18..., estando en mi residencia de Glen Clova, recibí
carta de mi viejo amigo el profesor Hans Ferdinand Von Joda. Pese a su
apellido de origen alemán, era este profesor excelente persona, y
conservaba yo de él excelentes recuerdos de mi época como su pupilo en
la Universidad de Coimbra, a la que yo había acudido una vez supe que
allí podía convalidar la asignatura de Frenología y Raciología Exacta
que llevaba arrastrando cuatro años en la Universidad de Glasgow y que
se encaminaba ya a su ominosa última convocatoria, mientras él había
llegado como refugiado político tras la breve y desigual guerra de
anexión entre el Imperio Prusiano y el No Muy Gran Ducado de
Hallstatt, contienda en la que mi sabio tutor había tenido singular
papel apoyando a las fuerzas ducales con varias ingeniosas invenciones
relativas al arte militar que fueron denunciadas por el bando
contrario como incivilizadas e inmorales y rápidamente adoptadas por
todos los principales ejércitos de Europa.

Con singular emoción procedí a abrir el sobre en el que mi viejo y
arrugado amigo se volvía a poner en contacto conmigo tras varios años
de distanciamiento debidos a circunstancias de la vida y a un leve
descuido por mi arte en la custodia de un importantísimo experimento
que había resultado en la infortunada y casi completa destrucción del
edificio de la Facultad de Química y en la extensión de una novedosa
tintura indeleble y resistente al agua de un verde brillante y
refulgente en la oscuridad por unas sesenta hectáreas del terreno que
comprendía la bella ciudad portuguesa con todo lo que en ella había;
calles, paredes, tejados, flores y arboledas, ciudadanos y visitantes,
animales domésticos y salvajes, aves de paso, dos compañías completas
del regimiento de Granaderos "Os mostachudos feroçes" con toda su
impedimenta, y una legación diplomática piamontesa de regreso a su
país desde Lisboa que se había detenido en una ladera del extrarradio
a contemplar aquel fulgor verde que se extendía por el horizonte y que
ellos tomaron por un hermoso y bien poco frecuente fenómeno
atmosférico relacionado con la refracción del espectro solar.

Sabía bien que el apacible y enfrascado sabio no me había de guardar
rencor por aquel accidente, y que incluso podría estarme agradecido
por haber asumido yo la plena responsabilidad de la catástrofe en una
larga carta remitida al diario parisino "Le Chafardier Irredoutable"
antes de encaminarme a uña de caballo hacia la frontera española, pero
cierta aprensión por mi parte a posibles represalias me había
encaminado desde entonces a una vida aventurera, primero en las Indias
Occidentales, haciéndome pasar por un cirujano naval irlandés, luego
en las islas de la Macaronesia bajo el disfraz de un importador de
vinos yanki especializado en Madeira y Malvasía, y finalmente, por
todas las espesuras del continente africano como el famoso Archibald
Catapoom, el gran cazador y explorador blanco, vida de la que por fin
me había retirado para llevar una apacible existencia en una botica
rural heredad de mi familia desde hacía generaciones y sita en las
hermosas tierras altas escocesas cuando me hubo llegado la noticia de
que al fin había fallecido mi particular némesis, el incansable
perseguidor que me había perseguido por medio mundo con el propósito
de cobrarse mi vida en duelo, el Conde Giustinianno Fiesco Dil
Tremolo, ex-embajador del Piamonte en Lisboa, conocido desde su
juventud por todos como "Il Folgore", "El Rayo", por su rudo
temperamento y su destreza con pistola y florete, y que desde el
infortunado accidente de Coimbra era llamado "El Rayo Verde" si bien
siempre a sus espaldas y a prudente distancia.

¿Qué querría decirme mi viejo amigo en aquella carta? Rasgada ya la
envoltura exterior que contenía el texto, mis manos insinuaron un leve
temblor, anticipando que, tal vez, aquella carta fuera el inicio de
nuevas aventuras que mi naturaleza deseaba pero mi comodidad se había
negado hasta ahora a admitir. La emoción se apoderó de mí hasta tal
punto que a duras penas pude descorchar la botella de aguardiente
escocés y falto, sin duda, de pulso para escanciar su ambarino
contenido en una copa, procedí a sorber de ella por el gollete para
infundirme valor ante lo que se avecinaba. La añoranza y el cariño
casi filial hizo asomar a mis ojos una lágrima cuando identifiqué el
inconfundible estilo epistolar del profesor, su elegante y firme letra
casi perfectamente ilegible, tan indicadora de su superior intelecto,
y sus frases largas y precisas, si bien de construcción algo peculiar:

"Coimbra, 23 de febrero de 18...

Mi querido muchacho

Grande y descontenida emoción alegre por las noticias de tu regreso y
de tu enemigo perseguidor con malas intenciones tuvo muerte he
recibido me embarga. Tu existencia ahora luminosa y tranquila sin
nubes pero tal vez no te satisfaga aparenta. Ciencia y exploración y
aventura y de la Humanidad el progreso consideraciones son tuyas que
yo desde antiguo conozco. Sabiendo, previendo, considerando esto yo,
mis próximos proyectos como interesantes para ti juzgo. Gran viaje de
objetivos científicos por el África Ecuatorial en cuya organización
intervención mía se prepara. Corto de integrantes pero de medios
abundantes adecuado experimentación de nuevos sistemas de locomoción
de invención mía juzgo, necesario siendo colaborador buen conocedor
ciencias químicas y físicas, antropológicas y mecánicas, obvio más,
siendo experto en viajes por la selva y la caza, buena puntería
conocimiento dialectos locales siendo tú adecuado para ello te
propongo. Si asentimiento tuyo en puerto de Lisboa en fecha 3 de mayo
de 18... ante pasarela del vapor "O terror dos fogoneiros" con pleno
equipaje y armamento y atuendo tropical preséntate. Gloria
imperecedera dietas pagas y viáticos posibles condecoraciones Corona
Portuguesa al osado aguardan.

Siempre tuyo

Hr. Prfsr. MD. UCU. HPTTR. HTTP:/ Gfszr. Dkr. Hans Ferdinand Von Joda

PD: Cazamariposas de buena malla calibre grande extra recomendable
también sería"

Miré el calendario sobre la repisa de la chimenea. Sólo cinco días me
separaban de la fecha del 3 de mayo en la que el vapor zarparía, era
de temer, sin mí, en busca del misterio y la aventura del África
misteriosa; un viaje imposible desde la lejana Escocia incluso en
estos tiempos de ferrocarriles que atraviesan las geografías a
cuarenta y cincuenta kilómetros por hora. El despistado profesor había
olvidado darme una dirección a la que telegrafiarle en Lisboa, y no me
atrevía a enviar un telegrama en mi nombre a su despacho en la
Universidad para que le fuera a su vez remitido a las señas que allí
dejara: no quería llamar la atención sobre mí, pues era posible que no
todo el mundo en Coimbra hubiera olvidado aquel incidente que, si
alguna vez los proyectos de mi amigo inventor se llevaban a buen
término y el hombre terminaba dominando el viaje por la alta
atmósfera, harían de la ciudad episcopal portuguesa la primera obra
del hombre perfectamente visible desde el espacio interterrestre,
incluso en la mayor oscuridad nocturna.

¡Habría de renunciar a la aventura después de que aquella carta me
hubiera puesto la miel en los labios! ¿O tal vez no? Me abalancé sobre
la resma de periódicos viejos que aguardaban pacientemente junto al
hogar para ser quemados en muy escocesa economía de combustible, con
tanto ímpetu que a punto estuve de soltar la botella de aguardiente;
en uno de los diarios matutinos tardé poco en encontrar una noticia
que recordaba vagamente: se había abierto recientemente una línea
directa de Glasgow a Londres, el célebre "Flying Scotchman", que
cruzaba la isla de Norte a Sur en una tarde y una noche. Si al
amanecer estaba en Paddington, tal vez podría cruzar el Canal antes de
mediodía. Un día, o un día y medio tal vez, para cruzar Francia hasta
los Pirineos, pues aunque poco sabía de los horarios de los
ferrocarriles franceses, era bien conocida su fama de excelentes,
especialmente entre los franceses lectores de este diario. Tal vez un
milagro me permitiera cruzar la Península Ibérica en los dos días
restantes. De todas formas, había de empezar cogiendo el tren en
Glasgow, lo que me llevaría todo el día si salía a caballo en aquel
mismo momento. Tenía que partir inmediatamente, sin recoger siquiera
el cubierto del desayuno ni dejar una nota a la mujer que venía todas
las tardes a arreglarme la casa; era, de todas formas, la señora
McGillypolly una rústica analfabeta que bien podría tirarla al fuego
sin identificarla por lo que era. Cuando pasara por la aldea, ya daría
recado de mi partida al magistrado local, o en su defecto, al
tabernero. Hice un ligero hatillo con el equipaje más básico y salí al
galope, sabedor de que el tiempo apremiaba, con tanta prisa que
incluso olvidé llevarme mi sombrero.

Próximamente:

Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales.

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Zephryn Xirdal
 
Mensajes: n/a
Predeterminado Re: a/a ZephrynAVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA

Joer, qué bueno.

Por mi, vale, pero hace falta la aprobación de "la camarilla". Ya te digo
algo.

On Sat, 25 Aug 2007 13:44:09 +0200, Ignacio <ignacioyegea***gmail.com> wrote:

> AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA
>
> Capítulo Uno: La sombra verde del pasado.
>
> En abril de 18..., estando en mi residencia de Glen Clova, recibí
> carta de mi viejo amigo el profesor Hans Ferdinand Von Joda. Pese a su
> apellido de origen alemán, era este profesor excelente persona, y
> conservaba yo de él excelentes recuerdos de mi época como su pupilo en
> la Universidad de Coimbra, a la que yo había acudido una vez supe que
> allí podía convalidar la asignatura de Frenología y Raciología Exacta
> que llevaba arrastrando cuatro años en la Universidad de Glasgow y que
> se encaminaba ya a su ominosa última convocatoria, mientras él había
> llegado como refugiado político tras la breve y desigual guerra de
> anexión entre el Imperio Prusiano y el No Muy Gran Ducado de
> Hallstatt, contienda en la que mi sabio tutor había tenido singular
> papel apoyando a las fuerzas ducales con varias ingeniosas invenciones
> relativas al arte militar que fueron denunciadas por el bando
> contrario como incivilizadas e inmorales y rápidamente adoptadas por
> todos los principales ejércitos de Europa.
>
> Con singular emoción procedí a abrir el sobre en el que mi viejo y
> arrugado amigo se volvía a poner en contacto conmigo tras varios años
> de distanciamiento debidos a circunstancias de la vida y a un leve
> descuido por mi arte en la custodia de un importantísimo experimento
> que había resultado en la infortunada y casi completa destrucción del
> edificio de la Facultad de Química y en la extensión de una novedosa
> tintura indeleble y resistente al agua de un verde brillante y
> refulgente en la oscuridad por unas sesenta hectáreas del terreno que
> comprendía la bella ciudad portuguesa con todo lo que en ella había;
> calles, paredes, tejados, flores y arboledas, ciudadanos y visitantes,
> animales domésticos y salvajes, aves de paso, dos compañías completas
> del regimiento de Granaderos "Os mostachudos feroçes" con toda su
> impedimenta, y una legación diplomática piamontesa de regreso a su
> país desde Lisboa que se había detenido en una ladera del extrarradio
> a contemplar aquel fulgor verde que se extendía por el horizonte y que
> ellos tomaron por un hermoso y bien poco frecuente fenómeno
> atmosférico relacionado con la refracción del espectro solar.
>
> Sabía bien que el apacible y enfrascado sabio no me había de guardar
> rencor por aquel accidente, y que incluso podría estarme agradecido
> por haber asumido yo la plena responsabilidad de la catástrofe en una
> larga carta remitida al diario parisino "Le Chafardier Irredoutable"
> antes de encaminarme a uña de caballo hacia la frontera española, pero
> cierta aprensión por mi parte a posibles represalias me había
> encaminado desde entonces a una vida aventurera, primero en las Indias
> Occidentales, haciéndome pasar por un cirujano naval irlandés, luego
> en las islas de la Macaronesia bajo el disfraz de un importador de
> vinos yanki especializado en Madeira y Malvasía, y finalmente, por
> todas las espesuras del continente africano como el famoso Archibald
> Catapoom, el gran cazador y explorador blanco, vida de la que por fin
> me había retirado para llevar una apacible existencia en una botica
> rural heredad de mi familia desde hacía generaciones y sita en las
> hermosas tierras altas escocesas cuando me hubo llegado la noticia de
> que al fin había fallecido mi particular némesis, el incansable
> perseguidor que me había perseguido por medio mundo con el propósito
> de cobrarse mi vida en duelo, el Conde Giustinianno Fiesco Dil
> Tremolo, ex-embajador del Piamonte en Lisboa, conocido desde su
> juventud por todos como "Il Folgore", "El Rayo", por su rudo
> temperamento y su destreza con pistola y florete, y que desde el
> infortunado accidente de Coimbra era llamado "El Rayo Verde" si bien
> siempre a sus espaldas y a prudente distancia.
>
> ¿Qué querría decirme mi viejo amigo en aquella carta? Rasgada ya la
> envoltura exterior que contenía el texto, mis manos insinuaron un leve
> temblor, anticipando que, tal vez, aquella carta fuera el inicio de
> nuevas aventuras que mi naturaleza deseaba pero mi comodidad se había
> negado hasta ahora a admitir. La emoción se apoderó de mí hasta tal
> punto que a duras penas pude descorchar la botella de aguardiente
> escocés y falto, sin duda, de pulso para escanciar su ambarino
> contenido en una copa, procedí a sorber de ella por el gollete para
> infundirme valor ante lo que se avecinaba. La añoranza y el cariño
> casi filial hizo asomar a mis ojos una lágrima cuando identifiqué el
> inconfundible estilo epistolar del profesor, su elegante y firme letra
> casi perfectamente ilegible, tan indicadora de su superior intelecto,
> y sus frases largas y precisas, si bien de construcción algo peculiar:
>
> "Coimbra, 23 de febrero de 18...
>
> Mi querido muchacho
>
> Grande y descontenida emoción alegre por las noticias de tu regreso y
> de tu enemigo perseguidor con malas intenciones tuvo muerte he
> recibido me embarga. Tu existencia ahora luminosa y tranquila sin
> nubes pero tal vez no te satisfaga aparenta. Ciencia y exploración y
> aventura y de la Humanidad el progreso consideraciones son tuyas que
> yo desde antiguo conozco. Sabiendo, previendo, considerando esto yo,
> mis próximos proyectos como interesantes para ti juzgo. Gran viaje de
> objetivos científicos por el África Ecuatorial en cuya organización
> intervención mía se prepara. Corto de integrantes pero de medios
> abundantes adecuado experimentación de nuevos sistemas de locomoción
> de invención mía juzgo, necesario siendo colaborador buen conocedor
> ciencias químicas y físicas, antropológicas y mecánicas, obvio más,
> siendo experto en viajes por la selva y la caza, buena puntería
> conocimiento dialectos locales siendo tú adecuado para ello te
> propongo. Si asentimiento tuyo en puerto de Lisboa en fecha 3 de mayo
> de 18... ante pasarela del vapor "O terror dos fogoneiros" con pleno
> equipaje y armamento y atuendo tropical preséntate. Gloria
> imperecedera dietas pagas y viáticos posibles condecoraciones Corona
> Portuguesa al osado aguardan.
>
> Siempre tuyo
>
> Hr. Prfsr. MD. UCU. HPTTR. HTTP:/ Gfszr. Dkr. Hans Ferdinand Von Joda
>
> PD: Cazamariposas de buena malla calibre grande extra recomendable
> también sería"
>
> Miré el calendario sobre la repisa de la chimenea. Sólo cinco días me
> separaban de la fecha del 3 de mayo en la que el vapor zarparía, era
> de temer, sin mí, en busca del misterio y la aventura del África
> misteriosa; un viaje imposible desde la lejana Escocia incluso en
> estos tiempos de ferrocarriles que atraviesan las geografías a
> cuarenta y cincuenta kilómetros por hora. El despistado profesor había
> olvidado darme una dirección a la que telegrafiarle en Lisboa, y no me
> atrevía a enviar un telegrama en mi nombre a su despacho en la
> Universidad para que le fuera a su vez remitido a las señas que allí
> dejara: no quería llamar la atención sobre mí, pues era posible que no
> todo el mundo en Coimbra hubiera olvidado aquel incidente que, si
> alguna vez los proyectos de mi amigo inventor se llevaban a buen
> término y el hombre terminaba dominando el viaje por la alta
> atmósfera, harían de la ciudad episcopal portuguesa la primera obra
> del hombre perfectamente visible desde el espacio interterrestre,
> incluso en la mayor oscuridad nocturna.
>
> ¡Habría de renunciar a la aventura después de que aquella carta me
> hubiera puesto la miel en los labios! ¿O tal vez no? Me abalancé sobre
> la resma de periódicos viejos que aguardaban pacientemente junto al
> hogar para ser quemados en muy escocesa economía de combustible, con
> tanto ímpetu que a punto estuve de soltar la botella de aguardiente;
> en uno de los diarios matutinos tardé poco en encontrar una noticia
> que recordaba vagamente: se había abierto recientemente una línea
> directa de Glasgow a Londres, el célebre "Flying Scotchman", que
> cruzaba la isla de Norte a Sur en una tarde y una noche. Si al
> amanecer estaba en Paddington, tal vez podría cruzar el Canal antes de
> mediodía. Un día, o un día y medio tal vez, para cruzar Francia hasta
> los Pirineos, pues aunque poco sabía de los horarios de los
> ferrocarriles franceses, era bien conocida su fama de excelentes,
> especialmente entre los franceses lectores de este diario. Tal vez un
> milagro me permitiera cruzar la Península Ibérica en los dos días
> restantes. De todas formas, había de empezar cogiendo el tren en
> Glasgow, lo que me llevaría todo el día si salía a caballo en aquel
> mismo momento. Tenía que partir inmediatamente, sin recoger siquiera
> el cubierto del desayuno ni dejar una nota a la mujer que venía todas
> las tardes a arreglarme la casa; era, de todas formas, la señora
> McGillypolly una rústica analfabeta que bien podría tirarla al fuego
> sin identificarla por lo que era. Cuando pasara por la aldea, ya daría
> recado de mi partida al magistrado local, o en su defecto, al
> tabernero. Hice un ligero hatillo con el equipaje más básico y salí al
> galope, sabedor de que el tiempo apremiaba, con tanta prisa que
> incluso olvidé llevarme mi sombrero.
>
> Próximamente:
>
> Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales.
>




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Zephryn Xirdal
 
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Predeterminado Re: a/a ZephrynAVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA

Joer, qué bueno.

Por mi, vale, pero hace falta la aprobación de "la camarilla". Ya te digo
algo.

On Sat, 25 Aug 2007 13:44:09 +0200, Ignacio <ignacioyegea***gmail.com> wrote:

> AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA
>
> Capítulo Uno: La sombra verde del pasado.
>
> En abril de 18..., estando en mi residencia de Glen Clova, recibí
> carta de mi viejo amigo el profesor Hans Ferdinand Von Joda. Pese a su
> apellido de origen alemán, era este profesor excelente persona, y
> conservaba yo de él excelentes recuerdos de mi época como su pupilo en
> la Universidad de Coimbra, a la que yo había acudido una vez supe que
> allí podía convalidar la asignatura de Frenología y Raciología Exacta
> que llevaba arrastrando cuatro años en la Universidad de Glasgow y que
> se encaminaba ya a su ominosa última convocatoria, mientras él había
> llegado como refugiado político tras la breve y desigual guerra de
> anexión entre el Imperio Prusiano y el No Muy Gran Ducado de
> Hallstatt, contienda en la que mi sabio tutor había tenido singular
> papel apoyando a las fuerzas ducales con varias ingeniosas invenciones
> relativas al arte militar que fueron denunciadas por el bando
> contrario como incivilizadas e inmorales y rápidamente adoptadas por
> todos los principales ejércitos de Europa.
>
> Con singular emoción procedí a abrir el sobre en el que mi viejo y
> arrugado amigo se volvía a poner en contacto conmigo tras varios años
> de distanciamiento debidos a circunstancias de la vida y a un leve
> descuido por mi arte en la custodia de un importantísimo experimento
> que había resultado en la infortunada y casi completa destrucción del
> edificio de la Facultad de Química y en la extensión de una novedosa
> tintura indeleble y resistente al agua de un verde brillante y
> refulgente en la oscuridad por unas sesenta hectáreas del terreno que
> comprendía la bella ciudad portuguesa con todo lo que en ella había;
> calles, paredes, tejados, flores y arboledas, ciudadanos y visitantes,
> animales domésticos y salvajes, aves de paso, dos compañías completas
> del regimiento de Granaderos "Os mostachudos feroçes" con toda su
> impedimenta, y una legación diplomática piamontesa de regreso a su
> país desde Lisboa que se había detenido en una ladera del extrarradio
> a contemplar aquel fulgor verde que se extendía por el horizonte y que
> ellos tomaron por un hermoso y bien poco frecuente fenómeno
> atmosférico relacionado con la refracción del espectro solar.
>
> Sabía bien que el apacible y enfrascado sabio no me había de guardar
> rencor por aquel accidente, y que incluso podría estarme agradecido
> por haber asumido yo la plena responsabilidad de la catástrofe en una
> larga carta remitida al diario parisino "Le Chafardier Irredoutable"
> antes de encaminarme a uña de caballo hacia la frontera española, pero
> cierta aprensión por mi parte a posibles represalias me había
> encaminado desde entonces a una vida aventurera, primero en las Indias
> Occidentales, haciéndome pasar por un cirujano naval irlandés, luego
> en las islas de la Macaronesia bajo el disfraz de un importador de
> vinos yanki especializado en Madeira y Malvasía, y finalmente, por
> todas las espesuras del continente africano como el famoso Archibald
> Catapoom, el gran cazador y explorador blanco, vida de la que por fin
> me había retirado para llevar una apacible existencia en una botica
> rural heredad de mi familia desde hacía generaciones y sita en las
> hermosas tierras altas escocesas cuando me hubo llegado la noticia de
> que al fin había fallecido mi particular némesis, el incansable
> perseguidor que me había perseguido por medio mundo con el propósito
> de cobrarse mi vida en duelo, el Conde Giustinianno Fiesco Dil
> Tremolo, ex-embajador del Piamonte en Lisboa, conocido desde su
> juventud por todos como "Il Folgore", "El Rayo", por su rudo
> temperamento y su destreza con pistola y florete, y que desde el
> infortunado accidente de Coimbra era llamado "El Rayo Verde" si bien
> siempre a sus espaldas y a prudente distancia.
>
> ¿Qué querría decirme mi viejo amigo en aquella carta? Rasgada ya la
> envoltura exterior que contenía el texto, mis manos insinuaron un leve
> temblor, anticipando que, tal vez, aquella carta fuera el inicio de
> nuevas aventuras que mi naturaleza deseaba pero mi comodidad se había
> negado hasta ahora a admitir. La emoción se apoderó de mí hasta tal
> punto que a duras penas pude descorchar la botella de aguardiente
> escocés y falto, sin duda, de pulso para escanciar su ambarino
> contenido en una copa, procedí a sorber de ella por el gollete para
> infundirme valor ante lo que se avecinaba. La añoranza y el cariño
> casi filial hizo asomar a mis ojos una lágrima cuando identifiqué el
> inconfundible estilo epistolar del profesor, su elegante y firme letra
> casi perfectamente ilegible, tan indicadora de su superior intelecto,
> y sus frases largas y precisas, si bien de construcción algo peculiar:
>
> "Coimbra, 23 de febrero de 18...
>
> Mi querido muchacho
>
> Grande y descontenida emoción alegre por las noticias de tu regreso y
> de tu enemigo perseguidor con malas intenciones tuvo muerte he
> recibido me embarga. Tu existencia ahora luminosa y tranquila sin
> nubes pero tal vez no te satisfaga aparenta. Ciencia y exploración y
> aventura y de la Humanidad el progreso consideraciones son tuyas que
> yo desde antiguo conozco. Sabiendo, previendo, considerando esto yo,
> mis próximos proyectos como interesantes para ti juzgo. Gran viaje de
> objetivos científicos por el África Ecuatorial en cuya organización
> intervención mía se prepara. Corto de integrantes pero de medios
> abundantes adecuado experimentación de nuevos sistemas de locomoción
> de invención mía juzgo, necesario siendo colaborador buen conocedor
> ciencias químicas y físicas, antropológicas y mecánicas, obvio más,
> siendo experto en viajes por la selva y la caza, buena puntería
> conocimiento dialectos locales siendo tú adecuado para ello te
> propongo. Si asentimiento tuyo en puerto de Lisboa en fecha 3 de mayo
> de 18... ante pasarela del vapor "O terror dos fogoneiros" con pleno
> equipaje y armamento y atuendo tropical preséntate. Gloria
> imperecedera dietas pagas y viáticos posibles condecoraciones Corona
> Portuguesa al osado aguardan.
>
> Siempre tuyo
>
> Hr. Prfsr. MD. UCU. HPTTR. HTTP:/ Gfszr. Dkr. Hans Ferdinand Von Joda
>
> PD: Cazamariposas de buena malla calibre grande extra recomendable
> también sería"
>
> Miré el calendario sobre la repisa de la chimenea. Sólo cinco días me
> separaban de la fecha del 3 de mayo en la que el vapor zarparía, era
> de temer, sin mí, en busca del misterio y la aventura del África
> misteriosa; un viaje imposible desde la lejana Escocia incluso en
> estos tiempos de ferrocarriles que atraviesan las geografías a
> cuarenta y cincuenta kilómetros por hora. El despistado profesor había
> olvidado darme una dirección a la que telegrafiarle en Lisboa, y no me
> atrevía a enviar un telegrama en mi nombre a su despacho en la
> Universidad para que le fuera a su vez remitido a las señas que allí
> dejara: no quería llamar la atención sobre mí, pues era posible que no
> todo el mundo en Coimbra hubiera olvidado aquel incidente que, si
> alguna vez los proyectos de mi amigo inventor se llevaban a buen
> término y el hombre terminaba dominando el viaje por la alta
> atmósfera, harían de la ciudad episcopal portuguesa la primera obra
> del hombre perfectamente visible desde el espacio interterrestre,
> incluso en la mayor oscuridad nocturna.
>
> ¡Habría de renunciar a la aventura después de que aquella carta me
> hubiera puesto la miel en los labios! ¿O tal vez no? Me abalancé sobre
> la resma de periódicos viejos que aguardaban pacientemente junto al
> hogar para ser quemados en muy escocesa economía de combustible, con
> tanto ímpetu que a punto estuve de soltar la botella de aguardiente;
> en uno de los diarios matutinos tardé poco en encontrar una noticia
> que recordaba vagamente: se había abierto recientemente una línea
> directa de Glasgow a Londres, el célebre "Flying Scotchman", que
> cruzaba la isla de Norte a Sur en una tarde y una noche. Si al
> amanecer estaba en Paddington, tal vez podría cruzar el Canal antes de
> mediodía. Un día, o un día y medio tal vez, para cruzar Francia hasta
> los Pirineos, pues aunque poco sabía de los horarios de los
> ferrocarriles franceses, era bien conocida su fama de excelentes,
> especialmente entre los franceses lectores de este diario. Tal vez un
> milagro me permitiera cruzar la Península Ibérica en los dos días
> restantes. De todas formas, había de empezar cogiendo el tren en
> Glasgow, lo que me llevaría todo el día si salía a caballo en aquel
> mismo momento. Tenía que partir inmediatamente, sin recoger siquiera
> el cubierto del desayuno ni dejar una nota a la mujer que venía todas
> las tardes a arreglarme la casa; era, de todas formas, la señora
> McGillypolly una rústica analfabeta que bien podría tirarla al fuego
> sin identificarla por lo que era. Cuando pasara por la aldea, ya daría
> recado de mi partida al magistrado local, o en su defecto, al
> tabernero. Hice un ligero hatillo con el equipaje más básico y salí al
> galope, sabedor de que el tiempo apremiaba, con tanta prisa que
> incluso olvidé llevarme mi sombrero.
>
> Próximamente:
>
> Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales.
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Joer, qué bueno.

Por mi, vale, pero hace falta la aprobación de "la camarilla". Ya te digo
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On Sat, 25 Aug 2007 13:44:09 +0200, Ignacio <ignacioyegea***gmail.com> wrote:

> AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA
>
> Capítulo Uno: La sombra verde del pasado.
>
> En abril de 18..., estando en mi residencia de Glen Clova, recibí
> carta de mi viejo amigo el profesor Hans Ferdinand Von Joda. Pese a su
> apellido de origen alemán, era este profesor excelente persona, y
> conservaba yo de él excelentes recuerdos de mi época como su pupilo en
> la Universidad de Coimbra, a la que yo había acudido una vez supe que
> allí podía convalidar la asignatura de Frenología y Raciología Exacta
> que llevaba arrastrando cuatro años en la Universidad de Glasgow y que
> se encaminaba ya a su ominosa última convocatoria, mientras él había
> llegado como refugiado político tras la breve y desigual guerra de
> anexión entre el Imperio Prusiano y el No Muy Gran Ducado de
> Hallstatt, contienda en la que mi sabio tutor había tenido singular
> papel apoyando a las fuerzas ducales con varias ingeniosas invenciones
> relativas al arte militar que fueron denunciadas por el bando
> contrario como incivilizadas e inmorales y rápidamente adoptadas por
> todos los principales ejércitos de Europa.
>
> Con singular emoción procedí a abrir el sobre en el que mi viejo y
> arrugado amigo se volvía a poner en contacto conmigo tras varios años
> de distanciamiento debidos a circunstancias de la vida y a un leve
> descuido por mi arte en la custodia de un importantísimo experimento
> que había resultado en la infortunada y casi completa destrucción del
> edificio de la Facultad de Química y en la extensión de una novedosa
> tintura indeleble y resistente al agua de un verde brillante y
> refulgente en la oscuridad por unas sesenta hectáreas del terreno que
> comprendía la bella ciudad portuguesa con todo lo que en ella había;
> calles, paredes, tejados, flores y arboledas, ciudadanos y visitantes,
> animales domésticos y salvajes, aves de paso, dos compañías completas
> del regimiento de Granaderos "Os mostachudos feroçes" con toda su
> impedimenta, y una legación diplomática piamontesa de regreso a su
> país desde Lisboa que se había detenido en una ladera del extrarradio
> a contemplar aquel fulgor verde que se extendía por el horizonte y que
> ellos tomaron por un hermoso y bien poco frecuente fenómeno
> atmosférico relacionado con la refracción del espectro solar.
>
> Sabía bien que el apacible y enfrascado sabio no me había de guardar
> rencor por aquel accidente, y que incluso podría estarme agradecido
> por haber asumido yo la plena responsabilidad de la catástrofe en una
> larga carta remitida al diario parisino "Le Chafardier Irredoutable"
> antes de encaminarme a uña de caballo hacia la frontera española, pero
> cierta aprensión por mi parte a posibles represalias me había
> encaminado desde entonces a una vida aventurera, primero en las Indias
> Occidentales, haciéndome pasar por un cirujano naval irlandés, luego
> en las islas de la Macaronesia bajo el disfraz de un importador de
> vinos yanki especializado en Madeira y Malvasía, y finalmente, por
> todas las espesuras del continente africano como el famoso Archibald
> Catapoom, el gran cazador y explorador blanco, vida de la que por fin
> me había retirado para llevar una apacible existencia en una botica
> rural heredad de mi familia desde hacía generaciones y sita en las
> hermosas tierras altas escocesas cuando me hubo llegado la noticia de
> que al fin había fallecido mi particular némesis, el incansable
> perseguidor que me había perseguido por medio mundo con el propósito
> de cobrarse mi vida en duelo, el Conde Giustinianno Fiesco Dil
> Tremolo, ex-embajador del Piamonte en Lisboa, conocido desde su
> juventud por todos como "Il Folgore", "El Rayo", por su rudo
> temperamento y su destreza con pistola y florete, y que desde el
> infortunado accidente de Coimbra era llamado "El Rayo Verde" si bien
> siempre a sus espaldas y a prudente distancia.
>
> ¿Qué querría decirme mi viejo amigo en aquella carta? Rasgada ya la
> envoltura exterior que contenía el texto, mis manos insinuaron un leve
> temblor, anticipando que, tal vez, aquella carta fuera el inicio de
> nuevas aventuras que mi naturaleza deseaba pero mi comodidad se había
> negado hasta ahora a admitir. La emoción se apoderó de mí hasta tal
> punto que a duras penas pude descorchar la botella de aguardiente
> escocés y falto, sin duda, de pulso para escanciar su ambarino
> contenido en una copa, procedí a sorber de ella por el gollete para
> infundirme valor ante lo que se avecinaba. La añoranza y el cariño
> casi filial hizo asomar a mis ojos una lágrima cuando identifiqué el
> inconfundible estilo epistolar del profesor, su elegante y firme letra
> casi perfectamente ilegible, tan indicadora de su superior intelecto,
> y sus frases largas y precisas, si bien de construcción algo peculiar:
>
> "Coimbra, 23 de febrero de 18...
>
> Mi querido muchacho
>
> Grande y descontenida emoción alegre por las noticias de tu regreso y
> de tu enemigo perseguidor con malas intenciones tuvo muerte he
> recibido me embarga. Tu existencia ahora luminosa y tranquila sin
> nubes pero tal vez no te satisfaga aparenta. Ciencia y exploración y
> aventura y de la Humanidad el progreso consideraciones son tuyas que
> yo desde antiguo conozco. Sabiendo, previendo, considerando esto yo,
> mis próximos proyectos como interesantes para ti juzgo. Gran viaje de
> objetivos científicos por el África Ecuatorial en cuya organización
> intervención mía se prepara. Corto de integrantes pero de medios
> abundantes adecuado experimentación de nuevos sistemas de locomoción
> de invención mía juzgo, necesario siendo colaborador buen conocedor
> ciencias químicas y físicas, antropológicas y mecánicas, obvio más,
> siendo experto en viajes por la selva y la caza, buena puntería
> conocimiento dialectos locales siendo tú adecuado para ello te
> propongo. Si asentimiento tuyo en puerto de Lisboa en fecha 3 de mayo
> de 18... ante pasarela del vapor "O terror dos fogoneiros" con pleno
> equipaje y armamento y atuendo tropical preséntate. Gloria
> imperecedera dietas pagas y viáticos posibles condecoraciones Corona
> Portuguesa al osado aguardan.
>
> Siempre tuyo
>
> Hr. Prfsr. MD. UCU. HPTTR. HTTP:/ Gfszr. Dkr. Hans Ferdinand Von Joda
>
> PD: Cazamariposas de buena malla calibre grande extra recomendable
> también sería"
>
> Miré el calendario sobre la repisa de la chimenea. Sólo cinco días me
> separaban de la fecha del 3 de mayo en la que el vapor zarparía, era
> de temer, sin mí, en busca del misterio y la aventura del África
> misteriosa; un viaje imposible desde la lejana Escocia incluso en
> estos tiempos de ferrocarriles que atraviesan las geografías a
> cuarenta y cincuenta kilómetros por hora. El despistado profesor había
> olvidado darme una dirección a la que telegrafiarle en Lisboa, y no me
> atrevía a enviar un telegrama en mi nombre a su despacho en la
> Universidad para que le fuera a su vez remitido a las señas que allí
> dejara: no quería llamar la atención sobre mí, pues era posible que no
> todo el mundo en Coimbra hubiera olvidado aquel incidente que, si
> alguna vez los proyectos de mi amigo inventor se llevaban a buen
> término y el hombre terminaba dominando el viaje por la alta
> atmósfera, harían de la ciudad episcopal portuguesa la primera obra
> del hombre perfectamente visible desde el espacio interterrestre,
> incluso en la mayor oscuridad nocturna.
>
> ¡Habría de renunciar a la aventura después de que aquella carta me
> hubiera puesto la miel en los labios! ¿O tal vez no? Me abalancé sobre
> la resma de periódicos viejos que aguardaban pacientemente junto al
> hogar para ser quemados en muy escocesa economía de combustible, con
> tanto ímpetu que a punto estuve de soltar la botella de aguardiente;
> en uno de los diarios matutinos tardé poco en encontrar una noticia
> que recordaba vagamente: se había abierto recientemente una línea
> directa de Glasgow a Londres, el célebre "Flying Scotchman", que
> cruzaba la isla de Norte a Sur en una tarde y una noche. Si al
> amanecer estaba en Paddington, tal vez podría cruzar el Canal antes de
> mediodía. Un día, o un día y medio tal vez, para cruzar Francia hasta
> los Pirineos, pues aunque poco sabía de los horarios de los
> ferrocarriles franceses, era bien conocida su fama de excelentes,
> especialmente entre los franceses lectores de este diario. Tal vez un
> milagro me permitiera cruzar la Península Ibérica en los dos días
> restantes. De todas formas, había de empezar cogiendo el tren en
> Glasgow, lo que me llevaría todo el día si salía a caballo en aquel
> mismo momento. Tenía que partir inmediatamente, sin recoger siquiera
> el cubierto del desayuno ni dejar una nota a la mujer que venía todas
> las tardes a arreglarme la casa; era, de todas formas, la señora
> McGillypolly una rústica analfabeta que bien podría tirarla al fuego
> sin identificarla por lo que era. Cuando pasara por la aldea, ya daría
> recado de mi partida al magistrado local, o en su defecto, al
> tabernero. Hice un ligero hatillo con el equipaje más básico y salí al
> galope, sabedor de que el tiempo apremiaba, con tanta prisa que
> incluso olvidé llevarme mi sombrero.
>
> Próximamente:
>
> Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales.
>




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Visita mi blog principal: http://rfog.blogsome.com
Y este sobre programación: http://geeks.ms/blogs/rfog
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¡Siendo de dos una tristeza, ya no es tristeza, es alegría!
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Antiguo 27-08-2007, 11:43:53
Zephryn Xirdal
 
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Predeterminado Re: a/a ZephrynAVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA

Joer, qué bueno.

Por mi, vale, pero hace falta la aprobación de "la camarilla". Ya te digo
algo.

On Sat, 25 Aug 2007 13:44:09 +0200, Ignacio <ignacioyegea***gmail.com> wrote:

> AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA
>
> Capítulo Uno: La sombra verde del pasado.
>
> En abril de 18..., estando en mi residencia de Glen Clova, recibí
> carta de mi viejo amigo el profesor Hans Ferdinand Von Joda. Pese a su
> apellido de origen alemán, era este profesor excelente persona, y
> conservaba yo de él excelentes recuerdos de mi época como su pupilo en
> la Universidad de Coimbra, a la que yo había acudido una vez supe que
> allí podía convalidar la asignatura de Frenología y Raciología Exacta
> que llevaba arrastrando cuatro años en la Universidad de Glasgow y que
> se encaminaba ya a su ominosa última convocatoria, mientras él había
> llegado como refugiado político tras la breve y desigual guerra de
> anexión entre el Imperio Prusiano y el No Muy Gran Ducado de
> Hallstatt, contienda en la que mi sabio tutor había tenido singular
> papel apoyando a las fuerzas ducales con varias ingeniosas invenciones
> relativas al arte militar que fueron denunciadas por el bando
> contrario como incivilizadas e inmorales y rápidamente adoptadas por
> todos los principales ejércitos de Europa.
>
> Con singular emoción procedí a abrir el sobre en el que mi viejo y
> arrugado amigo se volvía a poner en contacto conmigo tras varios años
> de distanciamiento debidos a circunstancias de la vida y a un leve
> descuido por mi arte en la custodia de un importantísimo experimento
> que había resultado en la infortunada y casi completa destrucción del
> edificio de la Facultad de Química y en la extensión de una novedosa
> tintura indeleble y resistente al agua de un verde brillante y
> refulgente en la oscuridad por unas sesenta hectáreas del terreno que
> comprendía la bella ciudad portuguesa con todo lo que en ella había;
> calles, paredes, tejados, flores y arboledas, ciudadanos y visitantes,
> animales domésticos y salvajes, aves de paso, dos compañías completas
> del regimiento de Granaderos "Os mostachudos feroçes" con toda su
> impedimenta, y una legación diplomática piamontesa de regreso a su
> país desde Lisboa que se había detenido en una ladera del extrarradio
> a contemplar aquel fulgor verde que se extendía por el horizonte y que
> ellos tomaron por un hermoso y bien poco frecuente fenómeno
> atmosférico relacionado con la refracción del espectro solar.
>
> Sabía bien que el apacible y enfrascado sabio no me había de guardar
> rencor por aquel accidente, y que incluso podría estarme agradecido
> por haber asumido yo la plena responsabilidad de la catástrofe en una
> larga carta remitida al diario parisino "Le Chafardier Irredoutable"
> antes de encaminarme a uña de caballo hacia la frontera española, pero
> cierta aprensión por mi parte a posibles represalias me había
> encaminado desde entonces a una vida aventurera, primero en las Indias
> Occidentales, haciéndome pasar por un cirujano naval irlandés, luego
> en las islas de la Macaronesia bajo el disfraz de un importador de
> vinos yanki especializado en Madeira y Malvasía, y finalmente, por
> todas las espesuras del continente africano como el famoso Archibald
> Catapoom, el gran cazador y explorador blanco, vida de la que por fin
> me había retirado para llevar una apacible existencia en una botica
> rural heredad de mi familia desde hacía generaciones y sita en las
> hermosas tierras altas escocesas cuando me hubo llegado la noticia de
> que al fin había fallecido mi particular némesis, el incansable
> perseguidor que me había perseguido por medio mundo con el propósito
> de cobrarse mi vida en duelo, el Conde Giustinianno Fiesco Dil
> Tremolo, ex-embajador del Piamonte en Lisboa, conocido desde su
> juventud por todos como "Il Folgore", "El Rayo", por su rudo
> temperamento y su destreza con pistola y florete, y que desde el
> infortunado accidente de Coimbra era llamado "El Rayo Verde" si bien
> siempre a sus espaldas y a prudente distancia.
>
> ¿Qué querría decirme mi viejo amigo en aquella carta? Rasgada ya la
> envoltura exterior que contenía el texto, mis manos insinuaron un leve
> temblor, anticipando que, tal vez, aquella carta fuera el inicio de
> nuevas aventuras que mi naturaleza deseaba pero mi comodidad se había
> negado hasta ahora a admitir. La emoción se apoderó de mí hasta tal
> punto que a duras penas pude descorchar la botella de aguardiente
> escocés y falto, sin duda, de pulso para escanciar su ambarino
> contenido en una copa, procedí a sorber de ella por el gollete para
> infundirme valor ante lo que se avecinaba. La añoranza y el cariño
> casi filial hizo asomar a mis ojos una lágrima cuando identifiqué el
> inconfundible estilo epistolar del profesor, su elegante y firme letra
> casi perfectamente ilegible, tan indicadora de su superior intelecto,
> y sus frases largas y precisas, si bien de construcción algo peculiar:
>
> "Coimbra, 23 de febrero de 18...
>
> Mi querido muchacho
>
> Grande y descontenida emoción alegre por las noticias de tu regreso y
> de tu enemigo perseguidor con malas intenciones tuvo muerte he
> recibido me embarga. Tu existencia ahora luminosa y tranquila sin
> nubes pero tal vez no te satisfaga aparenta. Ciencia y exploración y
> aventura y de la Humanidad el progreso consideraciones son tuyas que
> yo desde antiguo conozco. Sabiendo, previendo, considerando esto yo,
> mis próximos proyectos como interesantes para ti juzgo. Gran viaje de
> objetivos científicos por el África Ecuatorial en cuya organización
> intervención mía se prepara. Corto de integrantes pero de medios
> abundantes adecuado experimentación de nuevos sistemas de locomoción
> de invención mía juzgo, necesario siendo colaborador buen conocedor
> ciencias químicas y físicas, antropológicas y mecánicas, obvio más,
> siendo experto en viajes por la selva y la caza, buena puntería
> conocimiento dialectos locales siendo tú adecuado para ello te
> propongo. Si asentimiento tuyo en puerto de Lisboa en fecha 3 de mayo
> de 18... ante pasarela del vapor "O terror dos fogoneiros" con pleno
> equipaje y armamento y atuendo tropical preséntate. Gloria
> imperecedera dietas pagas y viáticos posibles condecoraciones Corona
> Portuguesa al osado aguardan.
>
> Siempre tuyo
>
> Hr. Prfsr. MD. UCU. HPTTR. HTTP:/ Gfszr. Dkr. Hans Ferdinand Von Joda
>
> PD: Cazamariposas de buena malla calibre grande extra recomendable
> también sería"
>
> Miré el calendario sobre la repisa de la chimenea. Sólo cinco días me
> separaban de la fecha del 3 de mayo en la que el vapor zarparía, era
> de temer, sin mí, en busca del misterio y la aventura del África
> misteriosa; un viaje imposible desde la lejana Escocia incluso en
> estos tiempos de ferrocarriles que atraviesan las geografías a
> cuarenta y cincuenta kilómetros por hora. El despistado profesor había
> olvidado darme una dirección a la que telegrafiarle en Lisboa, y no me
> atrevía a enviar un telegrama en mi nombre a su despacho en la
> Universidad para que le fuera a su vez remitido a las señas que allí
> dejara: no quería llamar la atención sobre mí, pues era posible que no
> todo el mundo en Coimbra hubiera olvidado aquel incidente que, si
> alguna vez los proyectos de mi amigo inventor se llevaban a buen
> término y el hombre terminaba dominando el viaje por la alta
> atmósfera, harían de la ciudad episcopal portuguesa la primera obra
> del hombre perfectamente visible desde el espacio interterrestre,
> incluso en la mayor oscuridad nocturna.
>
> ¡Habría de renunciar a la aventura después de que aquella carta me
> hubiera puesto la miel en los labios! ¿O tal vez no? Me abalancé sobre
> la resma de periódicos viejos que aguardaban pacientemente junto al
> hogar para ser quemados en muy escocesa economía de combustible, con
> tanto ímpetu que a punto estuve de soltar la botella de aguardiente;
> en uno de los diarios matutinos tardé poco en encontrar una noticia
> que recordaba vagamente: se había abierto recientemente una línea
> directa de Glasgow a Londres, el célebre "Flying Scotchman", que
> cruzaba la isla de Norte a Sur en una tarde y una noche. Si al
> amanecer estaba en Paddington, tal vez podría cruzar el Canal antes de
> mediodía. Un día, o un día y medio tal vez, para cruzar Francia hasta
> los Pirineos, pues aunque poco sabía de los horarios de los
> ferrocarriles franceses, era bien conocida su fama de excelentes,
> especialmente entre los franceses lectores de este diario. Tal vez un
> milagro me permitiera cruzar la Península Ibérica en los dos días
> restantes. De todas formas, había de empezar cogiendo el tren en
> Glasgow, lo que me llevaría todo el día si salía a caballo en aquel
> mismo momento. Tenía que partir inmediatamente, sin recoger siquiera
> el cubierto del desayuno ni dejar una nota a la mujer que venía todas
> las tardes a arreglarme la casa; era, de todas formas, la señora
> McGillypolly una rústica analfabeta que bien podría tirarla al fuego
> sin identificarla por lo que era. Cuando pasara por la aldea, ya daría
> recado de mi partida al magistrado local, o en su defecto, al
> tabernero. Hice un ligero hatillo con el equipaje más básico y salí al
> galope, sabedor de que el tiempo apremiaba, con tanta prisa que
> incluso olvidé llevarme mi sombrero.
>
> Próximamente:
>
> Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales.
>




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Doctor Slump
 
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Predeterminado Re: a/a ZephrynAVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA

Ignacio ha escrito:

>AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA


Genial, J.R.R. Verne. Espero ansioso el segundo capítulo.
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Predeterminado Re: a/a ZephrynAVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA

Ignacio ha escrito:

>AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA


Genial, J.R.R. Verne. Espero ansioso el segundo capítulo.
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Antiguo 27-08-2007, 13:30:27
Doctor Slump
 
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Ignacio ha escrito:

>AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA


Genial, J.R.R. Verne. Espero ansioso el segundo capítulo.
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Antiguo 27-08-2007, 13:30:27
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Ignacio ha escrito:

>AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA


Genial, J.R.R. Verne. Espero ansioso el segundo capítulo.
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Antiguo 30-08-2007, 20:55:42
Ignacio
 
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Predeterminado Re: a/a ZephrynAVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA

On 27 ago, 15:30, Doctor Slump <doctorsl...***worldonline.es> wrote:
> Ignacio ha escrito:
>
> >AVENTURAS DE TRES LUSOS Y TRES IMBÉCILES EN EL ÁFRICA AUSTRALIANA

>
> Espero ansioso el segundo capítulo.


bien, hoy lo puedo poner, porque lo tenía varado en la playa sin wifi
y no sé donde he puesto la memoria flash (en el trabajo no, y no
debería sacarla de allí, porque es de la empresa)

Capítulo dos: Tres es compañía de las Indias Orientales.

Bajé del tren en Paddington a la mañana siguiente grandemente
aliviado: tenía tiempo de sobra para llegar a Lisboa, pues no me
quedaban cuatro, sino trescientos sesenta y un días. Había caído en la
cuenta mientras, en el expreso de Glasgow, repasaba una vez más la
carta de mi querido profesor Von Joda para hacerme llevadero el largo
trayecto nocturno. ¡Estábamos a abril de 18.. y el profesor me había
citado en mayo de 18.., es decir, al año siguiente! ¡Esta dichosa
costumbre moderna, tan digna hija de nuestro microscopista y
pasteuriano siglo XIX, de escribir las dos últimas cifras del año tan
chiquititas que parecen puntos me había engañado una vez más! Eso, y
mi sentimentalismo: difícilmente un boticario como yo, avezado en la
lectura de letras ininteligibles, hubiera cometido un error de ese
calibre si no hubiera abordado la primera lectura de la dichosa carta
con lágrimas de alegría y amistad en los ojos; alguna de las lágrimas,
de hecho, había dejado borrones sobre la tinta, rastros delatores de
mi sensible naturaleza. Era curioso que los borrones fueran más que
nada de tono ambarino y exhalaran un delicioso olor a malta, pero no
menos podía esperarse de un escocés de pura cepa como yo.

Podía haberme vuelto por donde había venido, y preparar
convenientemente mi viaje en mi casa solariega de las hermosas tierras
altas, pero ya que estaba en Londres decidí dejarme llevar por los
encantos de esta ciudad populosísima, la más poblada del globo, rica
en industrias químicas, de manufactura, hilados y empaquetado de
alimentos. La longitud del sistema de alcantarillado en Londres es de
doce mil trescientas varas occidentales, y el volumen de mercancías
que arriba cada día a sus activos muelles es de seiscientas mil
cuatrocientas veinticinco toesas cúbicas. Su sistema de tranvías de
tracción hípica abarca desde Unknown's House en el norte, a Peckham en
el sur, siendo en la actualidad el más extenso de Europa. Si todos los
raíles de tranvía, ferrocarril metropolitano, carritos mineros y grúas
de descarga naval se aunaran en una masa sólida de hierro fundido,
esta pila alcanzaría una altura comparable a la de la axila del
proyecto de estatua de la Libertad cuya cabeza se exhibe en París y
que se espera llegue como regalo a la joven república de los Estados
Unidos de América en el Centenario de su independencia, un logro del
arte y la técnica francesa en gesto de hermandad hacia todos los otros
países civilizados y un peremne recordatorio de que toda la
civilización tiene que buscar la paz y la concordia y debe estar unida
ante los alemanes a los que les obligaremos a devolvernos Alsacia
cuando nos sintamos medianamente fuertes. Los mataderos de porcino y
ovino de Londres tienen una actividad portentosa: cada día un total de
cuarenta y dos mil cabezas y ciento sesenta y ocho mil patas, la mitad
de ellas delanteras [....]

(Nota del editor: las siguientes cuatro páginas del diario de
Archibald Catapoom se han perdido en un lamentable arrebato de
desesperación del traductor del manuscrito original que arrojó las
hojas al fuego y luego pisoteó las cenizas. Por los recuerdos que
conservamos de ellas, eran idénticas a las páginas 1.478 a 1.480 de la
Enciclopedia Larousse, edición de 18..)

Tras desayunarme en un pub cercano a Paddington, me encaminé a mi
proveedor habitual en Bond Street, los prestigiosos armeros
escandinavos Bang & Oluffsen. ¡Cual no sería mi sorpresa al
encontrarme allí a la última persona que esperaba encontrarme en el
corazón del Imperio Británico! ¡Nada menos que Matapokiko, mi fiel
guía bosquimano! Sus enormes dientes blancos relucieron en una leal
sonrisa amistosa; yo me lancé hacia él pleno de emoción para darle un
fraternal abrazo, con tal impulso que le golpeé accidentalmente en la
sien con la botella de aguardiente que llevaba en la mano, y que me
había negado a dejar en el pub al quedarle aún varios sorbos y estar
pagada por completo en mi buen dinero escocés. Pronto el sufrido
Matapokiko se levantó del suelo casi completamente consciente y sin
perder en ningún momento su sonrisa, y proseguimos con las
salutaciones. Viendo que mi fiel asistente negro se mostraba remiso a
nuevos abrazos, lo que de todas formas no hubiera sido muy británico,
procedí a saludarlo con un gesto que me trajo recuerdos de mil viajes
juntos por los más peligroso del África misteriosa, el viejo saludo
masai tras la larga partida de caza, consistente en hurgarnos
mutuamente los orificios nasales mientras silbábamos una imitación del
canto de la abubilla, lo que despertó algunas miradas de curiosidad de
las buenas gentes de Londres que pasaban por allí absorbidos en sus
quehaceres.

Mientras me limpiaba los dedos disimuladamente en la esplendorosa
librea del ujier de la armería, le pregunté a Matapokiko qué buen
viento le traía por aquel establecimiento.

-Matapokiko muy feliz verte, Bula Matari. Momentos importantes de la
vida bueno ser que Matapokiko no estar solo. Matapokiko haber venido a
comprar balas rifle calibre extra caza gran elefante. Sólo una bala,
si venden sueltas.

-Oh, lamento oir eso, fiel amigo, porque sé que una gran desgracia
debe haberte acaecido. - Ningún animal en Inglaterra requería una bala
de esa potencia, y de haberse escapado un elefante o un rinoceronte de
un zoo o un circo, hubiera sido imprudente cargar sólo una bala.
Matapokiko era del clan del Suricato, y consideraba tabú morir de
cualquier manera que no fuera una lanza enemiga, el ataque de un león
o un elefante, o, en caso de infligirse la muerte por su propia mano,
por obra de su arma preferida, y ésta era su fiel y enorme rifle de
caza mayor. Si ésa era su decisión, nada podía yo hacer para
disuadirle sin causarle una grave ofensa - Pero al menos no dejarás la
vida en un paraje extraño sin un amigo que llore tu muerte. Si puedes
retrasar tu partida unas horas, me alegrarías el corazón si me
acompañaras a comer y me contaras que ha sido de ti estos últimos tres
años, y qué te ha pasado para que el valiente y afortunado Matapokiko
haya decidido no vivir más.

-Será mi última alegría comer y beber contigo una vez más, amigo
Archibald Catapoom Bula Matari Gran Cazador de la Botella Siempre en
la Mano y la Trompa Generalmente Llorona, pero me apena decirte que
esta vez debes invitar tú. Sólo me queda para comprar la bala. Hasta
mi rifle está empeñado, y pensaba cargarlo con disimulo y disparar
todo su poder contra mi rostro haciendo como que comprobaba su buen
estado en el mostrador de la casa de empeños riéndome para mis
adentros de cómo le iba a costar limpiar el local al cabrito del
encargado. Ay, Catapoom, una maldición ha caído sobre mí, no, dos
maldiciones.

La pena me embargó al oir aquello: no tenía muchas ganas de invitar a
aquel dichoso negro, ni tenía especial interés en oir sus ridículas
historias. Mi invitación había sido formulada porque detesto comer
solo, y porque como un desgraciado como aquél debía conocer un sitio
donde comer barato: Londres es una ciudad carísima. Pero ya no podía
volverme atrás, aunque al menos Matapokiko me condujo a un sitio
asequible a sólo dos horas caminando, una taberna frente a Liverpool
Street de precios razonables, si bien oscura y sucísima. Allí me vi
obligado a oir su historia, que a duras penas pude pasar con tres
pintas de cerveza y un pichel de ron.

Al acabar las consumiciones, mi sentimental alma céltica volvió a
agitarse en un arrebato de angustia y remordimiento por mi dureza
anterior: ante mí se sentaba mi fiel amigo y compañero de aventuras,
desgranando la suma de sus desgracias. Las lágrimas asomaron a mis
ojos, de forma que mi visión desenfocada sólo alcanzaba a ver sus
blancos dientes en la penumbra de la taberna, moviéndose incansables
mientras me relataba sus desventuras, de las que, no sé por qué,
apenas recuerdo en este momento nada.

Resumiendo mucho, Matapokiko, aún joven, y ansioso de saber, se había
retirado de la caza y orientado hacia la medicina; había llegado a
Inglaterra con una beca especial para la Universidad de Leeds, que le
daba derecho a matrícula y manutención gratuita a cambio de desempeñar
ciertos deberes de ayudante en la Facultad. Había huído de allí al
enterarse que entre sus deberes se encontraba el de inocularse venenos
de serpiente, tarántula y escorpión y dejarse diseccionar parcialmente
em beneficio de los estudiantes en prácticas que encaminaban su ámbito
de estudios hacia el campo de las enfermedades tropicales. Tras esto
se había unido a un circo ambulante, en el que pronto había destacado
gracias a su legendaria puntería.

-"Hasta que Matapokiko depertó las iras de una bruja mala y vieja,
amigo Catapoom. Ella tenía bola cristal gordo y miraba naipes, y
Matapokiko encontrar ridículo. Matapokiko escéptico, porque saber que
sólo hombres poder practicar brujería con hojas de papel o de palma, y
que las brujas mujeres no usar bola canica vidrio gordo, sino wanga o
babalaw. Matapokiko reírse, y bruja vieja enfadada. Pero no pensar en
enfadar mujer vieja, porque Matapokiko defensor de los valores
familiares, y cuando vieja reñirle, él siempre hacerle el signo de
buen augurio "que tu vida sea larga y recta, anciano o anciana, y tu
corazón lata largo tiempo" que tú saber"

El signo al que mi amigo se refería era el del dedo corazón
completamente enhiesto en una mano cerrada, un detalle de cortesía muy
común en todo el sur de África.

"Pero mujer vieja no respetar signos y maldecirme una vez, Catapoom.
Yo reir, porque no creer en bruja sin wanga, pero algo pasar desde
entonces: Matapokiko perder toda la puntería, y acabar siendo
expulsado de circo tras varios accidentes poco dañinos pero muy
vergonzosos y perjudiciales con las lonas de la carpa circense y
sombreros de las señoras. Pero desde entonces mala suerte perseguirme.
Todo mala suerte, malos negocios. Yo pensar que ella maldecirme dos
veces: quitarme puntería con naipes, quitarme visión negocios con bola
grande. Muchos errores, último contarte. Haber guardado algunos
ahorros que invertir en Bolsa de Valores. Yo lograr hacerme con
porcentaje importante de propiedad Compañía de las Indias Orientales,
sorprendido tan fácil y barato, no saber Compañía todo el mundo saber
ser pronto expropiada por Gobierno de Su Majestad por desfalco y
morosidad multigeneracional e inversión doscientas libras acciones por
valor nominal siete millones de guineas tener valor al cambio
descontadas las deudas remanentes de seis chelines y nueve peniques.
No haber llevado a cambiar aún: buenas, bonitas acciones antiguas de
pergamino, tal vez valer más para remiendos. Trapero ofrecer siete
chelines, pero yo esperar para negociar al alza.

-Vaya, así que no las has cambiado. Bien, entonces, si te parece te
las compro por, digamos, nueves chelines. Es más de lo que te daría un
trapero, y te dará algún desahogo aunque sea por el breve tiempo que
te queda.

-Matapokiko apreciar tu bello gesto, amigo Catapoom. Tomar acciones en
esta carpeta de cuero.

-Y aquí tienes los nueve chelines, aunque dado que ya puedes
permitirte algunos lujos, estaría bien que pagaras la mitad de esta
comida. A ver, tres chelines en comida, cinco chelines en cerveza y
dos de ron, diez chelines, así que te descuento cinco de este pago y
te entrego cuatro. Aquí los tienes, y todo ajustado.

-Catapoom pedir cordero, jamón y pescado con patatas, y mucha cerveza
y mucho ron. Matapokiko sólo pedir pan con nabo y no beber más que
agua, pero no querer discutir con último amigo en último día de su
vida. ¿Qué querer tú hacer con esos pergaminos?

-Ah, viejo amigo, por un momento se despertó en mí la vena de
negociante, y todos los escoceses tenemos algo de leguleyo. He estado
leyendo en el tren sobre la expropiación de la Compañía de las Indias,
de la que, si no he hecho mal los cálculos, soy propietario ahora en
un cuarenta por ciento. Verás, la Compañía no ha desaparecido. Sólose
le ha privado de sus propiedades, al igual que de sus deudas, así como
de todos los derechos y aranceles que hubiera adquirido hasta la
fecha.
"¿Y qué derechos podría adquirir desde la fecha una compañía conun
valor bursátil inferior al del papel en el que están escritas sus
acciones, me dirás? Verás, amigo Matapokiko, cuando la Compañía fue
instituida por la corona hace más de doscientos años, se le otorgó el
monopolio del comercio con la India y con cualquier isla previamente
desconocida e inexplorada que fuera descubierta por expediciones
integradas o financiadas por sus socios.
"En todo este tiempo los socios de la compañía han mostrado bien poco
interés en añadir nuevos territorios a sus enormes dominios
indostánicos, a veces ganados trabajosamente. Sólo me consta que este
privilegio haya sido ejercido en tres ocasiones, dos en islas de la
zona de Java y Borneo, y otra en los alrededores de Ceilán. ¡Al fin y
al cabo, casi todas las islas del Asia habían sido alcanzadas antes
por españoles o portugueses, u holandeses en su ruta hacia Java! ¡Y
eso aquellas islas cuya existencia al menos no conocían los geógrafos
griegos y romanos! ¡Y no hay que olvidar a los franceses, queridos
lectores!
"Pero si, por ejemplo, toda la riqueza de islas desconocidas del
Pacífico no hubiera sido descrita por el capitán Cooke en primer
lugar, y en vez de un barco de la Marina Real a la inmensa isla
continente de Australia hubiera llegado un barco de la Compañía
¡imagínate, amigo, el valor que tendrían estas acciones!

Matapokiko me dedicó una triste sonrisa mientras sorbía las últimas
hojas de su nabo hervido.

-Te ha costado poco la Compañía, amigo Catapoom, pero menos vas a
sacar de ella. Tú saber que yo no ser negro tonto e ignorante, sino
que ser negro tonto con alguna cultura. El mundo está casi
completamente explorado, al menos para lo que a ti te interesa: sus
costas. Tal vez quede alguna isla pequeña en los Mares del Sur, o en
las imediaciones de la masa Antártica, que no descubierta por hombre
blanco, pero será una busca incierta, larga y muy cara, y puede que no
haber en ella habitantes a los que obligar a comerciar de forma
rentable, sino sólo cocoteros o focas. Tú ser explorador, saber que
las grandes partes en blanco de los mapas no ser ya los mares, sino el
interior de las tierras: las de África, las del Amazonas, las del Asia
Central. ¿Dónde encontrar tú una isla inexplorada?

Ahí había llegado mi momento. Le alargué la Geographical Gazzette que
me había llevado subrepticiamente del vagón restaurante del Expreso de
Glasgow sin saber que iba a ser tan definitiva para aquel asunto, y
sólo porque contenía noticias de la expedición a la que me encaminaba.

"¿UNA ISLA EN EL CENTRO DEL CONTINENTE AFRICANO?

Por Gill Chesterton, corresponsal en Lisboa, Madrid y Gibraltar.

Los profesores Oliveira em Salazao, Santos Inozentes y Hans Ferdinand
Von Joda, de la Universidad de Coimbra, han presentado en sociedad una
nueva teoría geográfica que de demostrarse puede sacudir los cimientos
de nuestros conceptos sobre la conformación de las tierras emergidas.

Según ella, las evidencias geológicas e hidrológicas apuntan a que en
el centro del continente africano se extendería un lago, mejor un mar
de agua dulce, de enormes dimensiones, comparables a las de Francia.
De él nacerían los principales ríos que son conocidos por los
geógrafos desde la Antigüedad, tales como el Nilo, el Níger y el
Congo, y que alcanzan las diversas y más lejanas riberas oceánicas.

Apoyan esta teoría diversos estudios geológicos y vulcanológicos, así
como la uniformidad de diversas razas de cocodrilos, peces y anfibios
de agua dulce en los grandes ríos africanos, mucho mayor que la que
presentan entre sí los grandes sistemas fluviales americanos y
asiáticos, lo que sugeriría un nacimiento común. A este análisis de
especies acuáticas realizado por el ictiólogo profesor Salazao se
suman las conclusiones del profesor Dom Testudo Da Roca, jefe del
Departamento de Geología de la Universidad de Coimbra, sobre muestras
de arenas de diversos ríos africanos que indican que dicho lago
gigante probablemente estaría salpicado de numerosas islas de origen
volcánico ricas en vetas auríferas y diamantíferas.

El profesor Da Roca no se sumará a la expedición que ya comienza a
prepararse en Lisboa para demostrar esta sensacional teoría. En su
lugar irá su ayudante y futuro yerno, el profesor Santos Inozentes, y
su viejo amigo y rival científico, el profesor hallstatiano en el
exilio, y luso de adopción, el polifacético Herr Doktor Hans Ferdinand
Von Joda, que aunque muestra ciertas reservas ante la teoría, se suma
con entusiasmo al esfuerzo explorador y contribuirá a él con diversas
invenciones tales como...

En ese momento Matapokiko interrumpió la lectura para refrescar sus
labios con lo que le quedaba de agua. No me había venido mal aquella
larga parrafada en voz alta: Matapokiko tenía una agradable y
resonante voz de bajo, y una gran destreza como lector. De hecho, sus
conocimientos de inglés eran excelentes y si se empeñaba en detalles
de su expresión oral que resultaban chocantes, tales como la omisión
frecuente de las conjugaciones de los verbos o la omisión total del
pronombre personal de primera persona del singular "yo", se debían a
motivos religiosos. Y había leído más de lo que yo había podido
entender la noche anterior en el vagón bar del tren, cuando escondí
aquella gaceta en el bolsillo interior de mis polainas entre copa y
copa, debido a que entonces mis ojos estaban húmedos y mi visión
borrosa, sin duda por la emoción del viaje.

-Bueno, ya has leído suficiente, y sin duda habrás deducido mis
intenciones. La Universidad de Coimbra financiará ese viaje, pero un
socio de la Compañía de las Indias va a acompañarles y recogerá todos
los frutos que no sean puramente científicos. Y tendrá para sostener
sus posteriores pretensiones todo el peso de las leyes y las armas
británicas. Y tú, fiel amigo, vendrás conmigo, si te apetece hacer
algo más divertido que manchar el mostrador de la oficina con tus
sesos y para colmo usando un arma sin permiso. Te desempeñaré el rifle
de cazar elefantes y te pagaré las gratificaciones acostumbradas. Y
puede que además de un empleo bien pagado y con mucho tiempo libre
halles en esta aventura algo de fortuna que enderece la mala suerte
que has tenido hasta ahora. Si las cosas te van mal, siempre te
quedará tu rifle, que incluyo como parte de tu paga, y podrás hacer lo
que quieras.

-La aventura y la paga me parecen bien, pero tus esperanzas de riqueza
me parecen un disparate, amigo Catapoom. Me siento mucho más engañado
porque me has cobrado cinco chelines por un pan con nabo hervido y un
jarro de agua que porque me hayas quitado esos papeles que no valen
nada. Te acompañaré, pero debes añadir algo más a la paga que me
ofreces, para compensarme del feo gesto de racanería que has tenido
con un moribundo.

-Ni un penique más, querido amigo y fiel compañero. Lo tomas o lo
dejas, y vete al infierno con tu nabo y tu jarro de agua.

-No te costará ni un penique más. Es un favor que sólo te llevará un
instante y que, por lo que te conozco, no te costará ningún esfuerzo.
Quiero que, si acaba el viaje y aún siento que esta maldición pesa
sobre mí, y yo te pido que me dispares con mi fiel y poderoso rifle
ancho, lo hagas sin vacilar.

-Bien, si te empeñas y no hay testigos, por mí no hay inconveniente.
Sé que los de tu clan a veces pedís a vuestros mejores amigos una
muerte por las armas si sentís que la fiebre o la vejez os llevan, por
lo que debería sentirme honrado. Pero pensaba que sólo estaba bien
visto si el enfermo no podía obrar por su propia mano...

-Y es algo parecido, amigo Catapoom. Tú conocías la puntería de
Matapokiko en los viejos tiempos.

-Como he visto muy pocas, es cierto.

-La maldición ha caído sobre mí. Cuando te encontré, había tenidoque
empeñar el rifle ancho para comprar balas, porque las había gastado
todas. Veinte veces Matapokiko cargó su rifle con munición, veinte
veces Matapokiko se metió los dos cañones en la boca con no poco
esfuerzo porque el rifle ancho es ancho y Matapokiko tiene muchos y
blancos dientes, veinte veces Matapokiko apoyó el dedo gordo del pie
en el gatillo y apretó hasta el fondo, ¡y veinte veces Matapokiko
falló!

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